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29 septiembre 2015

Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael

De todos modos, si nuestro futuro está en lo cielos, ¿por qué no anticiparlo lo más posible? ¿Por qué no vivir en la tierra, como si ya estuviéramos en el cielo? Si hemos de vivir para siempre en el cielo con nuestros hermanos, ¿por qué no entrenarnos ya ahora con verdadero amor?.   ¿Por qué, durante nuestra jornada terrena, no buscamos más espacios para conversar con Jesús y con la Virgen María? ¿Por qué no cultivamos una amistad más íntima con nuestros santos predilectos? ¿Por qué no tenemos más familiaridad con los ángeles?Y esto, no para desentendernos de nuestros compromisos temporales, sino para ser más responsables.



Miguel significa "¿quién como Dios?" Fue su divisa de guerra contra Lucifer y los ángeles rebeldes cuando quisieron igualarse con el Creador. Miguel es el jefe de la milicia celestial, es el príncipe de la luz. Es el defensor de la justicia, por lo que se le representa con una balanza. Es el protector y defensor de la Iglesia. Es la fiesta más antigua en honor de los ángeles. Es patrono de radiólogos y de los policías.

Gabriel significa "fortaleza de Dios". Es el anunciador, el gran mensajero celestial. A Daniel le anunció la venida del Mesías. A Zacarías le anunció el nacimiento del precursor de Jesús, Juan el Bautista. Y seis meses después se presentó en Nazaret y trajo a María la noticia más grande y feliz de todos los siglos: el Amor eterno la había escogido para ser madre del Redentor. Es patrono de las comunicaciones y de los filatelistas. El Embajador San Gabriel es también patrono de los embajadores.

Rafael significa "medicina de Dios". Curó a Tobit y acompañó a su hijo Tobías en el viaje que emprendió enviado por su padre. Curó también a Sara, la mujer de Tobías. Es el acompañante fiel y portador de salud. Es patrono de los novios y de los esposos. Le tienen también por patrono los caminantes, los marineros, los ciegos, los enfermos de peste, los farmacéuticos y los médicos.

28 agosto 2015

San Agustin de Hipona

San Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia

Memoria de san Agustín, obispo y doctor eximio de la Iglesia, que, convertido a la fe católica después de una adolescencia inquieta por los principios doctrinales y las costumbres, fue bautizado en Milán por san Ambrosio y, vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, en la actual Argelia, durante treinta y cuatro años fue maestro de su grey, a la que instruyó con sermones y numerosos escritos, con los cuales también combatió valientemente los errores de su tiempo y expuso con sabiduría la recta fe.

San Agustín ha sido uno de los santos más famosos de la Iglesia católica. Después de Jesucristo y de San Pablo es difícil encontrar un líder espiritual que haya logrado ejercer mayor influencia entre los católicos que este enorme santo.

Su inteligencia era sencillamente asombrosa, su facilidad de palabra ha sido celebrada por todos los países. De los 400 sermones que dejo escritos, han sacado y seguirán sacando material precioso para sus enseñanzas, los maestros de religión de todos los tiempos.    Cuando Agustín se convirtió al catolicismo escribió el libro Confesiones, que lo ha hecho famoso en todo el mundo.

Su lectura ha sido la delicia de millones de lectores en muchos países por muchos siglos. El comentaba que a la gente le agrada leer este escrito por gozan leyendo de los defectos ajenos, pero no se esmeran en corregir los propios. La lectura de "Las Confesiones de San Agustín" ha convertido a muchos pecadores. Por ejemplo Santa Teresa cambio radicalmente de comportamiento al leer esas páginas.   Cuando joven tuvo una grave enfermedad y ante el temor de la muerte se hizo instruir en la religión católica y se propuso hacerse bautizar.

Pero apenas recobro la salud se le olvidaron sus buenos propósitos y siguió siendo pagano. Más tarde criticara fuertemente a los que dejan para bautizarse cuando ya son bastante mayores, para poder seguir pecando.   Luego leyó una obra que le hizo un gran bien y fue el "Hortensio" de Cicerón. Este precioso libro lo convenció de que cada cual vale más por lo que es y por lo que piensa que por lo que tiene.    Pero luego sucedió que tuvo un retroceso en su espiritualidad. Ingreso a la secta de los Maniqueos, que decía que este mundo lo había hecho el diablo y enseñaban un montón de errores absurdos.

Luego se fue a vivir en unión libre con una muchacha y de ella tuvo un hijo al cual llamo Adeodato ( que significa : Dios me lo ha dado)   Luego leyó las obras del sabio filosofo Platón y se dio cuenta de que la persona humana vale muchísimo más por su espíritu que por su cuerpo y que lo que más debe uno esmerarse en formar es su espíritu y su mente. Estas lecturas del sabio Platón le fueron inmensamente provechosas y lo van a guiar después durante toda su existencia.

Se dedico a leer la Santa Biblia y se desilusiono, ya que le pareció demasiado sencilla y sin estilo literario, como los libros mundanos. Y dejo por un tiempo de leerla. Después dirá, suspirando de tristeza : "Porque la leía con orgullo y por aparecer sabio, por eso no me agradaba. Porque yo en esas páginas no buscaba santidad, sino vanidad por eso me desagradaba su lectura. ¡ Oh sabiduría siempre antigua y siempre nueva. Cuan tarde te he conocido!".


Al volver al África fue ordenado sacerdote y el obispo Valerio de Hipona, que tenía mucha dificultad para hablar, lo nombró su predicador. Y pronto empezó a deslumbrar con sus maravillosos sermones. Predicaba tan hermoso, que nadie por ahí, había escuchado hablar a alguien así, a gente escuchaba hasta por tres horas seguidas sin cansarse. Los temas de sus sermones, eran todos sacados de la santa Biblia, pero con un modo tan agradable y sabio que la gente se entusiasmaba.

Y sucedió que al morir Valerio, el obispo, el pueblo lo aclamo como nuevo obispo y tuvo que aceptar. en adelante será un obispo modelo, un padre bondadoso para todos. Vivirá con sus sacerdotes en una amable comunidad sacerdotal donde todos se sentirán hermanos. El pueblo siempre sabia que la casa del obispo Agustín siempre estará abierta para los que necesitan ayuda espiritual o material.

Será gran predicador invitado por los obispos y sacerdotes de comunidades vecinas y escritor de libros bellísimos que han sido y serán la delicia de los católicos que quieran progresar en la santidad. El tenía la rara cualidad de hacerse amar por todos.    Había en el norte de África unos herejes llamados Donatistas, que enseñaba que la Iglesia no debe perdonar a los pecadores y que como católicos solamente deben ser admitidos los totalmente puros ( pero ellos no tenían ningún reparo en asesinar a quienes se oponían en sus doctrinas ) Agustín se les opuso con sus elocuentes sermones y brillantísimos escritos, y ellos no eran capaces de responderles a sus razones y argumentos.

Al fin el Santo logró llevar a cabo una reunión en Cartago con todos los obispos católicos de la región y todos los jefes de los Donatistas y allí los católicos dirigidos por nuestro santo derrotaron totalmente en todas las discusiones a los herejes, restos fueron abandonados por la mayor parte de sus seguidores, y la secta se fue acabando poco a poco.

Vino enseguida otro hereje muy peligroso. Un tal Pelagio, que enseñaba que para ser santo no hacía falta recibir gracias o ayudas de Dios, sino que uno mismo por su propia cuenta y propios esfuerzos logra llegar a la santidad. Agustín que sabía por triste experiencia que por 32 años había tratado de ser bueno por sus propios esfuerzos y que lo único que había logrado era ser malo, se le opuso con sus predicaciones y sus libros y escribió un formidable tratado de "La Gracia", el cual prueba que nadie puede ser bueno, ni santo, si Dios no le envía gracias ni ayudas especiales para serlo, en este tratado tan lleno de sabiduría, se han basado después de los siglos, los teólogos de la Iglesia católica para enseñar acerca de la gracia.

Cuando Roma fue saqueada y casi destruida por los bárbaros de Genserico, los antiguos paganos habían dicho que todos estos males habían llegado por haber dejado de rezar a los antiguos dioses paganos y por haber llegado la religión católica. Agustín escribió entonces un nuevo libro, el más famoso después de las Confesiones, "La Ciudad de Dios" ( empleó 13 años redactándolo ).

Allí defiende poderosamente a la religión católica y demuestra que las cosas que suceden, aunque a primera vista son para nuestro mal, están todas en un plan que Dios hizo en favor nuestro que al final veremos que era para nuestro bien. ( Como dice San Pablo: "Todo sucede para bien de los que aman a Dios") .   En el año 430 el santo empezó a sentir continuas fiebres y se dio cuenta de que la muerte lo iba alcanzar, tenía 72 años y cumplía 40 años de ser fervoroso católico, su fama de sabio, de santo y de amable pastor era inmensa.

Los bárbaros atacaban su ciudad de Hipona para destruirla, y el murió antes de que la ciudad cayera en manos de semejantes criminales. A quién le preguntaba que si no sentía temor de morir, el les contestaba : "Quien ama a Cristo, no debe temer miedo de encontrarse con El". Pidió que escribieran sus salmos preferidos en grandes carteles dentro de su habitación para irlos leyendo continuamente ( él en sus sermones, había explicado los salmos ) durante su enfermedad curó un enfermo, con solo colocarle las manos en la cabeza y varías personas que estaban poseídas por malos espíritus quedaron libres ( San Posidio, el obispo que lo acompaño hasta sus últimos días, escribió después su biografía ).


Oremos  

Renueva, Señor, en tu Iglesia aquel espíritu que, con tanta abundancia, otorgaste al obispo San Agustín, para que también nosotros tengamos sed de ti, única fuente de la verdadera sabiduría, y en ti, único manantial del verdadero amor, encuentre descanso nuestro corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

06 agosto 2015

“Con SAN CAYETANO Renovemos la mirada”

 - P. FERMÍN GAUNA - PÁRROCO DE SAN CAYETANO DE QUILMES


El año que viene, cumple 40 años nuestra diócesis de Quilmes, por eso nos unimos a ella, en este tiempo de preparación de nuestra fiesta patronal. Para nosotros los cristianos es un desafío continuo renovar la mirada, ya que como espíritus encarnados que somos, mientras transitamos nuestra historia en este tiempo, vivimos en la tensión permanente entre la carne y el espíritu, entre el hombre nuevo y el hombre viejo, entre lo individual y lo colectivo, entre el bien personal y el bien común, aparecen nuevos horizontes culturales que confrontan nuestros esquemas y formas de pensar, de sentir, de valorar, de actuar. Las necesidades de hombres y mujeres de este tiempo nos interpelan, especialmente la de los jóvenes. Existen situaciones de extremas miserias que nos golpean los ojos y el corazón. No son solo las materiales, sino también las existenciales, muchísima gente que no encuentran sentidos para vivir… muchos se sienten vacíos, insatisfechos, infelices… no pueden descubrir en la sencillez de lo cotidiano aquello que los llene… perdiendo la capacidad de asombro (ver sin sombras)… donde el vivir es una pesada costumbre. Sus días son grises, tenebrosos, opacos y tristes. Así es la vida del que no puede despegar del peso de lo rutinario, de lo viejo, del cansancio propio del rencor continuo, de viejas heridas que nunca cierran, de los muertos que ya no están generando eternas añoranzas (dejen que los muerto entierren a sus muertos, dice el Señor). Por eso nos llama nuestro maestro a hacernos como niños, para aprender de ellos a mirar cada cosa, cada acontecimiento con ojos nuevos, el desafió es vivir en el aquí y ahora, disfrutando de la alegría de estar vivos. Cito una estrofa del poema “Resucitar” del poeta Tejada Gomez: “El que nace a la ternura, vence la muerte cotidiana, abre las puertas de la vida, y tiene un niño en la mirada”. Me parece de una belleza extraordinaria… ¡bendito sea Dios por la vida que nos regala!… ¡bendita la vida que nos llena de luz en la ternura compartida!… ¡bendito el amor que nos llena de sabor y de dulzura!… ¡bendito sea el autor de tanta belleza! ¡Bendito sea el que nos regalo estar vivos!... ¡gracias… gracias… gracias Señor! Parafraseando lo de 1ra. Corintios 13:12… “ahora vemos torpemente como en un mal espejo, cuando se manifieste lo veremos tal cual es”.

03 agosto 2015

Homilía en el 39° Aniversario de la Muerte de Mons. ENRIQUE ANGELELLI

 (Punta de Los LLanos, 02-08-2015)

Lecturas: Éxodo 16,2-4.12-15; Efesios 4,17.20-24; Evangelio San Juan 6,24-35

Mis queridos hermanos,

  Venimos una vez más a Punta de los Llanos, peregrinos de distintos puntos del país y de la diócesis, donde treinta y nueve años atrás, un cuatro de agosto, murió Enrique Angelelli, pastor de tierra adentro, como se presentó al asumir nuestra diócesis en 1968. Lo evocamos en esta Eucaristía en la cual Cristo nos parte su Palabra y su Pan y nos reconocemos Pueblo de Dios en camino, hermanos en Aquél que nos sale al encuentro y nos abraza con su paz.  Nos decía Francisco hace poco tiempo:

Les pido también a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre (…), que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio.(Francisco, Mensaje al II Encuentro Mundial de Movimientos Sociales, Santa Cruz de la Sierra)

En la primera lectura, vemos al pueblo que transita los fatigosos caminos de la libertad y afronta sus primeras tensiones fuertes. Salido de la esclavitud de Egipto, comienza a vivir en su interior la contradicción entre animarse y arriesgar confiando en el Señor o preferir las dudosas ventajas de un pasado donde sin dignidad ni vida propia en el que no le faltaban las migajas para alimentarse.

“Y no son pocas las veces que experimentamos el cansancio de este camino… que faltan las fuerzas para mantener viva la esperanza. Cuántas veces vivimos situaciones que pretenden anestesiarnos la memoria y así se debilita la esperanza y se van perdiendo los motivos de alegría. Y comienza a ganarnos una tristeza que se vuelve individualista, que nos hace perder la memoria de pueblo amado, de pueblo elegido. Y esa pérdida nos disgrega, hace que nos cerremos a los demás, especialmente a los más pobres.” (Francisco, Homilía en la Plaza Cristo Redentor, en Santa Cruz de la Sierra)

Contemplando la experiencia del pueblo israelita en camino, advertimos el precio de la libertad, que siempre nos desafía a arriesgar y confiar. Arriesgamos aunque no nos faltan dudas y vacilaciones; creemos con el corazón aunque nuestras fuerzas nos abandonan y somos frágiles.

Ponemos nuestra confianza en Aquél que nos invitó a salir de la cómoda seguridad de no ser, de no vivir, de no poder amar, para comenzar a crecer en nuestra identidad de hijos de Dios, hermanos de todos y señores de las cosas que nos puso a disposición para nuestro bien.

Al pueblo quejoso de su libertad accidentada y en camino, Dios lo invita a “seguir andando”, a comer cada día de su Providencia, a no acaparar ni guardar porque de su mano nunca les faltará el pan, la paz y la libertad. En ese “seguir andando” del pueblo que camina en el desierto, hay una llamada a caminar según su ley, su proyecto de vida y amor.

En Efesios 4,17.20-24, el Señor también quiere recordarnos transitar nuestro propio camino personal de renovación. Por su resurrección nos invita a ser hombres y mujeres nuevos, superando idolatrías y vanidades para vivir “en justicia y santidad verdadera”. Al respecto, Mons. Angelelli nos dice en su Carta de Cuaresma de 1972:

“Si la resurrección de Cristo está en el corazón del Evangelio y constituye nuestro futuro, dejemos que nuestra esperanza en esa promesa se haga realidad en el mundo, a través de una conducta que no está dispuesta a tolerar ningún conformismo, ninguna discriminación entre los hombres, ninguna explotación del hombre por el hombre. Esto es una gracia de Dios, una gran tarea que hemos de realizar. Éste es el hombre nuevo que anunciamos y que infatigablemente buscamos ayudar en cada hombre y mujer de nuestra comunidad diocesana, sin distinción alguna (…) Éste es el hombre nuevo que debemos realizar en cada uno de nosotros, llámese obispo, sacerdote, religioso, religiosa o laico. Éste es el hombre nuevo que ofrecemos a todo hombre de corazón recto.”

El Evangelio nos sitúa en una escena que no por familiar deja de conmovernos: La multitud va en busca de Jesús, lo sigue transitando largas distancias porque sus signos cautivan su fragilidad y cubren su necesidad. Él les da pan hasta saciarse, los hace caminar, ver, dejar las podredumbres y las pestes para ser hombres y mujeres nuevos. Pero les cuesta ver detrás de los signos a Aquél que los prodiga, esa Palabra que no se acalla, aquel Pan que no perece, la Bebida que sacia la eterna sed que nos habita.

Porque nuestros ojos no superan la inmediatez de las necesidades que nos afectan, el Señor nos invita a levantar la mirada, a buscar el encuentro con Él para alimentarnos y vivir. El encuentro con Cristo, con su Palabra y su Pan, siempre nos hace crecer en libertad, en vida y en dignidad. Como el pueblo peregrino en el desierto, nuestras opciones y decisiones se fortalecen cuando nos encontramos con el Señor que nos saca de la esterilidad de nuestras vanidades y omnipotencias para hermanarnos definitivamente en su sangre.

En este nuevo aniversario del asesinato de Mons. Angelelli, no dejemos de agradecer el don de su vida, testimonio entregado a esta Iglesia particular como una herencia sagrada y que siempre nos remite a Cristo, el buen Pastor, el Pan de Vida al que sirvió incansablemente en su pueblo.

Punta de los Llanos, 2 de agosto de 2015.

 +Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja

14 julio 2015

San Francisco Solano

San Francisco Solano, religioso presbítero

En Lima, ciudad del Perú, san Francisco Solano, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, que para la salvación de las almas recorrió en todas direcciones América meridional, y enseñó, con su palabra y su testimonio, la novedad de la vida cristiana a los indios y a los mismos colonizadores españoles.

San Francisco Solano, Misionero, nació en 1549, en Montilla, Andalucía, España. Su padre era alcalde de la ciudad, y el jovencito desde muy pequeño se caracterizó por su habilidad en poner paz entre los que se peleaban.    Estudió con los Jesuitas, pero entró a la comunidad Franciscana porque le atraían mucho la pobreza y la vida tan sacrificada de los religiosos de San Francisco. Los primero años de sacerdocio los dedicó a predicar con gran provecho en el sur de España.. Es que rezaba mucho antes de cada predicación.    Primer contagio. Llegó a Andalucía la peste del tifo negro y Francisco y su compañero Fray Buenaventura se dedicaron a atender a los enfermos más abandonados.

Buenaventura se contagió y murió (y ahora es santo también) luego se contagió también Francisco y creyó que ya le había llegado la hora de partir para la eternidad, pero luego, de la manera más inesperada, quedó curado.    El rey Felipe II pidió a los franciscanos que enviaran misioneros a Sudamérica y entonces sí fue enviado Francisco a extender la religión por estas tierras. Fue una gran alegría para su corazón. Cuando los marineros se desesperaban lo único que podía calmarlos era la intervención del Padre Francisco.    Lograron que un barco los llevara a la ciudad de Lima. Fray Francisco Solano recorrió el continente americano durante 20 años predicando, especialmente a los indios.

Pero su viaje más largo fue el que tuvo que hacer a pie, con incontables peligros y sufrimientos, desde Lima hasta Tucumán (Argentina) y hasta las pampas y el Chaco Paraguayo.-    Más de 3,000 kilómetros y sin ninguna comodidad. Sólo confiando en Dios y movido por el deseo de salvar almas. Y le sucedió en aquel gran viaje misionero, que lograba aprender con extraordinaria facilidad los dialectos de aquellos indios a las dos semanas de estar con ellos. Y le entendían todos admirablemente sus sermones. Sus compañeros misioneros se admiraban grandemente de este prodigio y lo consideraban un verdadero milagro de Dios.

Pero lo más admirable es que las tribus de indios, aun las más belicosas, y opuestas a los blancos, recibían los sermones del santo con una docilidad y un provecho que parecían increíbles.   Un Jueves Santo estando el santo predicando en La Rioja (Argentina) llegó la voz de que se acercaban millares de indios salvajes a atacar la población. El peligro era sumamente grande, todos se dispusieron a la defensa, pero Fray Francisco salió con su crucifijo en la mano y se colocó frente a los guerreros atacantes y de tal manera les habló (logrando que lo entendieran muy bien en su propio idioma) que los aborígenes  desistieron del ataque y poco después aceptaron ser evangelizados y bautizados en la religión católica.    El Padre Solano tenía una hermosa voz y sabía tocar muy bien el violín y la guitarra. Y en los sitios que visitaba divertía muy alegremente a sus oyentes con sus alegres canciones.

Un día llegó a un convento donde los religiosos eran demasiado serios y recordando el espíritu de San Francisco de Asís que era vivir siempre interior y exteriormente alegres, se puso a cantarles y hasta a danzar tan jocosamente que aquellos frailes terminaron todos cantando, riendo y hasta bailando en honor del Señor Dios.    San Francisco Solano misionó por más de 14 años por el Chaco Paraguayo, por Uruguay, el Río de la Plata, Santa Fe y Córdoba de Argentina, siempre a pie. Un día en el pueblo llamado San Miguel, estaban en un toreo, y el toro feroz se salió del corral y empezó a cornear sin compasión por las calles. Se le acercó a Fray Francisco y le lamía las manos y se dejaba llevar por él otra vez al corral.    Por orden de sus superiores, los últimos años los pasó Fray Francisco en la ciudad de Lima predicando y convirtiendo pecadores.

Entraba a las casas de juegos y hacía suspender aquellos vicios y llevaba a los jugadores a los templos. En los teatros, en plena función inmoral hacía suspender la representación y echaba un fogoso sermón desde el escenario, haciendo llorar y arrepentirse a muchos pecadores. En plena plaza predicaba al pueblo anunciando terribles castigos de Dios si seguían cometiendo tantos pecados y esto conseguía muchas conversiones.    En mayo de 1610 empezó a sentirse muy débil. Los médicos que lo atendían se admiraban de su paciencia y santidad. El 14 de julio, una bandada de pajaritos entró cantando a su habitación y el Padre Francisco exclamó: "Que Dios sea glorificado", y expiró.    Desde lejos las gentes vieron una rara iluminación en esa habitación durante toda la noche.

Oremos
Dios y Señor nuestro, que con tu amor hacia los hombres quisiste que San Francisco Solano anunciara a los pueblos la riqueza insondable que es Cristo, concédenos, por su intercesión, crecer en el conocimiento del misterio de Cristo y vivir siempre según las enseñanzas del Evangelio, fructificando con toda clase de buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Calendario de  Fiestas Marianas:  El Papa Urbano VI concede una indulgencia plenaria  a todos aquellos que visiten la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto  (Siglo I).

03 julio 2015

Fiesta de santo Tomás, apóstol

Santo Tomás, apóstol

Fiesta de santo Tomás, apóstol, quien, al anunciarle los otros discípulos que Jesús había resucitado, no lo creyó, pero cuando Jesús le mostró su costado traspasado por la lanza y le dijo que pusiera su mano en él, exclamó: «Señor mío y Dios mío». Y con esta fe que experimentó es tradición que llevó la palabra del Evangelio a los pueblos de la India.


Santo Tomás era judío. Probablemente había nacido en Galilea, en el seno de una familia modesta; pero no se dice de él que haya sido pescador, e ignoramos las circunstancias en las que el Señor le llamó al apostolado. Tomás es un nombre sirio, que significa «gemelo». «Dídimo», como se llamaba también al apóstol, es la traducción griega. Cuando el Señor se dirigía a los alrededores de Jerusalén a resucitar a Lázaro, los demás discípulos trataron de disuadirle, diciendo: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte. ¿Cómo, pues, vuelves allá?» Pero Santo Tomás les dijo: «Vayamos y muramos con Él», lo cual prueba el ardiente amor que profesaba a Jesús. El Señor dijo en la última cena: «Vosotros sabéis a dónde voy y conocéis el camino». Tomás preguntó: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino?» Entonces, el Señor le respondió estas palabras que resumen toda la vida cristiana: «Yo soy el camino, la verdad y la vida, y ninguno va al Padre sino por mí». Pero Santo Tomás es sobre todo famoso por su incredulidad después de la muerte del Señor. Jesús se apareció a los discípulos el día de la resurrección para convencerlos de que había resucitado realmente. Tomás, que estaba ausente, se negó a creer en la resurrección de Jesús: «Si no veo en sus manos la huella de los clavos y pongo el dedo en los agujeros de los clavos y si no meto la mano en su costado, no creeré». Ocho días más tarde, hallándose los discípulos juntos y a puerta cerrada, Cristo apareció súbitamente en medio de ellos y los saludó: «La paz sea con vosotros». En seguida se volvió a Tomás y le dijo: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos: dame tu mano y ponía en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente». Tomás cayó de rodillas y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús replicó: «Has creído, Tomás, porque me has visto. Bienaventurados quienes han creído sin haber visto.»

A esto se reduce todo lo que el Nuevo Testamento dice sobre Tomás. Sin embargo, como sucede en el caso de los demás apóstoles, existen diversas tradiciones muy poco fidedignas acerca de las actividades apostólicas de Tomás después de la venida del Espíritu Santo. Eusebio (Hist. Ecl. II,13) afirma que Tomás envió a san Tadeo (no confundir con Juas Tadeo) a Edesa a bautizar al rey Abgar, y dice que el apóstol trabajó entre los partos y «los medas, persas, carmanios, hircanios, bactrianos y otros pueblos de esa región». Pero la tradición más persistente es la que afirma que santo Tomás predicó el Evangelio en la India. Dicha tradición se apoya en fuentes aparentemente independientes. La principal de ellas es un documento titulado «Acta Thomae» (Actas de Tomás), que data, según parece, de principios del siglo III, y dice que cuando los Apóstoles se repartieron en Jerusalén el mundo para ir a predicar, la India tocó en suerte a Judas Tomás (como se le llama frecuentemente en las leyendas sirias). Tomás, que no quería ir allá, alegó que su salud no era muy robusta y que un hebreo no podía enseñar a los indios. Ni siquiera una aparición del Señor logró hacer cambiar de parecer a Tomás.

Entonces, el Señor se apareció a un mercader llamado Aban, embajador del rey parto Gundafor, quien reinaba en una parte de la India. Cristo vendió a Tomás como esclavo al representante de Gundafor. Cuando Tomás comprendió lo que había sucedido, exclamó: «Hágase, Señor, tu voluntad» y se embarcó con Aban, llevando únicamente consigo las veinte monedas de plata por las que había sido vendido, pues Cristo se las había dado. En el curso del viaje, se detuvieron en un puerto en el que se celebraba el matrimonio de la hija del gobernador local. Oyendo tocar la flauta a una joven hebrea, Tomás se sintió movido a cantar la belleza de la Iglesia, representándola bajo la metáfora de una novia. Pero, como cantaba en su lengua propia, sólo la flautista hebrea le entendió. La joven se enamoró de él; pero Tomás no levantó los ojos del suelo para mirarla. Esa misma noche, Jesucristo, tomando la apariencia de Tomás, se apareció a la pareja que había contraído matrimonio y persuadió a ambos cónyuges de que observasen continencia perfecta. Cuando el gobernador se enteró de ello, se indignó mucho y mandó llamar al forastero; pero Aban y Tomás habían partido ya, y sólo quedaba la joven flautista, que estaba llorando amargamente porque no la habían llevado consigo. Cuando la flautista supo lo que había sucedido a la pareja que había contraído matrimonio, se enjugó las lágrimas y se puso a su servicio. Entre tanto, Aban y Tomás proseguían su viaje y llegaron a la corte de Gundafor en la India. Cuando el rey preguntó al Apóstol cuál era su oficio, éste respondió: «Soy carpintero y albañil. Sé hacer yugos y arados y remos y mástiles; sé también trabajar la piedra y construir tumbas y monumentos y palacios para los reyes». Gundafor le encargó que le construyese un palacio. Tomás trazó los planos: «Las puertas daban al oriente para recibir la luz; las ventanas hacia el occidente para recibir el aire; al sur estaba el horno de la panadería, y en la parte norte había caños de agua para el servicio de la casa». Gundafor partió de viaje. Durante su ausencia, Tomás no trabajó en la construcción, y gastó todo el dinero que el rey le había dado en socorrer a los pobres, diciendo: «Lo que es del rey hay que darlo a los reyes». El Apóstol recorrió el reino, predicando y curando y arrojando a los malos espíritus. A su vuelta, el rey le pidió que le mostrase el palacio. Tomás replicó: «No podrás verlo sino hasta que salgas de este mundo». Entonces el rey le encarceló y decidió despellejarle vivo. Pero precisamente entonces, murió un hermano de Gundafor. Los ángeles le mostraron en el cielo el palacio que las buenas obras de Tomás habían construido para Gundafor, y le permitieron volver a la tierra y comprar el palacio a su hermano. Pero Gundafor no quiso vendérselo. En seguida, lleno de admiración, puso en libertad a Tomás, y recibió el bautismo con su hermano y muchos de sus subditos. «Y al amanecer, (Tomás) partió el pan eucarístico y les permitió acercarse a la mesa del Mesías. Ellos se alegraron y regocijaron mucho».

Después, santo Tomás predicó e hizo muchos milagros en la India, hasta que tuvo dificultades con el rey Mazdai por haber convertido («embrujado») a su esposa, a su hijo y a otros personajes. Tomás fue conducido a la cumbre de una colina; siguiendo las órdenes del rey, «los soldados fueron y le golpearon, y él cayó y murió». Fue sepultado en un sepulcro real; pero más tarde algunos cristianos trasladaron sus reliquias al Occidente. Actualmente, la mayoría de los historiadores afirman que la leyenda que acabamos de resumir carece de fundamento histórico. Sin embargo, está fuera de duda que, hacia el año 46 de nuestra era, había un rey llamado Gondofernes o Gudufar, cuyos dominios incluían el territorio de Peshawar. Y no han faltado quienes hayan tratado de identificar al rey Mazdai (cuyo nombre es de origen indio) con el rey Vasudeva de Matura. Desgraciadamente, las leyendas relacionadas con santo Tomás no se reducen a esto, ya que en el otro extremo de la India, en el territorio que va de Punjab a lo largo de la costa malabar, particularmente en las regiones de Cochín y Travancore, hay muchos pueblos cristianos que se dan a sí mismos el nombre de «cristianos de santo Tomás». Su historia es perfectamente conocida desde el siglo XVI; pero, a pesar de que abundan las teorías sobre sus orígenes, no se ha logrado todavía dilucidar el punto. Está fuera de duda que desde muy antiguo hubo cristianos en esa región. Por otra parte, las formas y el idioma de la liturgia, que es el sirio, indican claramente que el cristianismo de la región proviene de Mesopotamia y de Persia.* Los cristianos pretenden, según lo indica el nombre que se dan, que santo Tomás evangelizó personalmente la región. Una tradición oral muy antigua afirma que el Apóstol desembarcó en Cranganore, en la costa occidental, y que estableció siete iglesias en Malabar. En seguida, se dirigió hacia el este, a la costa de Coromandel, donde murió por la espada. El martirio tuvo lugar en la «Colina Grande», a unos doce kilómetros de Madras. Santo Tomás fue sepultado en Mylapore, que es actualmente un suburbio de la ciudad del mismo nombre. Como quiera que sea, las principales reliquias estaban en Edesa, en el siglo IV. Las Acta Thomae cuentan que fueron trasladadas de la India a Mesopotomia. Más tarde, fueron transladadas de Edesa a la isla de Kíos en el Mar Egeo, y de ahí a Ortona de los Abruzos, donde reposan en la actualidad. La fecha del 3 de julio es precisamente la de la traslación de las reliquias a Edesa, aunque en el rito malabar se afirma que el martirio tuvo lugar el 3 de julio «del año 72».

El martirologio actual confina todas estas leyendas en torno a la evangelización de la India al papel de imprecisas tradiciones, que sin embargo conviene al menos conocer, ya que gran parte de la iconografía sobre el santo está ligada a ellas. En la actualidad no está catalogado como mártir.

Aunque se ha exagerado el gnosticismo de las Acta Thomae (cf. Harnack, Die Chronologie der altchristlichen Litteratur, vol. I, pp. 545-549), no por ello se puede negar que exista realmente. El P. Peeters insiste con razón en que todos los maestros ortodoxos de los primeros siglos debieron caer en la cuenta de que las actas eran apócrifas, como lo hacen notar San Epifanio, San Agustín, Santo Toribio de Astorga, San Inocencio I y el Decreto del Pseudo-Gelasio. El autor de las actas, que era probablemente un sirio-griego, pudo fácilmente tomar de los relatos de los viajeros y mercaderes el nombre de Gondofernes y otros datos de color local, de suerte que no puede considerárselos como una prueba del fundamento histórico de la leyenda. No debe confundirse las Acta Thomae quie se mencionan en este escrito, con el papiro de Nag Hammadi llamado «Evangelio según Tomás», un escrito gnóstico del siglo II que se conocía por referencias antiguas, pero cuyo texto se encontró en 1945.

* Además de otros indios cristianos, hay más de un millón y medio de "Cristianos de Santo Tomás", de los cuales más de la mitad son católicos del "rito sirio-malabar". Desde 1930, existe también un reducido grupo del rito sirio-malankar. Los demás son en su gran mayoría jacobitas; pero hay también un grupo considerable de "sirios reformados" (quienes se atribuyen particularmente el nombre de cristianos de Santo Tomás), así como algunos protestantes y un pequeño grupo de nestorianos. Tales divisiones datan de 1653. (nota del Butler de la década del 50, desde el punto de vista numérico, seguramente el panorama ha experimentado muchos cambios...). 

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

24 junio 2015

Solemindad de la Natividad de san Juan Bautista

 Solemindad de la Natividad de san Juan Bautista

Solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, Precursor del Señor, que, estando aún en el seno materno, al quedar lleno del Espíritu Santo exultó de gozo por la próxima llegada de la salvación del género humano. Su nacimiento profetizó la Natividad de Cristo el Señor, y su existencia brilló con tal esplendor de gracia, que el mismo Jesucristo dijo no haber entre los nacidos de mujer nadie tan grande como Juan el Bautista.

San Agustín hace la observación de que la Iglesia celebra la fiesta de los santos en el día de su muerte que, en realidad, es el día del nacimiento, del gran nacimiento a la vida eterna; pero que, en el caso de san Juan Bautista le conmemora el día de su nacimiento, porque fue santificado en el vientre de su madre y anunció a Cristo ya antes de nacer (Sermón 292,1).

Efectivamente, es digno de celebrarse el nacimiento de Juan Bautista, y así nos lo enseña el propio Evangelio, que tan reacio es a contar anécdotas o hechos meramente circunstanciales, y sin embargo dedica en San Lucas un largo capítulo, el primero de su obra, al nacimiento milagroso del Precursor. Es que la llegada de Juan no es un acontecimiento menor ni circunstancial en la vida de Jesús ni en el anuncio del Evangelio.

En cuanto a los hechos relacionados con el nacimiento, no es posible ir más allá de lo que narra Lucas 1; ninguna biografía ni indagación histórica podría explicar de otra manera lo que con sencillez, pero con solemne rotundidad se afirma en ese capítulo: «El ángel dijo: "No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto."»

Ante hechos como estos no tiene demasiado sentido preguntarse, «¿pero habrá sido exactamente así, o tal vez de otra manera?» Sea cual sea la «manera» (y no hay duda que un evangelio, como escrito que es, acomoda literariamente los hechos a un plan narrativo, a un estilo, y a un interés de la narración), el hecho permanece: en el plan salvador de Dios era completamente necesario el Precursor. Dios mismo proveyó de ese Precursor a los hombres, y lo proveyó de manera milagrosa.

Pero sí cabe que nos preguntemos ¿por qué era necesario un precursor? ¿en que consiste ese «plan salvador» que hacía necesario un precursor? El Precursor era necesario porque en los hechos de la historia de la salvación nada de lo que afectará al hombre ocurre sin la ayuda del hombre, ¡ni siquiera Dios podía salvar al hombre sin hacerse primero hombre! Pero no sólo eso, no bastaba que Dios se hiciera hombre, sino que es necesario de toda necesidad que, para que esa salvación sea auténticamente divina, venga anunciada por una palabra completamente humana, una palabra que no se dude que viene de un hombre.

Así es la Ley que rige el encuentro de Dios con el hombre, la Ley promulgada por el propio Dios al revelarse en una «literatura sagrada», en una palabra de hombres que es a la vez Palabra de Dios. Ampliando el principio que ya enunciaba san Agustín deberemos decir que Dios, que creó al hombre sin el concurso de hombres, no hizo nada más sin el concurso de nosotros los hombres, ni siquiera nacer humanamente para salvarnos. Todo, absolutamente todo lo que Dios vino a decirnos a los hombres, y a obrar entre nosotros y en nuestro favor, necesita ser humanado, hecho verdaderamente de hombres y entre los hombres, para ser verdaderamente de Dios.

Por eso la esperanza de Israel había ido entresacando de las profecías antiguas una «loca idea», que llegó a hacerse incluso explícita con el profeta Malaquías: aquel mismo profeta Elías que había sido tan misteriosamente arrebatado al cielo en un carro de fuego (2Re 2,11), aquel «Carro y caballos de Israel! ¡Auriga suyo!» -como lo llama su discípulo Eliseo- volvería antes del fin para anunciar el juicio del mundo y la restauración final de Israel. «He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible.» (Malaquías 3,23)

Aunque había muchas voces apocalípticas en época de Jesús, muchos que anunciaban el fin de una era, el juicio de Dios, e incluso predicaban la necesidad de realizar gestos de penitencia, como el lavado simbólico que ofrece Juan, en ninguno de ellos vio la fe apostólica la mano de Dios sino en Juan. Hubiera sido práctico y «consensual» para la fe cristiana hacer un «pool» de anuncios de salvación y declarar «¿véis como todos estos lo anuncian? tantos lo dicen, tan cierto debe ser» Sin embargo la fe apostólica no hizo esa tan conveniente encuesta, no le importó si era uno o muchos los que anunciaban la llegada del Cristo, le importó que lo anunciado fuera verdad, y por eso la fe apostólica conservó como un tesoro esa frase de Jesús: «Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan» (Lc 7,28); aunque en seguida agrega «sin embargo el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él», porque en toda su grandeza, Juan sigue perteneciendo al mundo del Antiguo Testamento, a la promesa, no al cumplimiento, al signo, no al significado. Y con esos rasgos nos es presentado, con los rasgos del signo del Antiguo Testamento: se alimenta a langostas y miel silvestre, vive en el desierto, se viste de pieles de animales salvajes, reuniendo en sí las figuras de Sansón, Elías, y como el Arca de Dios que, antes de habitar en su verdadero templo, vive «envuelta en pieles» (2Samuel 7,2)

Sobre la fecha de la celebración

Es evidente que la tradición quiso relacionar cronológicamente la celebración del nacimiento del Precursor con el nacimiento histórico de Jesús, y así que la Virgen permaneció junto a Isabel tres meses, hasta que naciera el Bautista, luego de recibir su propio anuncio del Ángel, y puesta la celebración de la Navidad convencionalmente el 25 de diciembre, adquirieron su definido lugar el 25 de marzo la Anunciación, y debería haber sido el 25 de junio el del nacimiento del Bautista. Sin embargo, desde el principio tuvo su día el 24 de junio. Al respecto observa el Butler:

El Nacimiento de san Juan Bautista fue una de las primeras fiestas religiosas que encontraron un lugar definido en el calendario de la Iglesia; el lugar que ocupa hasta hoy: el 24 de junio. La primera edición del Hieronymianum lo localiza en esta fecha y subraya que la fiesta conmemora el nacimiento «terrenal» del Precursor. El mismo día está indicado en el Calendario Cartaginés, pero en tiempos anteriores ya hablaba del asunto san Agustín en los sermones que pronunciaba durante esta festividad. San Agustín hacía ver que la conmemoración está suficientemente señalada, en la época del año, por las palabras del Bautista, registradas en el cuarto Evangelio: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya». El santo doctor descubre la propiedad de esa frase al indicar que, tras el nacimiento de san Juan, los días comienzan a ser más cortos, mientras que, después del nacimiento de Nuestro Señor, los días pasan a ser más largos [claro que esta observación sólo vale en el hemisferio norte]. Probablemente Duchesne tenga razón cuando afirma que la relación de esta fiesta con el 24 de junio se originó en el Occidente y no en el Oriente. «Es necesario hacer notar, expresa Duchesne, que la festividad se fijó el 24 y no el 25 de junio, por lo que podríamos preguntarnos por qué razón no se adoptó la segunda fecha que hubiese dado exactamente, el intervalo de seis meses entre la edad del Bautista y la de Cristo. La razón es, dice luego, que se hicieron los cálculos de acuerdo con el calendario romano, donde el 24 de junio es el "octavo kalendas Julii", así como el 25 de diciembre es el "octavo kalendas Januarii". Por regla general, en Antioquía y en todo el Oriente, los días del mes se numeraban en sucesión continua, desde el primero, tal como nosotros lo hacemos y, el 25 de junio habría correspondido al 25 de diciembre, sin tener en cuenta que junio tiene treinta días y diciembre treinta y uno. Pero de la misma manera que la fecha romana de Navidad fue adoptada en Antioquía (muy posiblemente en razón de la amistad de san Juan Crisóstomo con san Jerónimo), durante los últimos veinticinco años del siglo cuarto, se adoptó también la fecha para conmemorar el nacimiento del Bautista en Antioquía, Constantinopla y todas las otras grandes iglesias del oriente, en el mismo día en que se conmemoraba en Roma.

 Los sermones de san Agustín nn 287 y siguientes. Toda la información «histórica» sobre el personaje está contenida en Lucas, su significación doctrinaria, en cambio, repartida entre los cuatro evangelios, siempre con la impronta de la referencia a Elías.  Raymond Brown, «El nacimiento del Mesías». Cualquier introducción actual al Evangelio de Juan (incluida la del propio Brown) trata la cuestión del grupo de los discípulos del Bautista y cómo incidieron en la constitución de los primeros seguidores de Jesús. Al igual que la bibliografía, la iconografía cristiana sobre el Bautista es inmensa; he seleccionado tres vidrieras de distintas épocas tomadas de la extensísima Galería de Lawrence OP

10 junio 2015

Oscar Romero

Foto de Marcelo Ciaramella.

"Jamás hemos predicado violencia. Solamente la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros. Esa violencia no es la de la espada, la del odio. Es la violencia del amor, la de la fraternidad, la que quiere convertir las armas en hoces para el trabajo".

  (Oscar Romero, 27 de noviembre de 1977)

02 junio 2015

Guión Pentecostés Romero










Subsidio para la Misa de Pentecostés

Beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero
en la Solemnidad de Pentecostés
23 y 24 de Mayo de 2015 



NOTA INTRODUCTORIA: Desde la Vicaría de Evangelización, y en el marco del Trienio Pastoral celebrando los 40 años de nuestra Diócesis de Quilmes, les enviamos este guión para las misas de Pentecostés de este año. Con gran alegría celebramos la beatificación de Monseñor Óscar Romero, un testigo de la fe y del compromiso por la dignidad de los pobres en la Iglesia que camina en El Salvador (Centroamérica), hasta entregar la vida. Este acontecimiento tendrá lugar en la Arquidiócesis de San Salvador el sábado 23 de mayo por la mañana. Nos parece importante dar a conocer una figura que es signo del Buen Pastor en medio de su pueblo y que tanto nos ha animado en nuestro caminar latinoamericano, sobre todo en épocas de persecución y martirio.
Recordamos algunas palabras entresacadas de la homilía que nuestro querido primer pastor Jorge Novak pronunció en la misa concelebrada en la Catedral de Quilmes con ocasión del asesinato de Monseñor Romero el día 28 de marzo de 1980 (cuatro días después de su martirio): «Nos hemos reunido para orar en sufragio de un obispo hermano en la fe, cuya muerte reviste todas las características de un símbolo cargado de mensaje evangélico. Nos hemos reunido para impetrar por la paz de un país hermano, cuya suerte, pese a las distancias geográficas, revela la muerte. […] Hermanos: a las puertas mismas de la Semana Santa nos habla el Señor, con el lenguaje elocuente de los hechos: seguirlo hasta la muerte. Desde el horizonte de la patria celestial, nos repite el arzobispo Óscar Arnulfo: “a la justicia no la podrán matar” y “creo en la resurrección”». (Adjuntamos la homilía completa de ese día).
Les enviamos también una impresión con la imagen de Mons. Romero para ubicarla sobre el altar o en algún lugar conveniente de modo que su figura también esté presente ese día desde un signo visible. Sería bueno poder encuadrar la imagen como para que después quede en algún lugar de las instalaciones parroquiales. También se podría hacer entrar la imagen al comienzo de la eucaristía y acercarse a saludarla en algún momento de la misma.



Introducción
Oscar Arnulfo Romero nació en una familia humilde de El Salvador el 15 de agosto 1917. Fue el segundo de ocho hermanos, hijo de Santos y Guadalupe. Fue ordenado sacerdote en Roma a los 24 años, en abril de 1942; y obispo el 25 de abril de 1970. En febrero de 1977, en medio de un clima de injusticia, violencia y temor fue nombrado Arzobispo de San Salvador. El asesinato de un sacerdote amigo, Rutilio Grande, el 12 de marzo de 1977, por parte de la represión, terminó de configurar el perfil profético de Mons. Romero. Fue un incansable luchador por los derechos humanos, abrió las puertas de la Iglesia a los campesinos desplazados proclamando «la gloria de Dios es el pobre que vive», parafraseando a san Ireneo. Realizó denuncias sobre la violencia militar y fue asesinado el 24 marzo de 1980. Intentaron callar su voz profética, pero a Monseñor Romero no lo mataron, lo sembraron en el corazón de su pueblo.
Decía en su última homilía, un día antes de su martirio:
«Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y, en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión».
Hoy, en el día de Pentecostés, nos unimos a los miles de fieles que celebran la proclamación de su martirio en El Salvador. El Beato Oscar Arnulfo Romero vive para la gloria de Dios y sigue acompañando a su pueblo, de manera especial a los pobres de nuestra América.
El Espíritu de Dios lo impulsó a la máxima expresión del amor que es el martirio, su vida entregada hasta el extremo de derramar su sangre.
Comenzamos la celebración cantando…


Acto penitencial
«Jesús no excluyó, por lo tanto, a nadie, ni de su mensaje ni de la invitación a entrar en el Reino. Amó a todos sus contemporáneos; y porque los amó realmente a todos ellos, les pidió la conversión, o sea, aquel cambio de corazón que humaniza a todos los hombres, y que estaba oscurecido y ahogado por las riquezas, por el poder, por el orgullo, por la seguridad en las tradiciones de la ley. Jesús buscaba realmente que todos se convirtiesen en el “hombre nuevo”, en el hombre del Reino». Esto decía Monseñor Romero en una de sus Cartas Pastorales.
Pedimos juntos esta conversión a Dios…


Liturgia de la Palabra
En su primera carta pastoral Monseñor Romero pensaba su Iglesia particular de San Salvador como «Iglesia de la Pascua» y decía: «Con emoción de pastor me doy cuenta de que la riqueza espiritual de la Pascua, la herencia máxima de la Iglesia, florece entre nosotros, y que ya se está realizando aquí el deseo que los Obispos expresaron en Medellín al hablar a los jóvenes: “que se presente, cada vez más nítido, en América Latina, el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres».
Y, como él también decía: «porque Pascua es también la venida del Espíritu Santo», nos preparamos como Pueblo de la Pascua para la escucha de la Palabra de Dios.
Oración de los fieles
El Beato Oscar Arnulfo Romero vivió su ministerio desde la luz del Evangelio, la renovación del Concilio Vaticano II y el impulso de las reuniones de Medellín y Puebla. La opción preferencial por los pobres la hizo suya hasta el derramamiento de su sangre.
A la invocación «Envía, Señor, tu Espíritu», respondemos: «Y renueva toda la tierra»…

Como lo hizo Mons. Romero, queremos reconocerte Señor:
En los rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer, obstaculizados en sus posibilidades de realizarse a causa de deficiencias mentales y corporales irreparables; los niños que vagan muchas veces explotados en nuestras ciudades, fruto de la pobreza y el desamparo familiar.
            Envía, Señor, tu Espíritu…
                        y renueva toda la tierra.

En los rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados, sobre todo, en zonas rurales y urbanas marginales, por falta de oportunidades de capacitación y ocupación.
            Envía, Señor, tu Espíritu…
                        y renueva toda la tierra.

En los rostros de campesinos, que como grupo social viven relegados en nuestro continente, a veces, privados de la tierra, en situación de dependencia interna, sometidos a sistemas de comercialización que los explotan.
            Envía, Señor, tu Espíritu…
                        y renueva toda la tierra.

En los rostros de obreros frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos.
            Envía, Señor, tu Espíritu…
                        y renueva toda la tierra.

En los rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y, muchas veces, de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos.
            Envía, Señor, tu Espíritu…
                        y renueva toda la tierra.

En los rostros de marginados y hacinados urbanos, con el doble impacto de la carencia de bienes materiales, frente a la obtención de la riqueza de otros sectores sociales.
            Envía, Señor, tu Espíritu…
                        y renueva toda la tierra.

En los rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen.
            Envía, Señor, tu Espíritu…
                        y renueva toda la tierra.

Presentación de ofrendas
En su segunda Carta Pastoral Monseñor Romero decía: «La Iglesia, como Jesús, debe extender su amor a ricos y pobres; con todos ellos debe sentarse a la mesa, pero con el Espíritu de Jesús. El entró en casa del rico Zaqueo en busca de la salvación de su casa. Y Zaqueo devolvió el cuádruplo de los bienes defraudados y entregó la mitad de sus bienes a los pobres. Y Jesús se sentó a la mesa de los pobres y pecadores para defender sus derechos, llamándolos también a la conversión. El amor de Jesús hizo que se dirigiese a todos los hombres; pero de manera distinta: a los hombres deshumanizados por el afán de lucro, les mostró claramente, por amor, el camino para recobrar su perdida dignidad de hombres; con los pobres, deshumanizados por la marginación, se sentó también, por amor, a su mesa para devolverles la esperanza».
Ponemos la mesa buscando compartir «con el Espíritu de Jesús». Cantamos…


Comunión
«La Iglesia traicionaría a su mismo amor a Dios y su fidelidad al Evangelio si dejara de ser “voz de los que no tienen voz, defensora de los derechos de los pobres, animadora de todo anhelo justo de liberación, orientadora, potenciadora y humanizadora de toda lucha legítima por conseguir una sociedad más justa que prepare el camino al verdadero Reino de Dios en la historia. Esto exige a la Iglesia una mayor inserción entre los pobres, con quienes debe solidarizarse hasta en sus riesgos y en su destino de persecución, dispuesta a dar el máximo testimonio de amor por defender y promover a quienes Jesús amó con preferencia. Esta preferencia por los pobres no significa una discriminación injusta de clases, sino una invitación a todos, sin distinción de clases, a aceptar y asumir la causa de los pobres como si estuviesen aceptando y asumiendo su propia causa, la causa misma de Cristo: “Todo lo que hicieron a uno de estos mis hermanos, por humildes que sean, a mí me lo hicieron”».
Con estas palabras de Monseñor Romero, nos acercamos a comulgar con Jesús, el amigo de los pobres, y con su Espíritu.


Despedida
«La Iglesia solo puede ser la Iglesia en la medida en que siga siendo cuerpo de Jesús. Su misión solo será auténtica si es la misión de Jesús en las nuevas situaciones y circunstancias de la historia del mundo. Por eso, en las diversas circunstancias de la historia, el criterio que guía a la Iglesia no es la complacencia o el miedo a los hombres, por más poderosos y temidos que sean, sino el deber de prestar a Cristo en la historia su voz de Iglesia para que Jesús hable, sus pies para que recorra el mundo actual, sus manos para trabajar en la construcción del Reino en el mundo actual, y todos sus miembros para “completar la que falta de su pasión».
Alentados por estas palabras de Monseñor Romero, y con el Espíritu de Jesús, nos sentimos impulsados a salir como Pueblo surgido de su Pascua.

Cantamos…

28 mayo 2015

El ángel del Señor anunció en la víspera...


El ángel del Señor anunció en la víspera... 


El corazón de El Salvador marcaba
24 de marzo y de agonía.
Tú ofrecías el Pan,
el Cuerpo Vivo
-el triturado cuerpo de tu Pueblo;
Su derramada Sangre victoriosa
-¡la sangre campesina de tu Pueblo en masacre
que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!

El ángel del Señor anunció en la víspera,
y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;
como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.

¡Y se hizo vida nueva
en nuestra vieja Iglesia!

Estamos otra vez en pie de testimonio,
¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.
Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.
Romero de la Pascua latinoamericana.
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa.

Como Jesús, por orden del Imperio.
¡Pobre pastor glorioso,
abandonado
por tus propios hermanos de báculo y de Mesa...!
(Las curias no podían entenderte:
ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).

Tu pobrería sí te acompañaba,
en desespero fiel,
pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.
El Pueblo te hizo santo.
La hora de tu Pueblo te consagró en el kairós.
Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.

Como un hermano herido por tanta muerte hermana,
tú sabías llorar, solo, en el Huerto.
Sabías tener miedo, como un hombre en combate.
¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana!

Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,
con una sola mano consagrada al servicio.
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini
en la espuma-aureola de sus mares,
en el retablo antiguo de los Andes alertos,
en el dosel airado de todas sus florestas,
en la canción de todos sus caminos,
en el calvario nuevo de todas sus prisiones,
de todas sus trincheras,
de todos sus altares...
¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!

San Romero de América, pastor y mártir nuestro:
¡nadie hará callar tu última homilía!

Pedro Casaldáliga