31 julio 2014

San Ignacio De Loyola

Nació el año 1491 en Loyola, en las provincias vascongadas; su vida transcurrió primero entre la corte real y la milicia; luego se convirtió y estudió teología en París, donde se le juntaron los primeros compañeros con los que había de fundar más tarde, en Roma, la Compañía de Jesús. Ejerció un fecundo apostolado con sus escritos y con la formación de discípulos, que habían de trabajar intensamente por la reforma de la Iglesia. Murió en Roma el año 1556. -Liturgia de la Horas

Cronología de La Vida de San Ignacio De Loyola

1491- Año probable del nacimiento de Ignacio de Loyola 1521- Colabora en la defensa de Pamplona acosada por el rey de Francia. Es herido en la pierna derecha y enviado a Loyola, donde pasa la convalecencia. En este tiempo caen en sus manos algunos libros piadosos que le hacen descubrir, en la vida de Jesús y de los Santos, un nuevo horizonte en su vida. Se produce en Ignacio una primera conversión. Experimenta, igualmente, una lucha interior entre deseos piadosos y deseos mundanos. 1522- San Ignacio comienza una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Montserrat. Una vez en Montserrat, hace una confesión general y deja sus vestidos y su espada. Continúa el camino hacia Manresa donde da comienzo a una vida de pobreza, oración, y penitencia. Después de un tiempo de turbación, escrúpulos, dudas y angustias, vivirá una singular experiencia de Dios que recordará toda la vida: "la ilustración del Cardoner". Igualmente comenzará a formular su experiencia espiritual con lo que da comienzo a lo que más adelante será el libro de los Ejercicios Espirituales.
1527-
A lo largo de este año Ignacio vivirá dos procesamientos más y será encarcelado. Al salir de la prisión viaja a Salamanca. Nuevamente tendrá procesos inquisitoriales, se le prohibe predicar y enseñar materias teológicas por no haber hecho suficientes estudios. Ignacio decide marchar de Salamanca, pasa por Barcelona y se encamina a París. 1538- San Ignacio celebra su primera misa en la iglesia de ¨Santa María la Maggiore¨. 1540- Paulo III confirma la fundación de la Compañía de Jesús.1541- Ignacio comienza la redacción de las Constituciones de la Compañía y es elegido superior general de la misma. A partir de este momento Ignacio vivirá permanentemente en Roma.
1556- Muerte de San Ignacio de Loyola. Es enterrado en el lugar donde actualmente está la iglesia del Gesú en Roma.1609- El Papa Paulo V beatifica a Ignacio de Loyola. 1622- Canonización de Ignacio de Loyola por el Papa Gregorio XV.


Vida de San Ignacio de Loyola

San Ignacio
El amor de Dios es la fuente del entusiasmo de Ignacio por la salvación de las almas, por las que emprendió tantas y tan grandes cosas y a las que consagró sus vigilias, oraciones, lágrimas y trabajos.
Se hizo todo a todos para ganarlos a todos y al prójimo le dio por su lado a fin de atraerlo al suyo. Recibía con extraordinaria bondad a los pecadores sinceramente arrepentidos; con frecuencia se imponía una parte de la penitencia que hubiese debido darles y los exhortaba a ofrecerse en perfecto holocausto a Dios, diciéndoles que es imposible imaginar los tesoros de gracia que Dios reserva a quienes se le entregan de todo corazón.
El santo proponía a los pecadores esta oración, que él solía repetir: "Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Vos me lo disteis; a vos Señor, lo torno. Disponed a toda vuestra voluntad y dadme amor y gracia, que esto me basta, sin que os pida otra cosa".
SAN IGNACIO nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló.
Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a sus anteriores andanzas a todo costo.  Pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.
Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía: "Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron". Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados.

Le visita la Virgen; purificación en Manresa
Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. Su propósito era llegar a Tierra Santa y para ello debía embarcarse en Barcelona que está muy cerca de Montserrat.  La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste que azotaba la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de Manresa, no lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El Señor tenía otros designios más urgentes para Ignacio en ese momento de su vida.  Lo quería llevar a la profundidad de la entrega en oración y total pobreza. Se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año.
"A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo". Se decidió a "escoger el Camino de Dios, en vez del camino del mundo"...hasta lograr alcanzar su santidad.
A las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los "Ejercicios Espirituales". Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio estaba tan sugestionado por la mentalidad del mundo que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.

Tierra Santa
En febrero de 1523, Ignacio por fin partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. Otra vez, la Divina Providencia tenía designios para esta alma tan generosa.

De nuevo en España donde es encarcelado por la inquisición.
En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues "pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas". Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino "amare" se convertía en un simple pretexto para pensar: "Amo a Dios. Dios me ama". Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.
Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre.
Había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de los estudios y la autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia como pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528.

Estudios en París
Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.

El Señor le da compañeros
Las palabras fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu Santo, abrió los corazones de algunos compañeros. Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era sacerdote de Saboya; Francisco Javier, un navarro; Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534. Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignacio partió de París, en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.

Bendición del Papa; aparición del Señor
Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Paulo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (San Ignacio no empleó nunca el nombre de "jesuita". Este nombre comenzó como un apodo), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de "La Storta", el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: "Ego vobis Romae propitius ero" (Os seré propicio en Roma). Paulo III nombró al padre Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.

La Compañía de Jesús
Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, "para que eso no distraiga de las obras de caridad a las que nos hemos consagrado". No por eso descuidaban la oración que debía tomar al menos una hora diaria.
La primera de las obras de caridad consistiría en "enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios". La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.
Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: "Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado". Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Goncalves y Juan Nuñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur.

Un baluarte de verdad y orden ante el protestantismo
El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosa- mente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue San Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, San Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que San Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.
En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignacio ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. "La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas" (cardenal Manning). A este propósito citaremos las, instrucciones que San Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt, acerca de sus relaciones con los protestantes: "Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores". El santo escribió en el mismo tono a los padres Broet y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda.

Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los Los Ejercicios Espirituales. Es la obra maestra de la ciencia del discernimiento. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad. 
 
La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de San Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: "A la mayor gloria de Dios". A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: "Señor, ¿qué puedo desear fuera de Ti?" Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el "espíritu militar" de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.
Durante los quince años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos. 

Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.

-Adaptado del trabajo de Alban Butler et all, edición en español de R.P. Wilfredo Guinea. La Vida de los Santos de Butler, vol. 3. (Chicago USA: Rand McNally, 1965) pg.222-228.

Santos jesuitas Estos son unos de los 48 santos y beatos jesuitas. Entre ellos hay muchos mártires.

San Alonso Rodriguez -Viudo, religioso, portero.
San Claudio de la Colombiere -Apóstol del Sagrado Corazón.
San Edmundo Campion -Mártir inglés
San Estanislao Kostka -Patrono de novicios, polaco.
San Francisco de Borja -Virrey de Cataluña, España, Tercer General de los jesuitas.

San Francisco Javier -Patrón de los misioneros. Misionero a la India y Japón. Muere ante las costas de China.
San Ignacio de Loyola (vea esta página desde arriba) -fundador de la orden.

San Isaac Yogues y compañeros -Mártires de Norte América.
San Juan de Brito -y compañeros mártires en la China.
San Luis Gonzaga -Patrón de la juventud cristiana.
Beato Miguel Pro -Mártir mexicano
San Pablo Miki y compañeros -Mártires japoneses.
San Pedro Canisio -Doctor de la Iglesia, segundo evangelizador de Alemania.
San Pedro Claver -Misionero con los esclavos de Colombia.
San Roberto Belarmino -Doctor de la Iglesia, defensor de la doctrina durante y después de la Reforma.
San Roque Gonzales de Santa Cruz -Mártir paraguayo. 
 

Ignacio Loyola
San Ignacio es el gran maestro del discernimiento de espíritus.
Juan Pablo II: "Ignacio supo obedecer cuando, en pleno restablecimiento de sus heridas, la voz de Dios resonó con fuerza en su corazón. Fue sensible a la inspiración del Espíritu Santo..."
Por el discernimiento de espíritu entendemos la capacidad de distinguir cuando nos habla el Espíritu Santo y cuando los espíritus malos.
Luis Goncalves de Cámara escribió "Los Hechos de San Ignacio" recogiéndolos de los labios del mismo santo:
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctórum, escritos en su lengua materna.

Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.

Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
"¿Y si yo hiciera lo mismo que San Francisco o que Santo Domingo?"

Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.  


El fin específico de los Ejercicios es llevar al hombre a un estado de serenidad y despego de las cosas pasajeras para que pueda elegir "sin dejarse llevar del placer o la repugnancia, ya sea acerca del curso general de su vida, ya acerca de un asunto particular. Así, el principio que guía la elección es únicamente la consideración de lo que más conduce a la gloria de Dios y a la perfección del alma".
Como lo dice Pío XI, el método ignaciano de oración "guía al hombre por el camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de la contemplación y el amor divino".

Los Ejercicios Espirituales son el instrumento del que ha servido El Señor para comunicar su Espíritu a innumerables personas y llevarlas a la santidad. 

Comienzan reflexionando sobre el "Principio y Fundamento" de todas las cosas. Nos enseña la verdad fundamental en la que debemos edificar nuestra vida:. 

¿Cuál es el origen de esta existencia?, ¿Cuál es su sentido?, ¿Cuál su valor? Esta es la pregunta capital que me debo preguntar. La respuesta nos la da Dios: Génesis 1: 26  "Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra"  Y como Dios es amor (1Juan 4:16), el hombre que es su imagen, ha sido creado para amar con su corazón, que es como el de Dios.  Dios creó al hombre para amar con todo su corazón, toda su mente y toda su fuerza (Deut. 6:4-9).

El hombre ama a Dios ante todo alabándole, adorándole y sirviéndole. En esta línea debo ordenar mi existencia. Pero el amor es más que esto. Por su propia naturaleza, el amor busca unión. Dios nos creó para ser sus hijos adoptivos en Jesucristo y por Jesucristo.

El plan de Dios consiste en hacernos partícipes en la tierra (por medio de la fe y la gracia) y por toda la eternidad de la vida de la Trinidad que es amor.

El principio y fundamento de nuestra vida es este: Hemos sido creados para Alabar y Servir a Dios y mediante esto salvar nuestra alma.

Conociendo este principio y ordenando toda nuestra vida en El, podremos construir sobre roca para que las tormentas no destruyan nuestra casa.
 


Oración
"Señor, Dios nuestro, que has suscitado en tu Iglesia a San Ignacio de Loyola para extender la gloria de tu nombre,
concédenos que después de combatir en la tierra, bajo su protección y siguiendo su ejemplo, merezcamos compartir con él la gloria del cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo."

30 julio 2014

El maltrato no es educativo







Uno de cada cuatro padres le pega a sus hijos El chirlo, la palmada en la mano, el coscorrón y la bofetada son, para muchos padres, formas habituales de corregir a sus hijos. Algunos, convencidos de que es lo mejor para la crianza, otros, sin demasiado análisis. Según cifras de Unicef, uno de cada cuatro padres reconoce usar estos métodos. Para el Movimiento Mundial por la Infancia de Latinoamérica y el Caribe, la violencia contra los niños es un flagelo en la región y por eso la Organización de las Naciones Unidas recomendó leyes específicas contra todo tipo de maltrato infantil.
Todavía hoy, padres de todos los estratos sociales, económicos y educativos siguen pegándoles a sus hijos como parte de la crianza cotidiana. “Es que el castigo físico como parte del repertorio de conductas para educar está naturalizado”, dice Fernanda Tarica, médica especialista en violencia. “Lo que hay que cambiar es el sistema de creencias que sigue arraigado en la sociedad. El patriarcado está vigente. Y a los niños se los sigue viendo como objeto de control, como algo a adoctrinar. En ese contexto, el castigo físico sigue siendo legítimo para muchos”.
Tarica explica claramente que a los golpes el chico no aprende nada, o lo único que aprende es a pegar: “Parece efectivo, pero lo es sólo en lo inmediato. El niño castigado se inhibe porque tiene miedo”.
El maltrato infantil es un atentado a los derechos más básicos de los chicos y adolescentes. La Convención sobre los Derechos del Niño  exige adoptar “todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual”.
En 2006, el Comité de los Derechos del Niño de la ONU volvió a reclamar a los países miembros que prohíban toda forma de castigo físico y trato degradante contra los niños. Es que los chicos siguen sufriendo malos tratos en los lugares donde se supone que están siendo protegidos: en sus propios hogares o en la escuela misma.
No sólo una paliza tremenda es maltrato. Los gritos constantes, la denigración, la indiferencia sostenida también pueden resultar devastadoras.
“Se conocen tres formas principales de maltrato infantil: físico, emocional o psicológico y por negligencia o abandono. Las formas de maltrato producen lesiones físicas y emocionales indelebles, muerte o cualquier daño severo”, dice un informe de la Secretaría Regional para América Latina del Estudio de Violencia contra Niños y Adolescentes.
Argentina tiene la ley 26.061 de Protección de la Infancia. El artículo 9 reconoce el derecho de los niños a su dignidad e integridad física, establece las obligaciones de los organismos del Estado así como de las personas que tomen conocimiento de situaciones de malos tratos. Deja expresa la prohibición del castigo corporal, aún cuando no provoque lesiones visibles.
En este sentido Tarica expresa: “Les pretendemos enseñar a no gritar y no pegar, y lo hacemos a los gritos y con golpes. Y nadie nos sanciona por eso porque nadie ve. Es la impunidad total. La doble moral de los adultos”.
Se sabe que los límites son saludables y necesarios. Para muchos adultos, también.

La decisión más importante


El evangelio recoge dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y decisión lo que tienen, y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que descubren el reino de Dios.
Al parecer, Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre, que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo así hacia su salvación definitiva en Dios.
¿Qué podemos decir hoy después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué tantos cristianos buenos viven encerrados en su práctica religiosa con la sensación de no haber descubierto en ella ningún “tesoro”? ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?
Después del Concilio, Pablo VI hizo esta afirmación rotunda: ”Solo el reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo”. Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: “La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento”. El Papa Francisco nos viene repitiendo: “El proyecto de Jesús es instaurar el reino de Dios”.
Si ésta es la fe de la Iglesia, ¿por qué hay cristianos que ni siquiera han oído hablar de ese proyecto que Jesús llamaba “reino de Dios”? ¿Por qué no saben que la pasión que animó toda la vida de Jesús, la razón de ser y el objetivo de toda su actuación, fue anunciar y promover ese proyecto humanizador del Padre: buscar el reino de Dios y su justicia?
La Iglesia no puede renovarse desde su raíz si no descubre el “tesoro” del reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio.
El Papa Francisco nos está diciendo que “el reino de Dios nos reclama”. Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas es la de recuperar el proyecto del reino de Dios con alegría y entusiasmo.

José Antonio Pagola
27 de julio de 2014
17 tiempo ordinario (A)
Mateo 13, 44-52

28 julio 2014

Una civilización para humanizar un mundo gravemente enfermo

Por Jon Sobrino SJ

Discurso de graduación de los estudiantes de la escuela jesuita de teología, Berkeley, 24 de mayo 2014

Queridos amigos y amigas:
Quiero comenzar mis palabras agradeciendo a las autoridades de la Escuela Jesuita de Teología -y quiero mencionar a mi gran amigo Paul Locatelli- la invitación a dirigirme a los estudiantes que hoy se gradúan, a sus profesores y familiares que los han acompañado durante sus estudios, y a mis compañeros jesuitas. Estar hoy aquí me trae recuerdos de un agradecimiento mayor. Hace 25 años JST me concedió un doctorado honoris causa. Fue una forma de honrar a mis hermanos jesuitas y a dos sencillas mujeres que pocas semanas antes habían sido asesinados vilmente, de noche y a traición. Han pasado los años, pero en aquellos hombres y mujeres todavía encuentro inspiración para dirigirme a ustedes. Los seis jesuitas fueron universitarios, como quienes estamos aquí: Amando López, Juan Ramón Moreno e Ignacio Ellacuría, teólogos –este último internacionalmente conocido, y especialmente en JST; Segundo Montes, sociólogo, acompañante de emigrantes en Honduras y defensor suyo en el congreso de Estados Unidos; Ignacio Martín Baró psicólogo social, analista de la violencia en contra del pueblo; Joaquín López y López, cofundador de la UCA y fundador de Fe y Alegría. Las dos mujeres, Elba y Celina, madre e hija, trabajadoras como las personas que aquí cuidan del mantenimiento, aseo, jardinería, cocina… Fueron símbolo del pueblo de Monsenor Romero, quien les amo hasta el final. Un pueblo crucificado, hombres y mujeres pobres y esperanzados. Recordándoles a todos ellos, y basado en el pensamiento de Ellacuría ofreceré algunas reflexiones sobre lo que, en mi opinión, es el problema mayor de nuestro mundo al que ahora salen los graduados. Y sobre lo que todos tenemos que trabajar.
I. Un mundo gravemente enfermo. La civilización de la riqueza.
La verdad más real, más hiriente y más cuestionante es que nuestro mundo está muy mal. Al final de sus días, sin exaltaciones juveniles, en 1989 Ellacuría dijo lapidariamente: “nuestra civilización está gravemente enferma”1. En 2005, J. Ziegler, relator especial de Naciones Unidas para el derecho a la alimentación, dijo que el mundo “está amenazado de muerte por el gran capital financiero”2. Hace pocos días, el teólogo venezolano Pedro Trigo ha escrito que la realidad actual de las migraciones, de lo cual ustedes tienen experiencia inmediata en California, expresa “en toda su crudeza, magnitud y dureza el pecado del mundo”3.
Los elogios de la globalización, miopes, falaces o hipócritamente mantenidos, no pueden ocultar el peligro: “un desenlace fatídico y fatal”4. Ellacuría denunció que esa enfermedad es producida por la civilización de la riqueza. Y concluyó que hay “revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”5. Progresistas esperanzados dicen hoy “otro mundo es posible”. Ellacuría diría “otro mundo es necesario”. Y para que irrumpa ese mundo otro es necesaria otra civilización que sea contrapuesta y superadora de la civilización de la riqueza. Es la civilización de la pobreza 6. No es fácil comprenderla en toda su profundidad, pero voy a intentar explicarlo a continuación. Ellacuría no definió con precisión qué entendía por civilización, pero la describió suficientemente en paralelo a un proyecto general de la humanidad, a un orden de valores, a un estado de cosas, firme. En cualquier caso no se refería a un aspecto de la realidad social, como la economía, la religión, el cultivo de la ciencia… sino a una totalidad. Y tampoco definió con precisión qué entendía por pobreza cuando con ella nombraba una civilización. Y es muy importante comprenderlo bien.
1. A quienes objetan simplistamente el uso del término pobreza les advierte que no se trata de una pauperización universal, lo cual debiera ser evidente para toda persona normal.
2. Es decisivo que lo que sea esta pobreza se debe comprender en relación contraria y superadora a la riqueza de la otra civilización. Esto significa que, aunque todavía queda por analizar su contenido, es su contrario. La relación entre ambas es dialéctica.
3. Y lo fundamental: de esa superación proviene salvación, la salvación de nuestra actual civilización enferma. Así lo dijo en conceptos bien pensados.

“En un mundo configurado pecaminosamente por el dinamismo capital-riqueza es necesario suscitar un dinamismo contrario que lo supere salvíficamente”. Se dice pues que este mundo esta sometido a la figura del pecado –lo que de una u otra forma da muerte-, figura que tiene un dinamismo, dynamis, fuerza. Por ello se necesita otro dinamismo, dynamis, que, en lucha, supera la fuerza que configura nuestro mundo, que “esta gravemente enfermo”.
4. La tesis global que incluye los elementos fundamentales de ambas civilizaciones y su dialéctica la formuló con estas palabras:
“La civilización de la pobreza rechaza la acumulación del capital como motor de la historia y la posesión-disfrute de la riqueza como principio de humanización. Hace de la satisfacción universal de las necesidades básicas el principio del desarrollo. Y hace del crecimiento de la solidaridad compartida el fundamento de la humanización”7.
Esto no es fácil de aceptar y ni siquiera es fácil de comprender. De ahí que, aun con buena intención, a veces la palabra pobreza ha sido eliminada y sustituida por otras, y se habla así de “civilización de la austeridad compartida”, u otras semejantes. La razón principal, pienso, es el escalofrío que produce introducir pobreza en la formulación de un ideal de civilización. Pero al hacerlo, hay que tener en cuenta que solo con la palabra austeridad no se va al fondo del asunto. Austeridad, en efecto es una actitud subjetiva contraria a derroche, mientras que pobreza es una realidad objetiva –compleja como veremos- contraria a riqueza. Pobreza, no austeridad, es lo que se opone dialécticamente a riqueza. Es lo que hay que superar. Y hay que saber bien qué es esa civilización. En la civilización de la riqueza el motor de la historia es “la acumulación privada del mayor capital posible por parte de individuos, grupos, multinacionales, estados o grupos de estados”8. Su sentido es el máximo disfrute de lo acumulado en base a la propia seguridad y a la posibilidad de un consumismo siempre creciente como base de la propia felicidad. Esta civilización no depende de la geografía, pues está vigente tanto en el este como en el oeste, y debe llamarse civilización capitalista -sea capitalismo de estado o capitalismo privado. El juicio sobre ella no debe ser simplista “pues ha traído bienes a la humanidad, que como tales bienes deben ser conservados y propiciados (desarrollo científico y técnico, nuevos modos de conciencia colectiva, etc.). Pero ha traído males mayores”9.
1. No satisface las necesidades básicas de todos.
2. No solo no genera equidad sino que no la puede generar.
3. No genera espíritu humanizante. Lo primero es un crimen. Es la negación de la vida, la muerte lenta del ser humano, o la muerte violenta cuando el ser humano se rebela y lucha por la vida.

Los grandes del poder suelen esconder lo segundo, pero sin convencer. Simplemente, no hay recursos en el planeta para que el disfrute que es producto de la acumulación pueda ser universal –por lo que, siguiendo a Kant, la civilización de la riqueza no es ética porque no es universalizable. Sea cuales fueren los cantos de sirena –aun con la crisis como espada de Damocles- de que lo malo no es tan absolutamente malo como pudiera parecer y de que lo bueno sigue su camino, reprogramando esfuerzos de disminuir la pobreza el 2025, lo que sigue siendo indiscutible es que el nivel de vida –no sólo el de los millonarios, pero ni siquiera el de las clases medias de norteamericanos, europeos o japoneses sea universalizable. Consumen tal cantidad de recursos, materias primas y energía que lo restante no alcanza para el buen vivir del resto de la población mundial10. Esto hace difícil o imposible que florezca el espíritu humano como dimensión de toda una civilización –el tercero de los males. Es la negación de la fraternidad y de la dignidad universal –sea cuales fueren las formulaciones de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Ellacuría insistió cada vez con más fuerza en que la civilización de la riqueza no genera espíritu, inspiración, energía, valores, que humanicen a personas y sociedades. Es la civilización del individuo, del egoísta buen vivir, del éxito excluyente y vencedor del otro –véase el deporte de elite y la industria multimillonaria en que se ha convertido. Y el aire que respira el espíritu se enrarece todavía más cuando el Occidente que produce dicha civilización se comprende a sí mismo no sólo como fruto de talento y nobles esfuerzos -en parte muy reales, pero sin olvidar la secular y gigantesca depredación histórica que ha llevado a cabo-, sino como fruto de una predestinación, como antaño se comprendían los pueblos elegidos según las religiones. La civilización de la riqueza no queda confinada por la geografía, pero se implanta en una regiones del mundo más que en otras. Dicho con ponderación y respeto, para Ellacuría Estados Unidos era paradigma de esa civilización. Y quienes están configurados por ella actúan como si ello obedeciese a un destino manifiesto. Ese espíritu deshumaniza. Tiende a generar desprecio en unos y servilismo o respuestas irracionalmente violentas en otros. En 1989, sin juzgar de sus posibilidades económicas, sino espirituales, Ellacuría dijo que Estados Unidos “tiene una mala solución”11 y añadió que eso es peor que no tener solución, como es el caso del tercer mundo.
Generalizando, dijo que los países de abundancia “no tienen esperanza” -la cual sí existe en el tercer mundo-, sino que “lo único que realmente tienen es miedo”12. Mirando a la totalidad de nuestro mundo, el de Ellacuría y el nuestro, no se ve cómo puede tener sentido un mundo en que la parábola del ricachón y del pobre Lázaro sigue siendo, sin ninguna duda, su propia parábola, la que mejor describe la totalidad del planeta. La conclusión de Ellacuría en su día fue lapidaria: la civilización de la riqueza sufre un “fracaso humanista y moral”13. Y pasando juicio a su larga historia añadía, lo que es sumamente importante tener en cuenta, que sus procesos de autocorrección no se muestran suficientes para revertir su curso destructor.
II. Un mundo en vías de sanación. La civilización de la pobreza Lo que puede sanar a este mundo es la civilización.
Lo que puede sanar a este mundo es la civilización de la pobreza. Ojalá me explique bien y sirva como legado para ustedes jesuitas que hoy se gradúan en teología. Ya en su primer artículo, Ellacuría la definía programáticamente como “un estado universal de cosas en que esté garantizada la satisfacción de las necesidades fundamentales, la libertad de las opciones personales y un ámbito de creatividad personal y comunitaria que permita la aparición de nuevas formas de vida y cultura, nuevas relaciones con la naturaleza, con los demás hombres, consigo mismo y con Dios”14. Esto, que pudiera ser expresión más general de la utopía, es específico de la civilización de la pobreza cuando se analizan los fundamentos de ésta. Está “fundada en un humanismo materialista, transformado por la luz y la inspiración cristiana”15. Lo primero expresa el habérselas humanamente con lo material. Y así una civilización basada en el trabajo, como medio no sólo de producción, sino como cauce de creatividad y realización del ser humano, humaniza más que la basada en el capital -cómo también lo dijo Juan Pablo II en la Laborem Excercens. Lo segundo expresa que esta civilización esté transida de elementos importantes de la tradición bíblico-jesuánica. Y en el caso de Ellacuría está también operante, debidamente historizada, material y socialmente, la tradición ignaciana de la meditación de las dos banderas16.
Quiero detenerme un momento en esto, pues Berkeley tiene raíces en san Ignacio. Se afirma en dicha meditación que hay dos principios que originan dos caminos que llevan a la salvación o la condenación. Uno comienza con la pobreza, lleva a insultos y vituperios, como los que sufrió Jesús, y todo ello lleva por su naturaleza a la humildad, a la humanización integral diríamos hoy. Y de ahí a todos los bienes. El otro principio comienza con la riqueza y lleva por su naturaleza a los honores mundanos y vanos, de ahí a la soberbia, la deshumanización integral, y de ahí a todos los males. Ambos principios y ambos procesos son dialécticos. El uno está contra el otro. En esta intuición ignaciana, lo cual es importante recordarlo ante el auge actual de espiritualidad ignaciana, pobreza, debidamente historizada, es “principio” de bienes, y puede liberar de los males de los cuales es principio la riqueza. De ahí que Ellacuría proponga como solución la civilización de la pobreza en contra de la civilización de la riqueza. Por esa civilización de la pobreza hay que trabajar. No basta con predicarla como profecía contra la civilización de la riqueza, ni siquiera basta sólo con anunciarla como buena noticia para los pobres de este mundo. La solución “no puede estar en un salirse de este mundo y hacer frente a él un signo de protesta profético, sino en introducirse en él para renovarlo y transformarlo hacia la utopía de la tierra nueva”17. Ya hemos dicho que para Ellacuría la relación entre pobreza y riqueza es dialéctica, una hace contra la otra. Y eso significa lo que suele ser habitualmente ignorado: no se puede trabajar en favor de la civilización de la pobreza sin sufrir persecuciones y difamaciones.
Es una vana ilusión. La multitud de mártires por la justicia en América Latina desde Medellín es una prueba evidente de ello. Para construir una civilización de la pobreza Ellacuría propone dos tareas fundamentales. Una, la más comprensible y aceptada en principio, es “crear modelos económicos, políticos y culturales que hagan posible una civilización del trabajo como sustitutiva de una civilización del capital”18. La otra consiste en robustecer “la solidaridad compartida, en contraposición con el individualismo cerrado y competitivo de la civilización de la riqueza”19. Con la solidaridad nos introducimos en un ámbito de realidad que es de naturaleza del espíritu. Ellacuría en sus últimos años insistió en el espíritu que debe informe una nueva civilización. Puede ser generado muy principalmente por los pobres. Los pobres en plenitud son pobres con espíritu. Y la civilización que humaniza es la civilización con espíritu. “Esa pobreza es la que realmente da espacio al espíritu, que ya no se verá ahogado por el ansia de tener más que el otro, por el ansia concupiscente de tener toda suerte de superfluidades, cuando a la mayor parte de la humanidad le falta lo necesario. Podrá entonces florecer el espíritu, la inmensa riqueza espiritual y humana de los pobres y los pueblos del Tercer Mundo, hoy ahogada por la miseria y por la imposición de modelos culturales más desarrollados en algunos aspectos, pero no por eso más plenamente humanos”20. Para terminar, si se me permite la ironía, suelo decir que “en la liturgia a Dios todo le sale bien”. Mi sincero deseo es que la civilización de la pobreza le salga bien a Dios en nuestra historia real. Mi deseo es que ustedes, graduados, profesores, familiares, jesuitas, construyamos todos la civilización de la pobreza, no solo en la liturgia y en el concepto, sino en la realidad. Que en esta civilización de la pobreza los pobres de este mundo sean nuestros hermanos. En ellos se inspiraron y a ellos amaron los mártires que he nombrado al principio. Y en ellos se inspiraron y a ellos amaron cuatro mujeres estadounidenses: Ita, Maura, Jean y Dorothy.
Las palabras con que finalizó Ellacuría su último artículo de teología son las siguientes:
“Hombres nuevos, que siguen anunciando firmemente aunque siempre a oscuras, un futuro siempre mayor, porque más allá de los sucesivos futuros históricos se avizora el Dios salvador, el Dios liberador”21. A todos ustedes, especialmente a los graduados, les deseo muy cordialmente que sean esos hombres nuevos. 



UNA CIVILIZACIÓN PARA HUMANIZAR UN MUNDO GRAVEMENTE ENFERMO
Por Jon Sobrino SJ

Discurso de graduación de los estudiantes de la escuela jesuita de teología,
Berkeley, 24 de mayo 2014

Queridos amigos y amigas:

Quiero comenzar mis palabras agradeciendo a las autoridades de la Escuela Jesuita de Teología -y quiero mencionar a mi gran amigo Paul Locatelli- la invitación a dirigirme a los estudiantes que hoy se gradúan, a sus profesores y familiares que los han acompañado durante sus estudios, y a mis compañeros jesuitas. Estar hoy aquí me trae recuerdos de un agradecimiento mayor. Hace 25 años JST me concedió un doctorado honoris causa. Fue una forma de honrar a mis hermanos jesuitas y a dos sencillas mujeres que pocas semanas antes habían sido asesinados vilmente, de noche y a traición.   Han pasado los años, pero en aquellos  hombres y mujeres todavía encuentro inspiración para dirigirme a ustedes. Los seis jesuitas fueron universitarios, como quienes estamos aquí: Amando López, Juan Ramón Moreno e Ignacio Ellacuría, teólogos –este último internacionalmente conocido, y especialmente en JST; Segundo Montes, sociólogo, acompañante de emigrantes en Honduras y defensor suyo en el congreso de Estados Unidos; Ignacio Martín Baró psicólogo social, analista de la violencia en contra del pueblo; Joaquín López y López, cofundador de la UCA y fundador de Fe y Alegría. Las dos mujeres, Elba y Celina, madre e hija, trabajadoras como las personas que aquí cuidan del mantenimiento, aseo, jardinería, cocina… Fueron símbolo del pueblo de Monsenor Romero, quien les amo hasta el final. Un pueblo crucificado, hombres y mujeres pobres y esperanzados. Recordándoles a todos ellos, y basado en el pensamiento de Ellacuría ofreceré algunas reflexiones sobre lo que, en mi opinión, es el problema mayor de nuestro mundo al que ahora salen los graduados. Y sobre  lo que todos tenemos que trabajar.

I. Un mundo gravemente enfermo. La civilización de la riqueza.

La verdad más real, más hiriente y más cuestionante es que nuestro mundo está muy mal. Al final de sus días, sin exaltaciones juveniles, en 1989 Ellacuría dijo lapidariamente: “nuestra civilización está gravemente enferma”1. En 2005, J. Ziegler, relator especial de Naciones Unidas para el derecho a la alimentación, dijo que el mundo “está amenazado de muerte por el gran capital financiero”2. Hace pocos días, el teólogo venezolano Pedro Trigo ha escrito que la realidad actual de las migraciones, de lo cual ustedes tienen experiencia inmediata en California, expresa “en toda su crudeza, magnitud y dureza el pecado del mundo”3.  

Los elogios de la globalización, miopes, falaces o hipócritamente mantenidos, no pueden ocultar el peligro: “un desenlace fatídico y fatal”4. Ellacuría denunció que esa enfermedad es producida por la civilización de la riqueza. Y concluyó que hay “revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”5. Progresistas esperanzados dicen hoy “otro mundo es posible”. Ellacuría diría “otro mundo es necesario”. Y para que irrumpa ese mundo otro es necesaria otra civilización que sea contrapuesta y superadora de la civilización de la riqueza. Es la civilización de la pobreza 6. No es fácil comprenderla en toda su profundidad, pero voy a intentar explicarlo a continuación. Ellacuría no definió con precisión qué entendía por civilización, pero la describió suficientemente en paralelo a un proyecto general de la humanidad, a un orden de valores, a un estado de cosas, firme. En cualquier caso no se refería a un aspecto de la realidad social, como la economía, la religión, el cultivo de la ciencia… sino a una totalidad. Y tampoco definió con precisión qué entendía por pobreza cuando con ella nombraba una civilización. Y es muy  importante comprenderlo bien. 

1. A quienes objetan simplistamente el uso del término pobreza les advierte que no se trata de una pauperización universal, lo cual debiera ser evidente para toda persona normal. 
2. Es decisivo que lo que sea esta pobreza se debe comprender en relación contraria y superadora a la riqueza de la otra civilización. Esto significa que, aunque todavía queda por analizar su contenido, es su contrario. La relación entre ambas es dialéctica. 
3. Y lo fundamental: de esa superación proviene salvación, la salvación de nuestra actual civilización enferma. Así lo dijo en conceptos bien pensados. 

“En un mundo configurado pecaminosamente por el dinamismo capital-riqueza es necesario suscitar un dinamismo contrario que lo supere salvíficamente”. Se dice pues que este mundo esta sometido a la figura del pecado –lo que de una u otra forma da muerte-, figura que tiene un dinamismo, dynamis, fuerza. Por ello se necesita otro dinamismo, dynamis, que, en lucha, supera la fuerza que configura nuestro mundo, que  “esta gravemente enfermo”. 

4. La tesis global que incluye los elementos fundamentales de ambas civilizaciones y su dialéctica la formuló con estas palabras:

“La civilización de la pobreza rechaza la acumulación del capital como motor de la historia y la posesión-disfrute de la riqueza como principio de humanización. Hace de la satisfacción universal de las necesidades básicas el principio del desarrollo. Y hace del crecimiento de la solidaridad compartida el fundamento de la humanización”7. 

Esto no es fácil de aceptar y ni siquiera es fácil de comprender. De ahí que, aun con buena intención, a veces la palabra pobreza ha sido eliminada y sustituida por otras, y se habla así de “civilización de la austeridad compartida”, u otras semejantes. La razón principal, pienso, es el escalofrío que produce introducir pobreza en la formulación de un ideal de civilización. Pero al hacerlo,  hay que tener en cuenta que solo con la palabra austeridad no se va al fondo del asunto. Austeridad, en efecto es una actitud subjetiva contraria a derroche,  mientras que pobreza es una realidad objetiva –compleja como veremos-  contraria a riqueza. Pobreza, no austeridad, es lo que se opone dialécticamente a  riqueza. Es lo que hay que superar. Y hay que saber bien qué es esa civilización. En la civilización de la riqueza el motor de la historia es “la acumulación privada del mayor capital posible por parte de individuos, grupos, multinacionales, estados o grupos de estados”8. Su sentido es el máximo disfrute de lo acumulado en base a la propia seguridad y a la posibilidad de un consumismo siempre creciente como base de la propia felicidad. Esta civilización no depende de la geografía, pues está vigente tanto en el este como en el oeste, y debe llamarse civilización capitalista -sea capitalismo de estado o capitalismo privado. El juicio sobre ella no debe ser simplista “pues ha traído bienes a la humanidad, que como tales bienes deben ser conservados y propiciados (desarrollo científico y técnico, nuevos modos de conciencia colectiva, etc.). Pero ha traído males mayores”9. 

1. No satisface las necesidades básicas de todos. 
2. No solo no genera equidad sino que no la puede generar. 
3. No genera espíritu humanizante. Lo primero es un crimen. Es la negación de la vida, la muerte lenta del ser humano, o la muerte violenta cuando el ser humano se rebela y lucha por la vida. 

Los grandes del poder suelen esconder lo segundo, pero sin convencer. Simplemente, no hay recursos en el planeta para que el disfrute que es producto de la acumulación pueda ser universal –por lo que, siguiendo a Kant, la civilización de la riqueza no es ética porque no es universalizable. Sea cuales fueren los cantos de sirena –aun con la crisis como espada de Damocles- de que lo malo no es tan absolutamente malo como pudiera parecer y de que lo bueno sigue su camino, reprogramando esfuerzos de disminuir la pobreza el 2025, lo que sigue siendo indiscutible es que el nivel de vida –no sólo el de los millonarios, pero ni siquiera el de las clases medias de norteamericanos, europeos o japoneses sea universalizable. Consumen tal cantidad de recursos, materias primas y energía que lo restante no alcanza para el buen vivir del resto de la población mundial10. Esto hace difícil o imposible que florezca el espíritu humano como dimensión de toda una civilización –el tercero de los males. Es la negación de la fraternidad y de la dignidad universal –sea cuales fueren las formulaciones de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. 

Ellacuría insistió cada vez con más fuerza en que la civilización de la riqueza no genera espíritu, inspiración, energía, valores, que humanicen a personas y sociedades. Es la civilización del individuo, del egoísta buen vivir, del éxito excluyente y  vencedor del otro –véase el deporte de elite y la industria multimillonaria en que se ha convertido. Y el aire que respira el espíritu se enrarece todavía más cuando el Occidente que  produce dicha civilización se comprende a sí mismo no sólo como fruto de talento y nobles esfuerzos -en parte muy reales, pero sin olvidar la secular y gigantesca depredación histórica que ha llevado a cabo-, sino como fruto de una predestinación, como antaño se comprendían los pueblos elegidos según las religiones. La civilización de la riqueza no queda confinada por la geografía, pero se implanta en una regiones del mundo más que en otras. Dicho con ponderación y respeto, para Ellacuría Estados Unidos era paradigma de esa civilización. Y quienes están configurados por ella actúan como si ello obedeciese a un destino manifiesto. Ese espíritu deshumaniza. Tiende a generar desprecio en unos y servilismo o respuestas irracionalmente violentas en otros. En 1989, sin juzgar de sus posibilidades económicas, sino espirituales, Ellacuría dijo que Estados Unidos “tiene una mala solución”11 y añadió que eso es peor que no tener solución, como es el caso del tercer mundo. 

Generalizando, dijo que los países de abundancia “no tienen esperanza” -la cual sí existe en el tercer mundo-, sino que “lo único que realmente tienen es miedo”12. Mirando a la totalidad de nuestro mundo, el de Ellacuría y el nuestro, no se ve cómo puede tener sentido un mundo en que la parábola del ricachón y del pobre Lázaro sigue siendo, sin ninguna duda, su propia parábola, la que mejor describe la totalidad del planeta. La conclusión de Ellacuría en su día fue lapidaria: la civilización de la riqueza sufre un “fracaso humanista y moral”13. Y pasando juicio a su larga historia añadía, lo que es sumamente importante tener en cuenta, que sus procesos de autocorrección no se muestran suficientes  para revertir su curso destructor. 

II. Un mundo en vías de sanación.  La civilización de la pobreza Lo que puede sanar a este mundo es la civilización.

Lo que puede sanar a este mundo es la civilización de la pobreza. Ojalá me explique bien y sirva como legado para ustedes jesuitas que hoy se gradúan en teología. Ya en su primer artículo, Ellacuría la definía programáticamente como “un estado universal de cosas en que esté garantizada la satisfacción de las necesidades fundamentales, la libertad de las opciones personales y un ámbito de creatividad personal y comunitaria que permita la aparición de nuevas formas de vida y cultura, nuevas relaciones con la naturaleza, con los demás hombres, consigo mismo y con Dios”14. Esto, que pudiera ser expresión más general de la utopía, es específico de la civilización de la pobreza cuando se analizan los fundamentos de ésta. Está “fundada en un humanismo materialista, transformado por la luz y la inspiración cristiana”15. Lo primero expresa el habérselas humanamente con lo material. Y así una civilización basada en el trabajo, como medio no sólo de producción, sino como cauce de creatividad y realización del ser humano, humaniza más que la basada en el capital -cómo también lo dijo Juan Pablo II en la Laborem Excercens. Lo segundo expresa que esta civilización esté transida de elementos importantes de  la tradición bíblico-jesuánica. Y en el caso de Ellacuría está también operante, debidamente historizada, material y socialmente, la tradición ignaciana de la meditación de las dos banderas16. 

Quiero detenerme un momento en esto, pues Berkeley tiene raíces en san Ignacio. Se afirma en dicha meditación que hay dos principios que originan dos caminos que llevan a la salvación o la condenación. Uno comienza con la pobreza, lleva a insultos y vituperios, como los que sufrió Jesús, y todo ello lleva por su naturaleza a la humildad, a la humanización integral diríamos hoy. Y de ahí a todos los bienes. El otro principio comienza con la riqueza y lleva por su naturaleza a los honores mundanos y vanos, de ahí a la soberbia, la deshumanización integral, y de ahí a todos los males. Ambos principios y ambos procesos son dialécticos. El uno está contra el otro. En esta intuición ignaciana, lo cual es importante recordarlo ante el auge actual de espiritualidad ignaciana, pobreza, debidamente historizada, es “principio” de bienes, y puede liberar de los males de los  cuales es principio la riqueza. De ahí que Ellacuría proponga como solución la civilización de la pobreza en contra de la civilización de la riqueza. Por esa civilización de la pobreza hay que trabajar. No basta con predicarla como profecía contra la civilización de la riqueza, ni siquiera basta sólo con anunciarla como buena noticia para los pobres de este mundo. La solución “no puede estar en un salirse de este mundo y hacer frente a él un signo de protesta profético, sino en introducirse en él para renovarlo y transformarlo hacia la utopía de la tierra nueva”17. Ya hemos dicho que para Ellacuría la relación entre pobreza y riqueza es dialéctica, una hace contra la otra. Y eso significa lo que suele ser habitualmente ignorado: no se puede trabajar en favor de la civilización de la pobreza sin sufrir persecuciones y difamaciones. 

Es una vana ilusión. La multitud de mártires por la justicia en América Latina desde Medellín es una prueba evidente de ello. Para construir una civilización de la pobreza Ellacuría propone dos tareas fundamentales. Una, la más comprensible y aceptada en principio, es “crear modelos económicos, políticos y culturales que hagan posible una civilización del trabajo como sustitutiva de una civilización del capital”18. La otra consiste en robustecer “la solidaridad compartida, en contraposición con el individualismo cerrado y competitivo de la civilización de la riqueza”19. Con la solidaridad nos introducimos en un ámbito de realidad que es de naturaleza del espíritu. Ellacuría en sus últimos años insistió en el espíritu que debe informe una nueva civilización. Puede ser generado muy principalmente por los pobres. Los pobres en plenitud son pobres con espíritu. Y la civilización que humaniza es la civilización con espíritu. “Esa pobreza es la que realmente da espacio al espíritu, que ya no se verá ahogado por el ansia de tener más que el otro, por el ansia concupiscente de tener toda suerte de superfluidades, cuando a la mayor parte de la humanidad le falta lo necesario. Podrá entonces florecer el espíritu, la inmensa riqueza espiritual y humana de los pobres y los pueblos del Tercer Mundo, hoy ahogada por la miseria y por la imposición de modelos culturales más desarrollados en algunos aspectos, pero no por eso más plenamente humanos”20. Para terminar, si se me permite la ironía, suelo decir que “en la liturgia a Dios todo le sale bien”. Mi sincero deseo es que la civilización de la pobreza le salga bien a Dios en nuestra historia real. Mi deseo es que ustedes, graduados, profesores, familiares, jesuitas, construyamos todos la civilización de la pobreza, no solo en la liturgia y en el concepto, sino en la realidad. Que en esta civilización de la pobreza los pobres de este mundo sean nuestros hermanos. En ellos se inspiraron y a ellos amaron los mártires que he nombrado al principio. Y en ellos se inspiraron y a ellos amaron cuatro mujeres estadounidenses: Ita, Maura, Jean y Dorothy.

Las palabras con que finalizó Ellacuría su último artículo de teología son las siguientes: 

“Hombres nuevos, que siguen anunciando firmemente aunque siempre a oscuras, un futuro siempre mayor, porque más allá de los sucesivos futuros históricos se avizora el Dios salvador, el Dios liberador”21. A todos ustedes, especialmente a los graduados, les deseo muy cordialmente que sean esos hombres nuevos. 

Notas
1 “El desafío de las mayorías pobres”, ECA 493-494 (1989), 1078. 
2 Suele repetir que “si un niño hoy muere de hambre, muere asesinado”. 
3 “Horizonte cristiano de la pastoral de la movilidad”, RLT 91 (2014) 
4 Cfr. Nota 1. 
5 Ibid. 
6 Ellacuría escribió cuatro artículos sobre el tema. “El reino de Dios y el paro en el Tercer Mundo”, Concilium 180 (1982) 588-596; “Misión actual de la Compañía de Jesús”, escrito en 1983 y publicado póstumamente en Revista Latinoamericana de Teología 29 (1993) 115-126; “La construcción de un  futuro distinto para la humanidad”. Discurso pronunciado en la inauguración de un Congreso realizado en Berlín en octubre de 1988, http:/mercaba.org. FICHAS/Teología_ latina; “Utopía y profetismo”, Revista Latinoamericana de Teología 17 (1989) 141-184, publicado también en I. Ellacuría, J. Sobrino, Mysterium Liberationis, Conceptos fundamentales de la teología de la liberación I, Madrid, 1990, San Salvador, 1991, pp. 393-442. 
7 “Utopía y profetismo desde América Latina”, RLT 17 (1989),  170. 
8 Ibid. 
9 Ibid. p. 170. 
10 Hace unos años la economía de Estados Unidos consumía casi la tercera parte de la producción anual global de materias primas minerales para atender el nivel de consumo habitual del 6 por ciento de la población mundial. 
11  “Quinto Centenario de América Latina”, RLT 21 (1990) p. 277. 
12  Ibid. p. 282
13 “Utopía…”, p. 172.  
14 “El reino de Dios…”, p. 595.  
15 “Utopía…”, p. 170.
16 “Lectura latinoamericana de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio”, RTL 23 (1990) pp. 111- 147  
17 “Utopía…”, p. 172.  
18 “El desafío...”, p. 1078.  
19 “Utopía…”, p. 172.  
20 “Misión actual...” p. 120.  
21 “Utopía” 184 Notas
1 “El desafío de las mayorías pobres”, ECA 493-494 (1989), 1078.
2 Suele repetir que “si un niño hoy muere de hambre, muere asesinado”.
3 “Horizonte cristiano de la pastoral de la movilidad”, RLT 91 (2014)
4 Cfr. Nota 1.
5 Ibid.
6 Ellacuría escribió cuatro artículos sobre el tema. “El reino de Dios y el paro en el Tercer Mundo”, Concilium 180 (1982) 588-596; “Misión actual de la Compañía de Jesús”, escrito en 1983 y publicado póstumamente en Revista Latinoamericana de Teología 29 (1993) 115-126; “La construcción de un futuro distinto para la humanidad”. Discurso pronunciado en la inauguración de un Congreso realizado en Berlín en octubre de 1988, http:/mercaba.org. FICHAS/Teología_ latina; “Utopía y profetismo”, Revista Latinoamericana de Teología 17 (1989) 141-184, publicado también en I. Ellacuría, J. Sobrino, Mysterium Liberationis, Conceptos fundamentales de la teología de la liberación I, Madrid, 1990, San Salvador, 1991, pp. 393-442.
7 “Utopía y profetismo desde América Latina”, RLT 17 (1989), 170.
8 Ibid.
9 Ibid. p. 170.
10 Hace unos años la economía de Estados Unidos consumía casi la tercera parte de la producción anual global de materias primas minerales para atender el nivel de consumo habitual del 6 por ciento de la población mundial.
11 “Quinto Centenario de América Latina”, RLT 21 (1990) p. 277.
12 Ibid. p. 282
13 “Utopía…”, p. 172.
14 “El reino de Dios…”, p. 595.
15 “Utopía…”, p. 170.
16 “Lectura latinoamericana de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio”, RTL 23 (1990) pp. 111- 147
17 “Utopía…”, p. 172.
18 “El desafío...”, p. 1078.
19 “Utopía…”, p. 172.
20 “Misión actual...” p. 120.
21 “Utopía” 184