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10 junio 2020

Meditación de la luz: el camino de la sencillez


La gran mayoría está cumpliendo las recomendaciones oficiales acerca de las reuniones sociales, evitando así la difusión de la Covid-19.
Se puede hacer muchas cosas en este recogimiento forzado: una revisión de vida; pensar qué lecciones sacar para el futuro, cómo cambiar para mejor; ver una película, etc.
Nos ofrece también la oportunidad de hacer algún ejercicio de meditación. No solamente a las personas religiosas sino también a aquellas que, sin estar ligadas a una religión, cultivan valores como el amor, la cooperación, la empatía y la compasión.
Ofrezco aquí un método que yo llamo “Meditación de la Luz: el camino de la sencillez”, muy antiguo, en Oriente y en Occidente. Tiene que ver con el espíritu y con todo el cuerpo humano, pero en particular con el cerebro, la sede de nuestra conciencia e inteligencia. No es este el lugar para exponer las tres superposiciones del cerebro: el reptil, que se refiere a nuestros movimientos instintivos; el límbico, a los sentimientos, y el neocortical, al raciocinio, la lógica y el lenguaje.

El cerebro humano y sus dos hemisferios
Tratemos sucintamente del cerebro, que tiene forma de concha con dos hemisferios:
El hemisferio izquierdo que responde del análisis, el discurso lógico, los conceptos, los números y las conexiones causales.
El hemisferio derecho responde de la síntesis, la creatividad, la intuición, el lado simbólico de las cosas y de los hechos y la percepción de una totalidad.
En el centro está el cuerpo calloso que separa y al mismo tiempo une los dos hemisferios.
Otro punto importante del cerebro es el lóbulo frontal, sede de la mente humana. Hay muchas teorías sobre la relación entre cerebro y mente. Varios neurocientíficos sostienen que la mente es el nombre que damos a realidades intangibles, elaboradas en el cerebro, tales como la vida afectiva, el amor, la honestidad, el arte, la fe, la religión, la reverencia y la experiencia de lo numinoso y de lo sagrado.

La mente espiritual y el Punto Dios en el cerebro
Otro punto a ser mencionado es la mente espiritual. La antropología cultural se ha dado cuenta de que en todas las culturas surgen siempre dos constantes: la ley moral en la conciencia y la percepción de una Realidad que transciende el mundo espaciotemporal y que concierne al universo y al sentido de la vida. Descansan en alguna estructura neuronal, pero no son neuronas. Son de otra naturaleza, hasta ahora inexplicable. Varios neurocientíficos la llaman la mente mística (mystical mind) . Prefiero una expresión más modesta: mente espiritual.
Profundizando en la mente espiritual, otros neurocientíficos y neurolingüistas llegaron a identificar lo que llamaron el punto Dios en el cerebro. Constataron que siempre que el ser humano se interroga existencialmente sobre el sentido del Todo, del Universo, de su Vida... y piensa seriamente sobre una Realidad Última, se produce una aceleración descomunal de las neuronas del lóbulo frontal. Apunta hacia un órgano interior de cualidad especial. Dijeron que así como tenemos órganos externos, los ojos, los oídos, el tacto, tenemos también un órgano interno, un logro de nuestra evolución humana. Lo llamaron el punto Dios en el cerebro. Mediante ese órgano-punto captamos Aquella Realidad que unifica y sustenta todo, desde el universo estrellado, a nuestra Tierra y a nosotros mismos: la Fuente que hace ser todo lo que es. Cada cultura le ha dado un nombre: el Gran Espíritu de los indígenas, Alá, Shiva, Tao, Javé, Olorum de los nagô, y nosotros, que simplemente lo llamamos Dios (palabra que en sánscrito significa el Dador de luz, de donde viene también la palabra día).

La naturaleza misteriosa de la luz
Antes de centrarnos en la Meditación de la Luz, conviene una palabra sobre la naturaleza de la luz. Esta es considerada hasta hoy día como un fenómeno tan singular para la ciencia, en particular la física cuántica y la astrofísica, que se ha preferido decir: la entendemos mejor si la consideramos una partícula material (que puede ser bloqueada por una placa de plomo) y simultáneamente una onda energética que recorre el universo a una velocidad de 300 mil km por segundo. Biólogos llegaron a discernir que todos los organismos vivos emiten luz, los biofotones, invisibles a nuestros ojos pero detectables mediante sofisticados aparatos. La sede de esta bioluz estaría en las células de nuestro ADN. Por lo tanto, somos seres de luz... Además la luz es uno de los mayores símbolos humanos, y el nombre que se da a la Divinidad, o a Dios, como Luz infinita y eterna...

Meditación de la luz: camino oriental y occidental
Vamos finalmente al tema: “¿Cómo es esa meditación de la luz?“. Fundamentalmente tanto Oriente como Occidente coinciden en la misma intuición: del Infinito nos viene un rayo sagrado de Luz que incide en nuestro cerebro (cuerpo calloso), penetra todo nuestro ser (los chacras), activa los biofotones, sana nuestras heridas, nos eleva y nos transforma también en seres de luz.
Es conocido el método budista en tres pasos: delante de una vela encendida se concentra y dice yo estoy en la Luz, la Luz está en mí, yo soy Luz. Esa luz se extiende desde el cuerpo a todo lo que está alrededor, a la Tierra, hasta a las galaxias más distantes... Permite una experiencia de no dualidad: todo es uno y yo estoy en el Todo.
El camino occidental se parece al oriental. Era practicado por los primeros cristianos en Alejandría, en Egipto, que profesaban que Dios era luz, Jesús, luz del mundo y el Espíritu Santo, la Lux Beatíssima.
Sigan conmigo los siguientes pasos: colóquese en un sitio cómodo, como al pie de la cama al levantarse o al acostarse, o en un rincón más recogido. Concéntrese en abrir el cuerpo calloso e invocar el rayo de la Luz Beatísima que proviene del infinito del cielo.
Ese rayo de Luz sagrada, al incidir, permite la unión de los dos hemisferios del cerebro, produciendo un gran equilibrio entre razón y sentimiento. Luego, deje que esa Luz divina comience lentamente a penetrar por todo su cuerpo: el cerebro, las vías respiratorias, los pulmones, el corazón, el aparato digestivo, los órganos genitales, las piernas y los pies. Deténgala especialmente en la partes que están mal y producen dolor. Y ya que la Luz descendió, hágala volver, penetrando desde abajo nuevamente todo su ser y sus órganos.

Beneficios de la meditación de la luz
En primer lugar, comienza a sentir que esa Luz divina potencia sus energías, trae ligereza a todo su ser corporal y espiritual. Dese un poco de tiempo para disfrutar esa Energía divina que lo energiza totalmente. Por fin, agradezca al Espíritu de Luz, que es el Espíritu Santo. Lentamente su cuerpo calloso se cierra y la persona queda más espiritualizada, más humanizada y con más valor para enfrentar el peso de la vida.
Este ejercicio puede hacerse mentalmente en el autobús, al parar en el semáforo, en la fábrica, en la oficina o en cualquier tiempo libre que se tenga en el día.
Las personas que se acostumbran a hacer este tipo de meditación –vía de la sencillez– suelen afirmar que su salud se vuelve más resistente, consiguen más claridad en las cuestiones complicadas, y las ideas fijas y los prejuicios se hacen más superables. En fin, te vuelves un ser mejor y tu luz se irradia sobre los demás. Intenta hacer esta meditación sencilla y verás su valor corporal y espiritual. 

18 marzo 2019

Una Iglesia sinodal

UNA IGLESIA SINODAL

ponencia en el camino hacia el 3er sínodo diocesano de Quilmes 16 de marzo 2019

Eduardo de la Serna




La eclesiología propuesta para el Concilio por la curia Romana y su rechazo. Iglesia Pueblo de Dios

  • ·        Rechazo de la Eclesiología de Pueblo de Dios, pueblo en comunión y camino (el ejemplo de la comunión en “camino”).
  • ·        Una eclesiología desde el “poder” o una eclesiología desde la fraternidad/sororidad
  • ·        Una eclesiología desde la “obediencia” o una eclesiología desde el “amor”.
Problemas de aceptar una Iglesia sinodal (el ejemplo del sínodo de jóvenes)

Gracias a la experiencia vivida, los participantes en el Sínodo son más conscientes de la importancia de una forma sinodal de la Iglesia para anunciar y transmitir la fe. La participación de los jóvenes ha contribuido a “despertar” la sinodalidad, que es una «dimensión constitutiva de la Iglesia. […] Como dice san Juan Crisóstomo, “Iglesia y Sínodo son sinónimos”, porque la Iglesia no es otra cosa que el “caminar juntos” de la grey de Dios por los senderos de la historia que sale al encuentro de Cristo el Señor» (Francisco, Discurso con ocasión de la Conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 octubre 2015). La sinodalidad caracteriza tanto la vida como la misión de la Iglesia, que es el Pueblo de Dios —formado por jóvenes y ancianos, hombres y mujeres de cualquier cultura y horizonte— y el Cuerpo de Cristo, en el que somos miembros los unos de los otros, empezando por los marginados y los pisoteados. Durante el diálogo y mediante los testimonios, el Sínodo ha puesto de manifiesto algunos rasgos fundamentales de un estilo sinodal, al que debemos convertirnos. [Documento final del Sínodo, Nº 121; votos 191 – 51; sobre 248 presentes]

Camino de Comunión

Comunión implica diversidad, aceptación de lo diverso. Hay elementos constitutivos (el Evangelio del Reino de Dios) que marcan las fronteras de la unidad, pero no hay “un solo y único modo de ser Iglesia”.

En la Biblia no hay “un sólo modo” de ser pueblo de Dios. En el A.T. hay distintas corrientes y distintas posiciones; siempre dentro de la fidelidad a la alianza. No piensan lo mismo – en un mismo período, claro está – los profetas Amós y Oseas, o 1 Macabeos y Daniel, o un libro machista como Eclesiástico que el Cantar de los Cantares, por ejemplo. Y – ya en el N.T. – no es la misma la eclesiología de Hechos de los Apóstoles que la de la 1 Juan, ni lo mismo la carta de Santiago que la carta a los Gálatas. Es por eso que hay 4 Evangelios, precisamente. Cada uno con su cristología, su teología, su eclesiología. Tener como mil evangelios (como parecía que era la tendencia en algunos grupos espiritualistas) era un exceso, pero tener uno solo es otro exceso. El 4 es el número de la universalidad, como los puntos cardinales o los elementos de la tierra; así lo planteaba san Ireneo. 

No puede haber comunión sin diferencia. No puede haber sinodalidad sin camino. En todo camino están los que van en la delantera, en el medio o en la retaguardia; todos caminan, unos alentando en el medio, otros empujando desde atrás y cuidando a los rezagados y otros marcando el camino adelante, guiando. Quién se crea “el” verdadero y único no ha entendido que la Iglesia es comunión; sin duda uno o una puede sentirse más identificado con una propuesta o con otra, y hacerla propia. Pero debe cuidar de no “excomulgar” a los demás, a los que no son “como nosotros”. 

Ekklêsía remite al hebreo qahâl, que es la asamblea, que puede ser militar o litúrgica, una multitud. El verbo hebreo (162x) se traduce muchas veces por ekklêsía (104x, pero 23x en deutero-canónicos), y otras veces por synagôgê (122x, pero 23x en deutero-canónicos; [= 81+99 = 180]).

“…aunque la renovación de la Iglesia sólo puede venir del retorno a su origen, tal renovación es algo completamente distinto de restauración, glorificación romántica del pasado (que, a fin de cuentas, sería tan poco cristiana como la simple modernización). Y esto se debe, en última instancia, a que el Jesús histórico, en el que se apoya la Iglesia, es a la vez el Cristo que ha de venir, el que la Iglesia espera; a que Cristo no es simplemente un Cristo ayer, sino a la vez el Cristo hoy y siempre (cfr. Heb 13, 8) ...” (J. Ratzinger, “Implicaciones pastorales de la doctrina de la colegialidad de los obispos”,Concilium 1 [1965] 63)


La Iglesia que Jesús quería

La pregunta siempre ha de ser, ¿cómo es la Iglesia que Jesús quería? Toda renovación debe mirar siempre “a las fuentes”. No confundir lo cultural con lo esencial.

La primera pregunta sería si Jesús quería una Iglesia y obviamente la respuesta es ¡no!” puesto que ya había una ekklêsía. Y por eso Jesús se propone restaurarla para que sea “como Dios quiere que sea” (de eso se trata el Reino). Una ekklêsía en la cual cada vez eran menos los que tenían cabida no se parece a la “casa” de Dios, al “pueblo” de “hermanos”.

Dios se elige un pueblo, ¿para qué? para que sepa ser “luz de las naciones” (la liberación plena que Dios quiere para todos necesita “encarnarse” con todas las limitaciones que esto implica). Por eso no interesa que sea ni el mejor, ni el más grande, ni el más fuerte de los pueblos. Le basta que sea uno pequeño que sepa mostrar a todos los demás pueblos que “otro mundo es posible”. No un ambiente donde triunfe el más apto, el más fuerte, el más poderoso sino un pueblo de “hermanos” y hermanas. La clave de la vida de todo Israel es ser precisamente “hermanos” (y hermanas):

¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré!” (Sal 22:23)

Cuando algunos empiezan a sentirse superiores, más perfectos, más puros, más santos que los demás, empiezan a socavar de raíz la asamblea. Cuando las mujeres son despreciadas y desvaloradas, los niños no son tenidos en cuenta, los pobres, los enfermos… entonces Israel debe ser restaurada, debe ser renovada. Por eso Jesús elige 12, no porque fueran “lo que hay” sino para dejar claro ante todos que viene a renovar a Israel. y con los 12 empieza un camino, camino que incluye mujeres, que abraza a los niños, que no es verdadero si los pobres no están en el centro.


Una eclesiología de comunión

La eclesiología que el Concilio propone es una “vuelta a las fuentes”, una eclesiología más parecida a la que Jesús impulsó mirando la realidad del presente histórico.

Claro que el hecho de que el Concilio haya vuelto a la eclesiología de comunión no implica que en todo ésta se manifiesta. Perder poder por parte de algunos, o el esfuerzo de pensar, re-crear y entender por parte de otros, hace que muchas veces 55 años después de terminado el Concilio, muchas veces se siga pensando o deseando una Iglesia piramidal (como cuando se dice “la Iglesia dijo” porque lo dijo un obispo o un papa). 

Acá debemos entender lo que en teología – desde los primeros siglos de la Iglesia y retomada especialmente a partir de la teología del Espíritu Santo se ha profundizado – que es lo que se llama la “recepción”. Podemos decir que algo es plenamente “eclesial” cuando el Pueblo de Dios lo hace “suyo”, lo “recibe como propio”. Así empezó la lista de libros de la Biblia: no están los que un Papa o un Concilio decidieron que estuvieran sino los que las distintas comunidades, con tiempos, con avances y retrocesos, con espiritualidad fueron reconociendo, y en comunión con las demás comunidades, como aquellos textos en los que Dios “nos” habla. Y lo mismo ha de decirse de los grandes santos de la Iglesia: son aquellas y aquellos en quienes el pueblo de Dios reconoció como que “Dios pasó por entre nosotros”. La Institución eclesial se limitó a reconocer lo que el pueblo ya había “recibido. Y lo mismo ha de decirse de los textos. No basta aquello que un Papa o un obispo “dice” o “escribe”; ciertamente él creerá que escribe acompañado por el Espíritu Santo, pero el pueblo de Dios, también él acompañado por el Espíritu Santo, acepta o se desentiende, reconoce que allí Dios está o no presente. Cuando el Pueblo de Dios “recibe” un momento eclesial, o un texto, allí empieza a ser verdaderamente eclesial. Para entender, basta con mirar textos que gozaron de gran recepción y otros que no lo tuvieron. Por ejemplo, se puede mirar la recepción eclesial que tuvieron los documentos de Medellín (1968) y Puebla (1979) y mirar, a su vez el de Santo Domingo (1992). El documento preparatorio de Aparecida lo reconoció: “Tenemos que reconocer que la recepción de esta Conferencia fue menos intensa que la lograda tras la Conferencia de Puebla” (CELAM, Documento de Síntesis de los aportes recibidos para la Vª Conferencia General Nº 23, 30 de marzo 2007).


Comunión en Comunidad

Pero la comunión o el andar juntos no es el de una “manada”, es el de un sueño compartido. Sueño empezado por Jesús, “que un día todos seríamos hermanos” (Carlos Mugica), que Dios reinaría en esa sororidad y fraternidad universal. Una manada va huyendo del peligro o donde un “macho alfa” la conduce, y empezamos mal si creemos que el “macho alfa” de la Iglesia es Francisco, o el obispo Carlos; el que conduce la Iglesia, “el alma de la Iglesia” es el Espíritu Santo (León XIII, Pio XII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benito XVI). Y no se trata, tampoco, de huir del peligro que sería “este mundo”, sino estar encarnados en este mundo. Encarnados supone barro. Embarrarse. El Papa Francisco les dijo en una carta a los obispos argentinos (17/4/2013), a pocos días de ser elegido sucesor de Pedro, que prefiere "mil veces" una iglesia accidentada que una iglesia enferma. Una Iglesia "que no sale", a la corta o a la larga, se enferma "en la atmósfera viciada de su encierro". "Es verdad -añadió- también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente". "La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autoreferencialidad; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar la dulce y confortante alegría de evangelizar".

Los pobres garantía de fidelidad

Cuando el Papa Juan convocó al Concilio para “abrir las ventanas”, para mirar al mundo, habló de “Iglesia de los pobres” (radiomensaje a un mes de inaugurar el Concilio Vaticano II, del 11/9/62) pero, salvo una intervención del cardenal Lercaro, uno de los presidentes de la asamblea, el tema no fue asumido en los documentos finales. Más tarde lo retomó Pablo VI (Evangelica testificatio [29/6/71] 17.18) y Juan Pablo II (Dives in misericordia [30/11/80] 3; Laborem exercens [14/9/81] 8) y las conferencias episcopales latinoamericanas de Medellín y Puebla. Sabemos la insistencia del Papa Francisco: “quisiera una Iglesia pobre para los pobres”, la primera vez en 17/3/13). Ellos no hacen sino hacer suyas las palabras de Jesús: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres el Evangelio” (Lc 4:18). Jesús es ungido (= Mesías) para los pobres. La Iglesia tiene el espíritu de Dios que es el “padre de los pobres” (pregón de Pentecostés); Dios es el “padre de los huérfanos y tutor de las viudas” (Sal 68,6). El camino de la Iglesia, el sueño de Jesús del reino universal de Dios, se mira desde los pobres, sólo si los pobres están en el centro la predicación es “para todos”; los pobres son el test de nuestra fidelidad. Desde el comienzo al final el evangelio eclesial por excelencia (Mateo) empieza ubicándonos del lado de los pobres. Desde las bienaventuranzas (cap.5) hasta el juicio final (cap. 25) los pobres se revelan como el test de la sinodalidad. ¿dónde estamos parados? ¿Hacia dónde caminamos? ¿Con quiénes caminamos? ¿Dónde está nuestro corazón?


Primeros sínodos americanos


"No hay cosa que en estas provincias de las Indias devan los prelados y demás ministros, así eclesiásticos como seglares, tener por más encargada y encomendada por Cristo Nuestro Señor, que es el Sumo Pontífice y rey de las almas, que el tener y mostrar un paternal afecto y cuidado al bien y remedio de estas nuevas plantas de la iglesia, como conviene lo hagan los que son ministros de Cristo. Y ciertamente, la mansedumbre de esta gente y el perpetuo trabajo con que sirven, y su obediencia y subjeción natural podrían con razón mover a cualquier hombre, por ásperos y fieros que fuesen, para que holgasen antes de amparar y defender estos indios que no perseguirlos y dejarlos despojar de los malos y atrevidos. Y así, doliéndose grandemente este santo Sínodo de que no solamente en tiempos pasados se les haya hecho a estos pobres tantos agravios y fuerzas con tanto exceso, sino que también el día de hoy muchos procuran hacer lo mismo, ruega por Jesucristo y amonesta a todas las justicias y gobernadores que se muestren piadosos con los indios... Y a los curas y ministros eclesiásticos manda muy de veras que se acuerden que son pastores y no carniceros, y que como a hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana" (IIIer concilio de Lima; 1582-1583).

"Por cuanto ninguna parte de este nuestro Obispado está más necesitada de remedio espiritual para las almas de los indios que la provincia de Cuyo y éste es muy dificultoso de poner, porque depende en parte del gobierno de las cosas temporales, como es prohibir que no se saquen indios de la dicha provincia ni se traigan de mita a esta ciudad de Santiago y sus contornos, pasándolos por la cordillera nevada que ha sido sepultura de gran número de hombres y mujeres y niños que por el hambre y rigor de los temporales, de vientos y fríos excesivos, y venir muchas veces en colleras como galeotes porque no se vuelvan a sus tierras, han padecido miserablemente que sólo pensarlo causa compasión y horror que tal se hiciese entre gente cristiana, y por no haberse ejecutado las Cédulas y mandatos de Su Majestad, que siendo informado de tales crueldades y excesos los ha mandado remediar y que los dichos indios no vengan a servir las mitas, con que fueran más doctrinados y se hubieran reducido a partes y puestos cómodos donde se pudiese hacer la dicha doctrina y no se huyesen de temor a partes pantanosas y a las montañas y cerros, por la tiranía de los mestizos y gente desalmada, que les usurpan las mujeres e hijos y les hacen malos tratamientos y molestias, de que resulta que haya muchas mujeres apartadas de sus maridos…” (IIIer Sínodo de Santiago, 1626)

El Iº y IIº sínodo de Popayán (1555 y 1558) habla de los maltratos a los indios (ya en 1565 Bartolomé de Las Casas había escrito al Consejo de Indias) de lo robado a los indios que es contra derecho y que debe ser devuelto. Los encomenderos consiguen que la Corona no apruebe el sínodo y consiguen que en el futuro se les prohíba hablar de estas cosas. Toribio de Mogrobejo, Las Casas y otros multiplican las excomuniones. Las Casas dice:

"Docta y sanctamente lo hicieron los religiosos de la Orden de Sto. Domingo y San Francisco y S. Agustín en la Nueva España, conviniendo y concertándose todos a una de no absolver a español que tuviese indios por esclavos, sin que primero lo llevase a examinar ante la Real Audiencia” (Tratado sobre la esclavitud, 1552).

Y sobre los sacrificios humanos acota Bartolomé:

"… porque más con verdad podemos y muy mejor decir que han sacrificado los españoles a su diosa muy amada y adorada dellos, la codicia, en cada un año de los que han estado en las Indias después que entraban en cada provincia, que en cien años los indios a sus dioses en todas las Indias sacrificaban". (Bartolomé de Las Casas, controversia con Ginés de Sepúlveda, organizada por el rey Carlos V, 1555)

Y ya antes había escrito Domingo de Santo Tomás el futuro primer obispo residencial de La Plata (originalmente Chuquisaca, luego Sucre, Perú):

"Avrá quatro años que, para acabarse de perder esta tierra, se descubrió una boca del ynfierno por la cual entra cada año grand cantidad de gente que la cobdicia de los españoles sacrifica a su dios, y es una mina de plata que se llama Potosí". (carta al rey Carlos V, 1 de julio 1550)


¿Caminamos juntos?


Si el Sínodo supone “caminar juntos”, ¿vamos a caminar sólo con los que son “como nosotros”? ¿Vamos a caminar sólo “los perfectos”? ¿Vamos a tener en cuenta a los caídos al borde del camino?

Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas. (Is 40:11)

La vida entera es un camino. Un camino que tiene un punto de partida, un trayecto, tropiezos, resbalones, saltos, retrocesos, caídas, alojamientos, lugares de alimento y de reposo, y una meta (si uno camina sin rumbo, es un errante, un vago; si camina con meta, es un peregrino). Pero es un camino para andar con otros, en comunidad, un syn-hodos.

Un camino que tiene un alimento, la fuente y cumbre de la vida cristiana: el amor. Pero un amor que es encarnado, por eso tiene el nombre de la misericordia, la compasión.

Como en los primeros sínodos de América, ¿quiénes son los que sufren? ¿quiénes los caídos? ¿quiénes los que están en la miseria? ¿por qué están caídos? Los primeros padres no sólo se pusieron del lado de los indios, sino que atacaron sus causas y causantes.


  • ·        Los profetas en la Biblia no sólo manifestaron la urgencia de que el Pueblo dé frutos de “derecho y justicia” para ser luz de las naciones, sino que enfrentaron a los que eran artífices de las tinieblas. No terminaron bien: “¿a qué profeta no mataron sus padres?” les dice Esteban a los que luego lo van a matar a él (Hch 7,52).

  • ·        Juan, el Bautista y Jesús, el de Nazaret, también terminaron como los profetas después de haber llamado “raza de víboras” a los religiosos de su tiempo (Mt 3,7; 12,34; 23,33).

  • ·        Los padres de la Iglesia también pusieron nombre y apellido a los responsables de la pobreza y el hambre: ladrones, avaros, licenciosos, amantes del lujo y desinteresados de la (mala) suerte de los pobres. “Lo que ha sido dado para el provecho de todos te lo apropiaste tú solo” (San Ambrosio); “si ustedes no se hartan de devorar y tragarse a los pobres, yo no me harto de echárselos en cara» (san Juan Crisóstomo; cité varios textos en https://blogeduopp1.blogspot.com/2018/11/la-divinidad-de-los-pobres-los-vicarios.html).

  • ·        Lo mismo ocurrió con los primeros padres de la Iglesia latinoamericana, que hemos citado. Y con los segundos. El caso de Enrique Angelelli, próximo beato, es sin duda paradigmático, y con él, el de san Oscar Romero, o el de tantos y tantas, especialmente – pero no solo – mártires por la justicia.

  • ·        El método Ver – Juzgar – Actuar, que inspiró –, en continuidad con la Iglesia latinoamericana, nuestro primer sínodo diocesano (vol. III, 18-27) sabe que debemos “mantener la mirada y el oído atentos a la realidad, a los acontecimientos que interpelan a la Iglesia, a las situaciones que viven personas, familias y barrios y que nos muestran reivindicaciones y aspiraciones que únicamente el Evangelio de Jesús puede iluminar y sólo la aceptación de Cristo Camino, Verdad y Vida puede colmar” (nº 27).

Con ironía, J. I. González Faus dice que algunos pareciera que dicen “y la Palabra se hizo nube y sobrevoló sobre nosotros” (Etty Hillesum. Una vida que interpela, Sal Terrae, Santander 2008, p.73). No hay un Jesús que camine, ni hay un “nosotros” caminando.


Con quienes caminamos

Sin duda habrá quienes no quieren caminar con nosotros, aunque no debamos dejar de invitarlos a hacerlo. Pero ¿podemos caminar habiendo quienes están caídos al borde del camino? El Papa ha hablado con frecuencia de la Iglesia “hospital de campaña” (Conferencia Inaugural del ciclo lectivo de la Facultad de Teología de Buenos Aires, 2014). Tomando la imagen de teólogos latinoamericanos, Aparecida habló de una “Iglesia samaritana” (DA 27), esto es, la que “se hace prójimo” al tener misericordia con los caídos al borde del camino. Con esos no se puede caminar juntos, se los ha de cargar en nuestra cabalgadura y llevarlos a la posada.

En nuestra Iglesia diocesana, que peregrina en Quilmes, Florencio Varela y Berazategui, ¿quiénes son los que “sobran”? ¿Los que están en las periferias sociales, económicas o existenciales? ¿Podemos caminar sin ellos? Mirando los 4 ejes que nos constituyen diocesanamente desde nuestras fuentes:

·        ¿Quiénes son los que no caminan a nuestro lado escandalizados por la falta de unidad de los cristianos? ¿Los que no pueden entender que todos hablemos de casi lo mismo y no sepamos caminar juntos nosotros mismos?

·        ¿Quiénes son los que no caminan a nuestro lado porque no recibieron el anuncio del Evangelio? ¿Los que escucharon noticias superficiales o “golosinas del espíritu” que no nutren su camino sino solamente emociones o instantes? ¿Quiénes los que ante sus vidas reales y sus dolores y angustias concretas no han recibido el anuncio de Buenas Noticas también reales y concretas?

·        ¿Quiénes son los que no caminan a nuestro lado porque no son reconocidos en su dignidad humana, por ser inmigrantes, o pobres, o jóvenes de los barrios a los que se puede despreciar sin dificultad desde el poder?

·        ¿Quiénes son los que no caminan a nuestro lado porque no hacen sino buscar trabajo o pan para sus hijos sin el abrazo fraterno y sororal que los acompañe?

Pablo cuestionaba muy duramente a aquellos de las elites de la comunidad que se creían más importantes que los demás por no ser como ellos (1 Cor 12,21), o no tener sus dones espectaculares, o que terminaban logrando que los débiles e insignificantes no se sintieran parte del cuerpo eclesial por no ser como ellos (12,15-16). Y les reitera que los más importantes y valorables son los más “débiles” (12,22).

En este caminar juntos, ¿quiénes son los más escuchados? ¿los más valorados o respetados? ¿Volveremos a una Iglesia piramidal donde las voces son escuchadas jerárquicamente? Si somos Iglesia de hermanas y hermanos, ¿cómo se escuchan sus voces? En tiempos de Jesús, el dicho “dime con quién andas y te diré quién eres” funcionaba a la perfección. Jesús era tenido por “comilón y borracho” por andar con publicanos y pecadores (Lc 7,34). Quizás a algo por el estilo se refiera el Papa al pedir “pastores con olor a oveja” (por primera vez el Jueves Santo, 28/3/2013). ¿Qué dicen de nosotros, los cristianos de Quilmes en nuestros barrios? ¿A qué olemos? Porque no es lo mismo oler a oveja que a perfume francés; no es lo mismo que nos llamen “comilones y borrachos” que nos digan “monseñores” o “padres”.

No es tan importante que la diócesis haga un Sínodo. Lo importante es ser Iglesia sinodal. Iglesia en salida o en camino; Iglesia donde haya quienes recojan a los caídos y los atiendan, que espere a los rezagados y los abrace. Iglesia donde haya quienes canten en medio de la fiesta, celebrando la vida, escuchando (mucho más que hablando). Iglesia donde los profetas griten los proyectos de Dios, marcando rumbos, cuestionando los carteles indicadores que conducen al sinsentido y mostrando los senderos de la vida y la esperanza, de la paz y la alegría. Iglesia que mire atentamente los faros de nuestra historia, como son los mártires y los santos de ayer y de hoy. Mirando la imagen señera del beato Enrique Angelelli y el rostro sereno de Jorge Novak indicándonos “es por acá”. Dejándonos guiar por esta nube de testigos seremos una Iglesia sinodal y – sin duda alguna – muchos serán felices de caminar así con nosotros.


Foto María Belén Marino

06 enero 2016

Sus corazones buscan la verdad

reyes-magos

Ante el nacimiento de Jesús se pueden adoptar actitudes muy diferentes. El relato de los magos nos habla de la reacción de tres grupos de personas. Unos extranjeros -paganos- que lo buscan, guiados por la pequeña luz de una estrella. Los representantes de la religión del Templo -los Sumos Sacerdotes-, que permanecen indiferentes. El poderoso rey Herodes que solo ve en él un peligro.
A los Sumos Sacerdotes su seguridad religiosa los ciega. Conocen dónde tiene que nacer el Mesías, pero ninguno de ellos se acercará a Belén. Se dedican a dar culto a Dios, pero no sospechan que su misterio es más grande que todas las religiones, y tiene sus caminos para encontrarse con todos sus hijos e hijas. De esta manera nunca podrán reconocer a Jesús.
El rey Herodes, poderoso y brutal, solo ve en Jesús una amenaza para su poder y su crueldad. Hará todo lo posible para eliminarlo. Desde el poder opresor solo se puede “crucificar” a quien trae liberación.
Mientras tanto, los magos, que no pertenecen al pueblo elegido y nada sabemos de su religión, prosiguen su búsqueda: La pequeña luz de la estrella los atrae hacia el pequeño pueblo de Belén, lejos de todo centro de poder. Sus corazones buscan la verdad.
Al llegar, lo único que ven es al “niño con María, su madre”. Nada más. Un niño sin esplendor ni poder alguno. Una vida frágil que necesita el cuidado de una madre. Es suficiente para despertar en los magos la adoración.
El relato es desconcertante. A este Dios, escondido en la fragilidad humana, no lo encuentran los que viven instalados en el poder o encerrados en la seguridad religiosa. Se les revela a quienes, guiados por pequeñas luces, buscan incansablemente una esperanza para el ser humano en la ternura y la pobreza de la vida.
A partir de un texto de José Pagola.

21 noviembre 2015

¡¡DIVINO!!!

por Eduardo de la Serna

En lo personal juzgo genial a Mel Brooks, el gran director de comedias cinematográficas. Fiel a su estilo, hizo una parodia-homenaje del cine mudo en la película llamada “Silent Movie”, traducida (sic) al castellano como “la última locura de Mel Brooks” (¿?). Allí, un viejo director está dejando el alcohol y se dirige a su viejo estudio proponiendo una genialidad: una película muda. Pero una financiera, traducida al castellano como “Abarca y Devora”, pretende hundir el viejo estudio para luego comprarlo a muy bajo costo. Las reuniones de la financiera comienzan con una oración – o adoración – al símbolo pesos.
Esto me recordó siempre un brillante artículo de Víctor Codina “el Dios de la vida y los dioses de la muerte” publicado hace muchos años donde hace referencias expresas al ídolo del dinero (mencionando expresamente al dólar y su lema “In God we Trust”). José Luis Sicre hace ya muchos años presentó en el Instituto Bíblico – donde hoy es profesor titular – su tesis doctoral “Los dioses olvidados” sobre la idolatría de las riquezas y los ejércitos extranjeros; su idea principal es que los verbos “confiar” y “estar seguros” sólo deben dirigirse a Dios (ni siquiera a las “cosas de Dios”, como la alianza, el Templo, etc…). Cuando se confía/está seguro ante lo que no es Dios (como confiar en los ejércitos o estar seguros en las riquezas) se entra en el terreno de la idolatría. No hace falta señalar que Jesús de Nazaret – como buen judío – siguió en esa misma corriente destacando que no se puede “servir al dios dinero” – Mammona – porque se aborrecerá a Dios, y que además el César debe “devolverle a Dios” lo que le ha quitado haciéndose él mismo divino.
Esta actitud hacia el dinero es inseparable de la actitud frente a los pobres. La actitud o mirada bíblica – particularmente de los Evangelios – frente a los `pobres es inseparable de la actitud frente a los ricos (es evidente que es imposible que un camello pase por el ojo de una aguja).
Los obispos latinoamericanos en Puebla retomaron el tema de los ídolos destacando que nada es más liberador que decir “Sólo al Señor adorarás” (491).
En esa misma línea teológica fue muy frecuente escuchar al beato Oscar Romero, obispo mártir de El Salvador hablando de la derecha y su “dios dinero”: “Cristo dijo un día: No he venido a traer la paz sino la división, y habrá división hasta en la misma familia, porque unos quieren vivir más cómodamente, según los principios del mundo, del poder y del dinero, y otros, en cambio, han comprendido el llamamiento de Cristo y tienen que rechazar todo lo que no puede ser justo en el mundo” (13/11/77). “La denuncia de la idolatría ha sido siempre la misión de los profetas y de la Iglesia. Ya no es el dios Baal, pero hay otros ídolos tremendos de nuestro tiempo: el dios dinero, el dios poder, el dios lujo, el dios lujuria. ¡Cuántos dioses entronizados en nuestro ambiente! Y la voz de Oseas tiene actualidad también ahora para decirle a los cristianos: No mezclen con la adoración del verdadero Dios esas idolatrías. No se puede servir a dos señores: al Dios verdadero y al dinero. Se tiene que seguir a uno sólo” (11/6/78).
El tema del “dios dinero” también es frecuente en los discursos del Papa Francisco: "Luchemos todos juntos contra el ídolo dinero, contra un sistema sin ética, injusto, en el que manda el dinero" (8/11/15). “Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común… nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del ídolo dinero” (9/7/15).
Sin duda que hablar de “ídolos” supone culto, templos, ofrendas, víctimas, sacerdotes… Y acá me permito – para concluir – una referencia a los idólatras locales. “El mercado” (así llamado, personal, como entidad) fijará el precio del dólar, esa “mano invisible” es la que regula. Sólo cuando se derrame caerá sobre los de abajo “el sobrante” (que nunca cae). Sacerdotes como Thomas Griesa tienen la garantía de la ortodoxia, “y lo que Griesa termine diciendo, eso hay que hacerlo”. Por cierto en el altar del Mercado se inmolan al Dios dinero millones de pobres, niños, jubilados que se sumergirán en la pobreza como “efectos colaterales”. El Mercado aparece como el Dios omnipotente y omnipresente, invisible y todopoderoso que decide la suerte de los pobres, las víctimas en las que la UIA, IDEA, La Mesa de Enlace, AEA y tantos sacerdotes ofrecen el rito de la “compra-venta” en los Templos bancarios y financieros que “abarcan y devoran” para alimentar a Moloc, o a Saturno-Cronos el dios que devora a sus hijos.
Elegir entre “el mercado” o “los pobres” parecería ser el desafío. Los pobres como “vicarios de Cristo”, el “mercado como dios de muerte”. En lo personal no tengo dudas, sé bien a quien no voy a votar.

Foto de Grupo de Curas en la Opción por los Pobres.

20 noviembre 2015

NIÑOS DE SIRIA ESTÁN MURIENDO

Este vídeo no me pertenece tan solo es un aporte mio hacia la comunidad Siria, me siento tan indignado que quiero mostrarles lo que los niños sirios están sufriendo espero que les guste. COMPARTE.



Luz para los niños de Francia que desde anoche sufren el terror. Luz para los niños de Siria que desde septiembre sufren los bombardeos franceses. Luz para los niños refugiados de Medio Oriente que huyen del fuego cruzado entre el ISIS y el resto del mundo, que ya no tendrán entrada en Europa después de esto. Luz para los niños musulmanes que nuevamente serán segregados y discriminados.
Luz para los niños de cualquier nacionalidad, raza o religión, porque son siempre los que más sufren y los que nunca tienen ninguna responsabilidad.
Perdón también por ser un adulto hoy y no estar logrando dejarles un mundo digno de ser habitado.

22 septiembre 2015

Por Si Mañana

El 21 de septiembre se celebra el Día Mundial del Alzheimer. Y para conmemorarlo, muchos internautas están compartiendo una emocionante carta en la que una persona que sufre este terrible mal agradece a su pareja todo el cariño y el cuidado que le ha dado.
Querida Julia:
Te escribo ahora, mientras duermes, por si mañana ya no fuera yo el que amanece a tu lado.
En estos viajes de ida y vuelta cada vez paso más tiempo al otro lado y en uno de ellos, ¿quién sabe?, temo que ya no habrá regreso.
Por si mañana ya no soy capaz de entender esto que me ocurre. Por si mañana ya no puedo decirte cómo admiro y valoro tu entereza, este empeño tuyo por estar a mi lado, tratando de hacerme feliz a pesar de todo, como siempre.
Por si mañana ya no fuera consciente de lo que haces. Cuando colocas papelitos en cada puerta para que no confunda la cocina con el baño; cuando consigues que acabemos riéndonos después de ponerme los zapatos sin calcetines; cuando te empeñas en mantener viva la conversación aunque yo me pierda en cada frase; cuando te acercas disimuladamente y me susurras al oído el nombre de uno de nuestros nietos; cuando respondes con ternura a estos arranques míos de ira que me asaltan, como si algo en mi interior se rebelase contra este destino que me atrapa.
Por esas y por tantas cosas. Por si mañana no recuerdo tu nombre, o el mío.
Por si mañana ya no pudiera darte las gracias.
Por si mañana, Julia, no fuera capaz de decirte, aunque sea una última vez, que te quiero.
Tuyo siempre
T.A.M.R.

Por si mañanaPor si mañana


La misiva, titulada “Por si mañana” es en realidad obra del periodista Jesús Espada que le hizo merecedor del primer premio del III Concurso de Cartas de Amor celebrado en Cobisa (Toledo). La carta fue escrita en verano de 2014, pero se ha convertido en un fenómeno durante estos últimos días.
Espada ganó con ella en la categoría “Mejor carta de amor remitida desde cualquier otro lugar del mundo”. Incluso en la imagen original del texto, que se ha convertido en viral, se puede ver el número 25 escrito en la esquina superior derecha, que fue el código asignado por el jurado del certamen para reconocer el texto.
El autor confiesa a El País que no conoce a nadie que sufra de Alzheimer, pero que quedó impactado al ver el documental “Bicicleta, cuchara, manzana” sobre el ex presidente de la Generalitat y ex alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, que sufre Alzheimer desde hace años.
A pesar de ser un ejercicio literario, muchas personas le han dado igual valor que si fuera real. Y con todo merecimiento: pocas veces se puede expresar tanto sentimiento con tan pocas palabras.  

12 junio 2015

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

S.S. Juan Pablo II estableció que en esta solemnidad se celebre en la Iglesia la Jornada mundial por la santificación de los sacerdotes.

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús recuerda el misterio del amor de Dios por cada hombre y mujer. -Juan Pablo II. 10, Junio, 2004.

«Esta fiesta recuerda el misterio del amor que Dios siente por los hombres de todo tiempo,  recordando el mensaje central que dejó Cristo al aparecerse a una religiosa francesa de la Visitación, Santa Margaría María Alacoque (1647-1690). 

Queridos jóvenes, os invito a prepararos, en la escuela del Corazón de Cristo, para afrontar con confianza los compromisos que os esperan en el transcurso de la vida. 

Os doy las gracias, queridos enfermos, por la especial ayuda que ofrecéis al pueblo cristiano, aceptando el cumplimiento de la voluntad de Jesús crucificado, en fecunda unión con su sacrificio salvífico. 

... Recemos también para que haya santos sacerdotes, formados "según el Sagrado Corazón de Cristo". 

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El Sagrado Corazón de Jesús

Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho Hombre. Una devoción permanente y actual 

La Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús el viernes posterior al II domingo de pentecostés. Todo el mes de junio está, de algún modo, dedicado por la piedad cristiana al Corazón de Cristo.

Hay quien podría pensar que la devoción al Sagrado Corazón es algo trasnochado, propio de otras épocas, pero ya superado en el momento actual. Sin embargo, el Papa Juan Pablo II, en la carta entregada al Prepósito General de la Compañía de Jesús, P. Kolvenbach, en la Capilla de San Claudio de la Colombière, el 5 de octubre de 1986, en Paray-le-Monial, animaba a los Jesuitas a impulsar esta devoción:

"Sé con cuánta generosidad la Compañía de Jesús ha acogido esta admirable misión y con cuánto ardor ha buscado cumplirla lo mejor posible en el curso de estos tres últimos siglos: ahora bien, yo deseo, en esta ocasión solemne, exhortar a todos los miembros de la Compañía a que promuevan con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo".

Esta exhortación a promover con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo, se fundamenta, según el pensamiento del Papa, en dos motivos, principalmente:

1) Los elementos esenciales de esta devoción "pertenecen de manera permanente a la espiritualidad propia de la Iglesia a lo largo de toda la historia", pues, desde siempre, la Iglesia ha visto en el Corazón de Cristo, del cual brotó sangre y agua, el símbolo de los sacramentos que constituyen la Iglesia; y, además, los Santos Padres han visto en el Corazón del Verbo encarnado "el comienzo de toda la obra de nuestra salvación, fruto del amor del Divino Redentor del que este Corazón traspasado es un símbolo particularmente expresivo".

2) Tal como afirma el Vaticano II, el mensaje de Cristo, el Verbo encarnado, que nos amó "con corazón de hombre", lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de Él, nada puede llenar el corazón del hombre (cf Gaudium et spes, 21). Es decir, junto al Corazón de Cristo, "el corazón del hombre aprende a conocer el sentido de su vida y de su destino".

Se trata, por consiguiente, de una devoción a la vez permanente y actual.

Esta exhortación de Juan Pablo II enlaza con la enseñanza de sus predecesores. Como es sabido, existe un rico magisterio pontificio dedicado a explicar los fundamentos y a promover la devoción al Corazón de Jesús: desde las encíclica “Annum Sacrum” y "Tametsi futura", de León XIII; pasando por "Quas primas" y "Miserentissimus Redemptor", de Pío XI; hasta "Summi Pontificatus" y "Haurietis aquas", del Papa Pío XII. Igualmente, Pablo VI dirigió en 1965 una Carta Apostólica a los Obispos del orbe católico, "Investigabiles divitias". En ella animaba a:

"actuar de forma que el culto al Sagrado Corazón, que - lo decimos con dolor - se ha debilitado en algunos, florezca cada día más y sea considerado y reconocido por todos como una forma noble y digna de esa verdadera piedad hacia Cristo, que en nuestro tiempo, por obra del Concilio Vaticano II especialmente, se viene insistentemente pidiendo..."

Al honrar el corazón de Jesús, la Iglesia venera y adora, en palabras de Pío XII, "el símbolo y casi la expresión de la caridad divina" . Poco después del Gran Jubileo de los 2000 años del nacimiento de Jesucristo, meditar sobre la devoción al Corazón de Jesús es un medio propicio para secundar la iniciativa del Papa que nos invitaba a contemplar el acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, misterio de salvación para todo el género humano.

El fundamento del culto al Corazón de Jesús: la Encarnación

El fundamento del culto al Corazón de Jesús lo encontramos precisamente en el misterio de la Encarnación del Verbo, quien, siendo "consustancial al Padre", "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre".

Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que, sin dejar de ser Dios, asumió una naturaleza humana para realizar nuestra salvación. El Corazón de Jesús es un corazón humano que simboliza el amor divino. La humanidad santísima de Nuestro Redentor, unida hipostáticamente a la Persona del Verbo, se convierte así para nosotros en manifestación del amor de Dios. Sólo el amor inefable de Dios explica la locura divina de la Encarnación: "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que el que crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16). Es el misterio de la condescendencia divina, del anonadamiento de Aquel que "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz" (Flp 2, 6 ss).

El Corazón de Cristo transparenta el amor del Padre

En la vida de Jesucristo se transparenta el amor del Padre: "Quien me ve a mí, ve al Padre" (Jn 14, 9): "Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino..." (“Dei Verbum”, 4).

Toda su existencia terrena remite al misterio de un Dios que es Amor, comunión de Amor, Trinidad de Personas unidas por el recíproco amor, que nos invita a entrar en la intimidad de su vida.

La ternura de Jesús

El Evangelio deja constancia de la ternura de Jesús. Él es "manso y humilde de corazón". Es compasivo con las necesidades de los hombres, sensible a sus sufrimientos. Su amor privilegia a los enfermos, a los pobres, a los que padecen necesidad, pues "no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos".

la parábola del hijo pródigo resume muy bien su enseñanza acerca de la misericordia de Dios. El Señor, con su actitud de acogida con respecto a los pecadores, da testimonio del Padre, que es "rico en misericordia" y está dispuesto a perdonar siempre al hijo que sabe reconocerse culpable. "Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, ha podido revelarnos el abismo de su misericordia de una manera a la vez tan sencilla y tan bella" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1439).

La parábola del hijo pródigo es, a la vez, una profunda enseñanza acerca de la condición humana. El hombre corre el riesgo de olvidarse del amor de Dios y de optar por una libertad ilusoria. Por el pecado se aleja de la casa del Padre, donde era querido y apreciado, para ir a vivir entre extraños. El mal seduce prometiendo una felicidad a corto plazo. El hombre sigue así un camino que lleva a la esclavitud y a la humillación.

Nuestra época constituye un testimonio claro de este engaño. Vivimos en una cultura que margina positivamente lo religioso, que, dejando a Dios de lado, prefiere rendir culto a los ídolos falsos del poder, del placer egoísta, del dinero fácil.

Es importante - lo recordaba el Papa - ayudar a descubrir en la propia alma la "nostalgia de Dios". En el fondo de todo hombre resuena una llamada del Amor; una llamada que no debe ser desoída. Quizá el ruido externo no permite captarla y por eso es urgente crear espacios que no ahoguen la dimensión espiritual que todo ser humano posee en tanto que creado por Dios y llamado a la comunión de vida con Él.

Nuestras iglesias, nuestras comunidades, pueden ser uno de estos espacios propicios para escuchar la brisa en la que Dios se manifiesta. Al entrar en una iglesia, el hombre de nuestro tiempo debe tener aún la posibilidad de preguntarse sobre el motivo que anima a quienes la frecuentan. La vida de los cristianos debe ser para todos un indicador que apunta hacia Dios, una señal de que por encima de todo está Él.

El misterio de la Cruz

"Con amor eterno nos ha amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha atraído hacia su corazón, compadeciéndose de nosotros" (Antífona 1 de las I Vísperas del Sagrado Corazón).

La Cruz del Señor es el momento supremo de la manifestación de su inmenso amor al Padre en favor nuestro. El Señor nos "amó hasta el extremo"(Jn 13,1), ya que "nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).

Su Corazón es un corazón traspasado a causa de nuestros pecados y por nuestra salvación. Un corazón que nos ama personalmente a cada uno. Toda la humanidad está incluida en ese corazón infinitamente dilatado. Ya nadie puede sentirse solo o desamparado, pues al ser amado por Cristo es amado por Dios.

No hay fronteras ni límites que contengan el alcance de la redención: Él se ha puesto en nuestro lugar, ha cargado con todo el pecado y la culpa de la humanidad, para expiar con su muerte nuestro alejamiento de Dios. Él es el Cordero Inmaculado que con su entrega obediente repara nuestra desobediencia.

En el sufrimiento y en la muerte, "su humanidad se convierte en el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. De hecho, Él ha aceptado libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: `Nadie me quita la vida, sino que yo la doy voluntariamente´ (Jn 10, 18)" (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .

En la Cruz se expresa la "riqueza insondable que es Cristo". En la Cruz se comprende "lo que trasciende toda filosofía": el amor cristiano, un amor que, muriendo, da la vida.

Una inagotable abundancia de gracia

En la oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito "una inagotable abundancia de gracia". Del Corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz brotan el agua y la sangre, dando nacimiento a la Iglesia y a los sacramentos de la Iglesia.

La Iglesia, Esposa de Cristo, es hoy presencia viva en el mundo del amor compasivo de Dios. A imagen de su Señor, la Iglesia debe hacerse obediente hasta la muerte, sirviendo a los hombres para que puedan "acercarse al corazón abierto del Salvador" y "beber con gozo de la fuente de la salvación".

El motor que mueve a la Iglesia no es otro que el amor. Lo expresó bellamente Teresa de Lisieux en sus “Manuscritos autobiográficos”:

"Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, un corazón ardiente de Amor. Comprendí que sólo el Amor impulsa a la acción a los miembros de la Iglesia y que, apagado este Amor, los Apóstoles ya no habrían anunciado el Evangelio, los Mártires ya no habrían vertido su sangre... Comprendí que el Amor abrazaba en sí todas las vocaciones, que el Amor era todo, que se extendía a todos los tiempos y a todos los lugares... en una palabra, que el Amor es eterno" (“Manuscritos autobiográficos”, B 3v).

Los sacramentos

Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos llega la vida nueva de la redención.

El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia Él como meta de nuestra existencia por la esperanza.

Dios es el que nos otorga, por pura gracia, la posibilidad de amarle sobre todas las cosas y de amar a los hermanos por amor a Él. Si somos dóciles y no obstaculizamos la acción del Espíritu Santo, la caridad irá poco a poco informando nuestra vida, animándola con un principio nuevo que unificará nuestra acción, a fin de que nuestro corazón se vaya asimilando progresivamente al de Cristo.

De este modo será un corazón engrandecido en el que todos tendrán cabida, pues nos dolerán las almas y desearemos ardientemente que todos conozcan el amor de Dios.

La Eucaristía nos alimenta con el pan de la inmortalidad. Dentro de poco celebraremos la Solemnidad del Corpus Christi. En este "sacramento admirable" el Señor quiso dejarnos el "memorial de su Pasión". La Eucaristía es una muestra excelsa de los "beneficios del amor de Dios para con nosotros". El Señor quiso dejarnos esta prueba de su amor, quiso quedarse con nosotros, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, para hacernos partícipes de su Pascua.

La Penitencia renueva nuestra alma para que podamos presentarnos ante Dios, cuando Él nos llame, limpios de nuestros pecados. Igualmente, el sacerdocio es un don del Corazón de Jesús.

El envío del Espíritu Santo

Acerquémonos al Corazón de Cristo. Respondamos con amor al Amor. Que nuestra vida sea un homenaje - callado y humilde - de amor y de cumplida reparación. "Quiero gastarme sólo por tu Amor", escribía Santa Teresita del Niño Jesús.

También nosotros le pedimos al Señor la gracia de corresponder - en la medida de nuestras pobres fuerzas - a su infinita compasión para con el mundo. Señor, ¡qué nos gastemos sólo por tu Amor". Qué prendamos en las almas el fuego de tu Amor.

La primera señal del amor del Salvador es la misión del Espíritu Santo a los discípulos, después de la Ascensión del Señor al cielo, recuerda Pío XII (“Haurietis aquas”, 23). El Espíritu Santo es el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, y es enviado por ambos para infundir en el alma de los discípulos la abundancia de la caridad divina. Esta infusión de la caridad divina brota también del Corazón del Salvador, en el cual "están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 3).

Al Espíritu Santo se debe el nacimiento de la Iglesia y su admirable propagación. Este amor divino, don del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es el que dio a los apóstoles y a los mártires la fortaleza para predicar la verdad y testimoniarla con su sangre.

A este amor divino, que redunda del Corazón del Verbo encarnado y se difunde por obra del Espíritu Santo en las almas de los creyentes, San Pablo entonó aquel himno que ensalza el triunfo de Cristo y el de los miembros de su Cuerpo: "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el riesgo?, ¿la persecución?, ¿la espada?... Mas en todas estas cosas triunfamos soberanamente por obra de Aquel que nos amó. Porque estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni poderíos, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna será capaz de apartarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo nuestro Señor" (Rm 8, 35.37-39).

El Espíritu Santo nos ayudará a conocer íntimamente al Señor y a descubrir, junto al Corazón de Cristo, el sentido verdadero de nuestra vida, a comprender el valor de la vida verdaderamente cristiana, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. "Así - como pedía el Papa Juan Pablo II - sobre las ruinas acumuladas del odio y la violencia, se podrá construir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo" (Carta al P. Kolvenbach).

Comentarios al autor en (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .

En la Cruz se expresa la Una inagotable abundancia de gracia

En la oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito "Los sacramentos

Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos llega la vida nueva de la redención.

El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia la esperanza.