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29 marzo 2018

Lavados de Pies


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SE LEVANTÓ DE LA MESA

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En la noche en que iba a ser entregado, Jesús realizó un gesto insólito: se levantó de la mesa distanciándose del lugar reservado a quienes presiden y se situó en el de los que, entonces y ahora, pertenecen a la categoría de “los que sirven”. Sabía que el lugar en que estemos situados condiciona nuestra mirada y por eso tomó distancia y adoptó la perspectiva que le permitía percibir otras dimensiones de la vida. Desde ese lugar se toca de cerca el barro, el polvo, el mal olor, la suciedad…, todo eso de lo que los sentados a la mesa creen estar a salvo o sencillamente ignoran y desprecian. A ras del suelo y en contacto con los pies de los demás, se produce un cambio de plano que revela lo elemental de cada persona, su desnudez, las limitaciones de su corporalidad. Y miradas desde ahí, cualquier pretensión de superioridad o dominio se descubre como ridícula y falsa.
Desde aquel lugar, el de “uno de tantos”, él veía cerca y dentro a los que otros consideraban lejos y fuera y, en cambio, los de arriba resultaban estar abajo. Porque para él los más, los mayores y los importantes eran aquellos que a nuestros ojos son menos. El lugar en que había decidido situarse había creado esta “revolución de adverbios” que tanto nos sobresalta y a la que tanto nos resistimos. La sola posibilidad de ese desplazamiento nos resulta amenazadora porque nos saca del terreno de lo conocido y nos invita a descubrir nuevos significados que no coinciden con los que consideramos evidentes. Y sin embargo él se lo exigirá a quien quiera seguirle: tendrá que estar dispuesto, lo mismo que él, a “no tener dónde reclinar la cabeza”, a ir más allá de todo aquello en lo que la cabeza (la de ellos y la nuestra) “se reclina”, descansando en lo que se cree saber, controlar o dominar.

                                                                                   Dolores Aleixandre

11 mayo 2015

No desviarnos del amor

El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen, con una intensidad especial, algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.
«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata solo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.
Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Este es mi mandamiento; que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Solo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.
Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.
Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.
A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.
José Antonio Pagola
6 Pascua - B
(Juan 15,9-17)

10 de mayo 2015

04 mayo 2015

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

lunes 04 Mayo 2015

Domingo de Resurrección

La Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes.Contempla los lugares donde Cristo se apareció después de Su Resurrección
Importancia de la fiesta

El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión.

Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo.

La Resurrección de Jesús es un hecho histórico, cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles.

Cuando celebramos la Resurrección de Cristo, estamos celebrando también nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte.

En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar?

Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre.

San Pablo nos dice: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14)

Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios.

Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido.

La Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes. Debemos tener cara de resucitados, demostrar al mundo nuestra alegría porque Jesús ha vencido a la muerte.

La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.

Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo.

Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.

¿Cómo se celebra el Domingo de Pascua?

Se celebra con una Misa solemne en la cual se enciende el cirio pascual, que simboliza a Cristo resucitado, luz de todas las gentes.
En algunos lugares, muy de mañana, se lleva a cabo una procesión que se llama “del encuentro”. En ésta, un grupo de personas llevan la imagen de la Virgen y se encuentran con otro grupo de personas que llevan la imagen de Jesús resucitado, como símbolo de la alegría de ver vivo al Señor.

En algunos países, se acostumbra celebrar la alegría de la Resurrección escondiendo dulces en los jardines para que los niños pequeños los encuentren, con base en la leyenda del “conejo de pascua”.

La costumbre más extendida alrededor del mundo, para celebrar la Pascua, es la regalar huevos de dulce o chocolate a los niños y a los amigos.

A veces, ambas tradiciones se combinan y así, el buscar los huevitos escondidos simboliza la búsqueda de todo cristiano de Cristo resucitado.

La tradición de los “huevos de Pascua”

El origen de esta costumbre viene de los antiguos egipcios, quienes acostumbraban regalarse en ocasiones especiales, huevos decorados por ellos mismos. Los decoraban con pinturas que sacaban de las plantas y el mejor regalo era el huevo que estuviera mejor pintado. Ellos los ponían como adornos en sus casas.

Cuando Jesús se fue al cielo después de resucitar, los primeros cristianos fijaron una época del año, la Cuaresma, cuarenta días antes de la fiesta de Pascua, en la que todos los cristianos debían hacer sacrificios para limpiar su alma. Uno de estos sacrificios era no comer huevo durante la Cuaresma. Entonces, el día de Pascua, salían de sus casas con canastas de huevos para regalar a los demás cristianos. Todos se ponían muy contentos, pues con los huevos recordaban que estaban festejando la Pascua, la Resurrección de Jesús.

Uno de estos primeros cristianos, se acordó un día de Pascua, de lo que hacían los egipcios y se le ocurrió pintar los huevos que iba a regalar. A los demás cristianos les encantó la idea y la imitaron. Desde entonces, se regalan huevos de colores en Pascua para recordar que Jesús resucitó.
Poco a poco, otros cristianos tuvieron nuevas ideas, como hacer huevos de chocolate y de dulce para regalar en Pascua. Son esos los que regalamos hoy en día.

Leyenda del “conejo de Pascua”

Su origen se remonta a las fiestas anglosajonas pre-cristianas, cuando el conejo era el símbolo de la fertilidad asociado a la diosa Eastre, a quien se le dedicaba el mes de abril. Progresivamente, se fue incluyendo esta imagen a la Semana Santa y, a partir del siglo XIX, se empezaron a fabricar los muñecos de chocolate y azúcar en Alemania, esto dio orígen también a una curiosa leyenda que cuenta que, cuando metieron a Jesús al sepulcro que les había dado José de Arimatea, dentro de la cueva había un conejo escondido, que muy asustado veía cómo toda la gente entraba, lloraba y estaba triste porque Jesús había muerto.

El conejo se quedó ahí viendo el cuerpo de Jesús cuando pusieron la piedra que cerraba la entrada y lo veía y lo veía preguntándose quien sería ese Señor a quien querían tanto todas las personas.

Así pasó mucho rato, viéndolo; pasó todo un día y toda una noche, cuando de pronto, el conejo vio algo sorprendente: Jesús se levantó y dobló las sábanas con las que lo habían envuelto. Un ángel quitó la piedra que tapaba la entrada y Jesús salió de la cueva ¡más vivo que nunca!

El conejo comprendió que Jesús era el Hijo de Dios y decidió que tenía que avisar al mundo y a todas las personas que lloraban, que ya no tenían que estar tristes porque Jesús había resucitado.

Como los conejos no pueden hablar, se le ocurrió que si les llevaba un huevo pintado, ellos entenderían el mensaje de vida y alegría y así lo hizo.

Desde entonces, cuenta la leyenda, el conejo sale cada Domingo de Pascua a dejar huevos de colores en todas las casas para recordarle al mundo que Jesús resucitó y hay que vivir alegres.

06 abril 2015

¡Feliz Pascua de Resurrección 2015!

La VIDA nos empuja a la entrega. “El que quiera salvar su vida la perderá”. En la Pascua renovamos la utopía de Dios de ser una sola humanidad con múltiples colores, rostros, razas, pueblos. 

Es nuestro intento una vez más de asumir que por naturaleza “yo soy yo y la humanidad”, no puedo pensarme solo, no puedo sentirme solo, no puedo amarme solo. Siempre está la otra, el otro, con los que vamos construyendo la civilización del amor: un mundo donde quepan todos los mundos posibles. 

La Pascua nos impulsa a renovar la mirada hacia nosotr@s mism@s para recuperar la identidad de quienes somos: somos hij@s y herman@s: TODOS. La Pascua nos impulsa a acercarnos a las mayorías desahuciadas por la injusticia del pecado humano y social y recordarles a tod@s y recordarnos a tod@s, que Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. Y esto es tarea de hermanarse en justicia y dignidad. 

Jesús es la nueva humanidad. No hay más que buscar. Es la medida de nuestra dignidad, de nuestra lucha, de nuestro trabajo por el Reino de Dios y su justicia. Lo demás es añadidura. 

Feliz Pascua querid@s herman@s y amig@s. 

Dios nos bendice con la paz y la alegría. 

Abrazo grande
Félix

01 abril 2015

“Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”

MENSAJE DE PASCUA – 2015
“Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron” (Lc. 24, 31)


¡FELIZ PASCUA, HERMANAS Y HERMANOS!

1. “RENOVAR LA MIRADA”  es el lema que nos acompaña en este año del trienio pastoral, preparándonos a  celebrar los 40 años de la Diócesis de Quilmes.
Nos cuenta el evangelio de san Lucas que el día de la Pascua, el Señor resucitado se aparece a dos discípulos que se volvían tristes a su pueblo de Emaús, “pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. 
El Señor resucitado es quien nos renueva la mirada. Al llegar a Emaús, los muchachos le dijeron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba. Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista” (Lc. 24, 29-31).
El verdadero encuentro con Cristo se efectúa por las Escrituras y por el símbolo sacramental del pan partido y entregado. Desde aquí, la profesión de fe. Desde aquí, empezó a arder el corazón y se abrieron los ojos. Se RENOVÓ LA MIRADA. Todo el camino de tristeza se trueca en alegría intensa. El camino de deserción y huída, se torna de regreso a la comunidad de los hermanos. El desconcierto y la desesperanza, en luz y amor fraterno. (P. Fernando Boasso. La palabra dominical)

2. Los discípulos, renovados en su mirada, vuelven corriendo a anunciar la alegría de ese encuentro. El fruto inmediato del encuentro personal con Cristo y su amor es el gozo del corazón. La alegría pascual del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Con Él siempre nace y renace la alegría (EG 1).
Jesús ha venido al mundo para enviarnos. La misión debe inspirar nuestra tarea evangelizadora  desde la perspectiva de una“conversión pastoral”, de tal manera que todas nuestras acciones se vuelvan más misioneras. Renovemos esta mirada sobre nuestra pastoral diocesana. Que la pastoral ordinaria, en todas las instancias, sea más expansiva y abierta, que nos coloque a los agentes pastorales – empezando por mí, por los sacerdotes y diáconos- en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad (Cfr. EG 27)
En esta mirada pastoral expansiva y abierta, quiero hacer memoria agradecida de Osvaldo Tondino, que vivió su pascua el pasado viernes 27 de marzo. Fue el impulsor y alma vital del “Departamento de Trata de personas y delitos conexos” de la Vicaría de la Solidaridad. Es un ejemplo de cristiano que no se quedó en el cómodo “habría que”, sino que fue un hombre de acción decidida y de coraje. Encontró en el ámbito de la Iglesia su espacio para canalizar su caridad concreta con aquellas y aquellos que la mayoría olvida. Su muerte es una palabra viva para todos. Un ciudadano con todas las letras. Formó equipos, preparó a otros. No fue una “estrellita”, ni lo obnubiló la tentación del poder. Lo apasionó el servicio, y la muerte lo encontró sirviendo. Asumiendo responsabilidades que la sociedad espera de otros que, con responsabilidad delegada, deberían asumir. La fe lo llevó a compartir con hermanos de otras diócesis, también con hermanos de otras creencias y no creyentes. La Iglesia de Quilmes, por mi intermedio, ruega por él para que el Padre misericordioso lo reciba en su Reino. Y agradecemos a su familia, por haber compartido con nosotros la vida y el tiempo de Osvaldo. El Señor resucitado sea su consuelo. ¡Gracias!

3. Durante la Cuaresma hemos realizado el gesto de la Campaña de Fraternidad, animado por Caritas Diocesana, con el objetivo de avanzar en el proyecto de un Refugio para personas en situación de calle. Agradezco la generosidad de todos. Como los discípulos de Emaús, al decirle al Señor “quédate con nosotros”, ofrezcamos albergue al que va de camino, al que está solo y desamparado. Ofrezcamos el hogar de nuestro corazón.

4. El próximo sábado 11 de abril, el Papa Francisco convocará oficialmente el “JUBILEO DE LA MISERICORDIA”. Esa tarde, en la Basílica de San Pedro, ante la Puerta Santa, leerá la bula de convocatoria del Año Santo Extraordinario, en las vísperas del Domingo de la Misericordia. La apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro será el próximo 8 de diciembre y concluirá el 20 de noviembre de 2016.
Será un Año Santo de la Misericordia, vivido a la luz de la Palabra del Señor: “Sean misericordiosos como el Padre” (Cfr. Lc. 6, 36). Es presentado como un camino de conversión espiritual, en el cual no debemos cansarnos de pedir perdón. Un camino penitencial, con el corazón abierto, durante un año, para recibir la misericordia de Dios.
Providencialmente coincide con la celebración de los 40 años de nuestra diócesis. El año 2016, en nuestro trienio pastoral, será el AÑO DE LA MISIÓN. Es una oportunidad para buscar de qué manera nuestra Iglesia quilmeña puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia de Dios. La misión como expresión de la misericordia de Dios. El próximo Año Santo tiene que ayudarnos a “encontrar la alegría de hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo” (Francisco, Celebración penitencial. Homilía.13/3/15).


Hermanas y hermanos, a cada uno: ¡FELICES PASCUAS!

 



+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes

Quilmes, abril de 2015






Aprovecho para saludarlos y desearles que Jesús Resucitado los bendiga. 
Luis Martín Albarracín

26 marzo 2015

Evangelio según San Marcos 14,1-72.15,1-47.

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Acimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte.
Porque decían: "No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo".
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: "¿Para qué este derroche de perfume?
Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres". Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: "Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo.
A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre.
Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura.
Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo".
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús.
Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?".
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo,
y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: '¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?'.
El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario".
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo".
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: "¿Seré yo?".
El les respondió: "Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!".
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.
Y les dijo: "Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios".
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Y Jesús les dijo: "Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea".
Pedro le dijo: "Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré".
Jesús le respondió: "Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces".
Pero él insistía: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: "Quédense aquí, mientras yo voy a orar".
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando".
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: "Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: "Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora?
Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil".
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar".
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado".
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: "Maestro", y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron.
Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: "Como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos.
Todos los días estaba entre ustedes enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras".
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron;
pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
"Nosotros lo hemos oído decir: 'Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'".
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: "¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?".
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: "¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?".
Jesús respondió: "Sí, yo lo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo".
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: "¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?". Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: "¡Profetiza!". Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Nazareno".
El lo negó, diciendo: "No sé nada; no entiendo de qué estás hablando". Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: "Este es uno de ellos".
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: "Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo".
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: "Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces". Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". Jesús le respondió: "Tú lo dices".
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: "¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!".
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo.
Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición.
La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: "¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?".
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: "¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?".
Ellos gritaron de nuevo: "¡Crucifícalo!".
Pilato les dijo: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Crucifícalo!".
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: "¡Salud, rey de los judíos!".
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: "lugar del Cráneo".
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó.
Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno.
Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron.
La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: "El rey de los judíos".
Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.


Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: "¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar,
sálvate a ti mismo y baja de la cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo!
Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!". También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: "Eloi, Eloi, lamá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías".
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: "Vamos a ver si Elías viene a bajarlo".
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: "¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!".
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé,
que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer,
José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto.
Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

05 mayo 2014

Juan 6, 22-29



Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos. Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo llegaste?". Jesús les respondió: "Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello". Ellos le preguntaron: "¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?". Jesús les respondió: "La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado".

El texto: tejido
El Pueblo fue testigo de la multiplicación de los panes y por nada quieren separase de Jesús. Ven lo que acontece pero no llegan a entender esto como señal de algo mas profundo.

Relacionan lo que hace Jesús con Moisés cuando alimentó a todos en el desierto. Quieren que el pasado se repita… pero Jesús les pide que den un paso más: buscar el otro alimento que lo da el Hijo del Hombre… encontrar la señal escondida en el milagro… Así comienza el discurso del Pan de Vida, diálogo bonito, pero exigente. Este discurso parece como un embudo, ya que, en la medida en que avanza, cada vez menos personas acompañan a Jesús. El estilo de Juan es reiterar algunos temas pero para ir en profundidad.

La trama vital...
“Se subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús” El Pueblo busca Pan y Vida, por eso lo siguen a Jesús. ¿Conocemos nosotros qué buscan los jóvenes, la gente de la Comunidad...?

“Ustedes me buscan no porque vieron signos” La respuesta de Jesús tiene en cuenta las necesidades… pero también los lleva a cuestiones más de fondo… La gente busca el milagro y no el signo escondido en el mismo. ¿Qué Jesús muestran nuestras Comunidades? ¿Qué dificultades tienen hoy, los jóvenes, en nuestras Comunidades para encontrarse con Jesús?

“Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el que permanece… el que les dará el Hijo del Hombre” Es fácil reconocer el hambre que la gente dice que necesita. Es fácil conocer el hambre que nosotros creemos que necesitan… pero Jesús propone saciar el hambre que realmente tienen, que realmente tenemos… reconocerlo no es fácil…

Tratemos de entender las dificultades que el Pueblo tiene hoy para entender quién es Jesús. Es necesario dar también el alimento que perece..., no desestimó el clamor de esa hambre… Pero también dio del otro, del que perdura, el que da el Hijo de Dios.

Los jóvenes, la gente, junto con el hambre de pan, tiene hambre de Jesús, hambre de justicia, de paz y libertad; hambre de escucha y de tiempo, hambre de educación de la buena, hambre de perdón y de misericordia, hambre de presencia entre ellos…

“¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?” Creer en Jesús. Esta es la gran obra que Dios nos pide. Y quien cree en Jesús lo reconoce en el hermano, en el joven que tiene hambre y que llega a nuestras casas… en busca del alimento verdadero…

... y su hilo donboscano
“…Don Bosco penetró en el interior de la ciudad de Turín, girando de un lado para otro en las calles y plazas para buscar y encontrar a los niños y jóvenes… Allí estaba su puesto preferido para desarrollar su misión de pastor y evangelizador: tomar a los jóvenes en el lugar donde están, pero abriendo sus sentidos hacia “lo alto” y encaminándolos hacia “el cielo”. Por decirlo de alguna manera, Don Bosco con los pies en al tierra, en el mundo real, y con las manos hacia el cielo; y jamás olvidó ni la una ni el otro…” (Pascual Chávez, Aguinaldo 2010, Pág. 28).

Enlazándonos al hilo primordial
Volvamos oración lo que reflexionamos sobre el Evangelio y la Vida.
¿Qué significa para nosotros, para nuestra comunidad, creer en Jesús?
Pensemos en las pibas y los pibes tratando de descubrir cuál es el alimento que están necesitando, el que perdura y el que no perdura, pero por el cual muchas veces se nos acercan… Busquemos estrategias creativas y generosas…
Pongamos en el corazón de Jesús estos buenos propósitos.
Sugerencia: escuchar la canción “El ángel de la Bicicleta” de León Gieco, y conocer un poco más sobre la vida de Pocho Lepratti con el video “Pocho, de Ludueña”, elaborado por el Boletín Salesiano.

3er. Domingo de Pascua

Domingo 04 de Mayo

Lucas 24, 13-35
Lo reconocieron al partir el pan.

Ese mismo día, dos de ellos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: “¿Qué comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste,y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!”. “¿Qué cosa?”, les preguntó. Ellos respondieron: “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron”.

Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?” Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”. El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”. Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

El texto: tejido
Este texto es un relato catequístico que muestra un camino paradigmático de conversión.
¿Cuáles son las actitudes que tanto Jesús, como los “dos de ellos” tienen al inicio, durante y al final del camino?
¿Qué etapas pueden evidenciarse en este camino?
¿Hay un punto nodal en la narración? ¿Cuál es?

La trama vital...
“Iban a un pequeño pueblo”: Ante el fracaso de toda expectativa, ante la contundencia de la muerte, ante la pérdida de los sueños... lo más razonable parece volver a lo concreto, a la vida de antes, a las seguridades pequeñas pero palpables. Comparo esta reacción de los dos caminantes con mi actitud frente a los golpes y desencantos de la vida. Mirando todo el camino-proceso que recorren los discípulos, trato de ubicarme en aquel tramo donde hoy me descubro andando.

“El mismo Jesús se acercó”: Me detengo en las actitudes de Jesús. ¿Qué hace Él ante la incertidumbre, la desesperación, la sensación de fracaso de los suyos? ¿Qué pasos va dando? Contemplo el proceso que Él acompaña.

“Y estando a la mesa”: “Quizás la escena de Emaús sea una de las que más calma transmite en los evangelios: Jesús no tiene apuro por darse a conocer, gasta tiempo en conversar, les hace preguntas de esas que, más que contestación, buscan entrar en contacto... les explica las Escrituras y se sienta a cenar con ellos aunque, menudo fallo, no tuvieron tiempo para la sobremesa” (D. Aleixandre). Comparo mis tiempos y los de Jesús, me pregunto cómo respeto el camino y los procesos de los demás, cómo conjugo la paciencia del que ama con la urgencia de evangelizar.

“Entonces los ojos de los discípulos se abrieron”: Al final, la fe que es reconocimiento, trae consigo “conversión”: el encuentro con Jesús los hizo regresar al lugar de donde venían. Pero, primero, Jesús se acercó y caminó con ellos en su misma dirección, en su mismo sentido. Se juntó con ellos allí donde estaban. Y ellos, que no habían comprendido las palabras, recuperaron la memoria ante el memorial y el gesto.

“¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Me quedo un momento ante esta pregunta. Repaso invitaciones que se están acallando, ardores que se han detenido, búsquedas que ya no me interesan… ¿Cómo reencontrarme con esa pasión apostólica que un día me puso en camino? ¿Cómo desandar los senderos del desánimo, la rutina y el aburguesamiento? ¿Cuál es aquella palabra-presencia que en este momento puede reencender el fuego de mi corazón, de nuestro corazón?

“Contaron lo que les había pasado en el camino”: En el camino, siento que Jesús me acompaña y me interpela en la vida de los jóvenes. No me pongo yo en el lugar de Jesús... los pongo a ellos, que me evangelizan. Y reconozco gestos, palabras, silencios, presencias de los jóvenes que hacen reencender en mí el fuego de la pasión por el evangelio.

... y su hilo donboscano
Don Bosco y su pasión por anunciar la Vida Plena a los jóvenes (su urgencia de evangelizar).

La Pascua en Valdocco (12 de abril de 1846), punto final del tortuoso camino inicial del Oratorio “ambulante”.

Don Bosco y la Eucaristía, lugar de encuentro, fiesta y reconocimiento pleno del Resucitado.

Enlazándonos al Hilo Primordial
Muchas veces, Jesús, me siento como los peregrinos del relato... y hago mías sus palabras desalentadas: “Nosotros esperábamos... pero...”. Por eso te rezo también desde lo que hay de desesperanza en mí y en muchos hermanos. También nosotros podemos sentirnos como si siguiéramos aún en el anochecer del viernes, volviendo con ánimo abatido de enterrar en el sepulcro proyectos, ilusiones y promesas…

“torpe y lento de corazón“, me dejo interpelar por tu firmeza cariñosa. Y te pido que hagas camino conmigo, que me expliques las Escrituras, que me hagas comprender el sentido de tu Pascua y de la mía…

Durante el día recuerdo la invitación-oración que surge de lo más profundo: “¡Quédate con nosotros!”

Te agradezco la posibilidad de seguir encontrándote hoy al participar en la Eucaristía, al escuchar tu Palabra y al verte en todos los “forasteros” que se cruzan en mi camino.
Y hago memoria de los momentos en que hiciste arder mi corazón. Te agradezco por ellos y te pido que me ayudes a descubrir por dónde pasa hoy mi verdadera conversión para que pueda anunciarte plena y eficazmente vivo.

21 abril 2014

El triunfo de la vida

En cada Pascua celebramos la vida, la muerte y la resurrección de Jesús que vuelven a acontecer entre nosotros. Lo definitivo del anuncio del Reino, presente en la palabra y la vida de Jesús de Nazaret, irrumpe en su resurrección, que es acontecimiento escatológico, y sólo en el horizonte de la esperanza del Reino puede ser comprendida. Por eso la resurrección de Jesús es acción de Dios: es el Padre quien lo resucita. El Dios-Abba de Jesús se revela escatológicamente en la resurrección. Dios dice a los hombres, de un modo definitivo, quién es él. Por eso la resurrección de Jesús es manifestación del ser de Dios: él es fiel y misericordioso. Al decir de Walter Kasper, “en la resurrección de Jesús de entre los muertos manifestó Dios su fidelidad en el amor y se identificó definitivamente con Jesús y su causa”. 

Sólo en relación a su devenir histórico puede comprenderse la resurrección de Jesús, así como sólo desde ésta aquél adquiere su máxima significación y sentido. Por todo ello, la resurrección de Jesús es acontecimiento de la salvación, manifestado en el lenguaje de Pablo en el concepto de libertad: Jesús nos hace libres frente al pecado, la ley y la muerte. La existencia humana queda abierta al futuro de Dios. Desde esta perspectiva escatológica y salvífica, la resurrección de Jesús es vivida en la fe de los apóstoles como el cumplimiento de las promesas hechas por Dios: “Todas las promesas de Dios encuentran su ‘sí’ en Jesús, de manera que por él decimos ‘amén’ a Dios, para gloria suya” (2 Cor 1,20).

Plenamente ahora, en la resurrección de Jesús, “el tiempo se ha cumplido: el reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). Si la resurrección de Jesús es arribo de la salvación y cumplimiento de las promesas lo es, también, porque con él comienza la “nueva creación”: “Con el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva” (Rm 6,4). Por eso Jesús es llamado por Pablo el “primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29). Él ha inaugurado, con su muerte y su resurrección, un “camino nuevo y viviente” (Heb 10,20): el de la resurrección de los hombres: “Él es el principio, el primogénito de entre los muertos” (Col 1,18). La certeza creyente de este anuncio, pone las cosas en su sitio: sólo la pertenencia a Cristo es lo que cuenta, porque sólo en él se participa de la vida nueva y definitiva que Dios preparó para los hombres: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor 5,17). La consumación de esta vida nueva se vive en la espera del mundo nuevo y reconciliado que Dios prepara para los suyos a través de aquel que hace “nuevas todas las cosas” (Ap 21,5), y donde “secará todas las lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó” (Ap 21,4): “Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia.” (2 Pe 3,13). De esta esperanza en la victoria final de la vida y la justicia debe dar cuenta, en el anuncio del día a día, la acción pastoral de la Iglesia.

Vive


15 abril 2014

“Alégrense”

“Alégrense”(Mt. 28, 9)
 
Hermanas y hermanos:He iniciado este saludo pascual con las palabras de Jesús a las mujeres que fueron al sepulcro de madrugada: “Alégrense”. Ellas estaban llenas de miedo y muy tristes. Miedo por lo que habían vivido horas atrás, y tristes porque Jesús estaba muerto. Se encontraron con el Señor resucitado que las invita a la alegría. Al verlo, se acercan, le abrazan los pies y se postran delante de Él. Jesús las tranquiliza y las envía a anunciar a los demás lo vivido. Esa es la “alegría del Evangelio”. El anuncio de que Jesús murió y resucitó. Es el anuncio de la Iglesia de todos los tiempos, hoy pastoreada por Francisco.
Las primeras testigos de este acontecimiento fueron las mujeres. El papa comenta esto diciendo: “Las mujeres fueron impulsadas por el amor y saben acoger este anuncio con fe: creen, e inmediatamente lo transmiten, no se lo guardan para sí mismas, lo comunican. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena el corazón, no se pueden contener. Esto debería suceder también en nuestra vida. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! Nosotros creemos en un Resucitado que ha vencido el mal y la muerte. Tengamos la valentía de ‘salir’ para llevar esta alegría y esta luz a todos los sitios de nuestra vida. La Resurrección de Cristo es nuestra más grande certeza, es el tesoro más valioso. ¿Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza?” (Papa Francisco, audiencia del 3 de abril de 2013).
Tu vida valeEn el momento actual del mundo y de la Argentina, la celebración de la Pascua nos entusiasma a honrar la vida. Esa vida que es el gran regalo de Dios; vida que encontramos plenificada en Jesucristo, vencedor de la muerte. El próximo sábado 26 de abril, se celebrará la Jornada Regional de los Jóvenes (JRJ) en el Planetario, en Palermo. El lema convocante es: “Tu vida vale”. Siempre la juventud ha sido sinónimo de vida nueva, de esperanza y alegría. Lamentablemente hoy tenemos que aceptar que en el mundo y en la Argentina, muchos jóvenes viven tristes, sin esperanza y sin sentido para sus vidas. Los jóvenes cristianos del Gran Buenos Aires y Capital quieren anunciar que la vida vale; que el mismo Dios entregó su vida para que nosotros vivamos; que ese Jesús hoy vive en cada uno. Como lo expresa el Documento de Aparecida: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (DA 29)
Modelos de Santidad“Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable… Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo”. (EG. 276)
Próximamente, el domingo 27 de abril, Francisco proclamará Santos a Juan XXIII y a Juan Pablo II. Dos modelos de evangelizadores. El primero convocó el Concilio Vaticano II y despertó una verdadera primavera en la Iglesia universal. Su decisión fue verdaderamente revolucionaria. Su fe en el Resucitado lo mantuvo sereno en las dificultades que le trajo tal convocatoria. Su preocupación por la paz, su sencillez y su grandeza de corazón para con todos, aun con los que lo criticaron, fue la razón por la que el mundo lo llamó “Juan el Bueno”.
E
l Papa venido de Polonia, que la mayoría aún recordamos, fue el “gran misionero”. El que visitó y besó la tierra de todos los continentes; el que hizo vibrar los corazones de millones de jóvenes; el que no sólo perdonó a sus agresores, sino el que enseñó a sobrellevar la cruz de la enfermedad con paciencia y esperanza; el primer Papa que visitó a la Argentina; el que nos acompañó en el paso del segundo al tercer milenio cristiano, invitándonos a no apagar el ardor misionero. Ahora son dos modelos de santidad y nuestros intercesores para anunciar “la alegría del Evangelio”. Dos grandes testigos del Resucitado.
Hermanas y hermanos: “La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de un mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!”. (EG. 278)
Con estas palabras los animo a fortalecer nuestra fe, nuestro servicio al prójimo, nuestra generosa entrega en la vida familiar, en el trabajo y en el estudio. Con el anuncio pascual deseo alentar a los que cargan con la cruz de la enfermedad y de la soledad que experimentan muchos ancianos; la cruz del abandono que sienten los privados de la libertad, de los que padecen las consecuencias de la inseguridad y la violencia; la cruz de los que sufren las necesidades de la marginalidad, y de la indignidad del trabajo esclavo y de la trata. Mi cariño y bendición para todos, especialmente a los que han perdido a seres queridos, a los que se sienten desprotegidos y sienten apagada su esperanza. A todos los abrazo paternalmente, los bendigo de corazón, y los encomiendo a la Virgen María, “causa de nuestra alegría”.


¡FELICES PASCUAS!



+ Carlos José Tissera
Padre Obispo de Quilmes