MI CRISTO ROTO (TEXTO)

A
continuación ponemos a disposición de nuestros lectores, la grabación
original de la obra del padre Ramón Cué S. J, en la voz de su autor.
Sin
ninguna duda es la mejor versión de esta obra. Te invitamos a
escucharla con frecuencia, pues cada vez que se oye se alcanzan nuevas y
profundas consideraciones.
Se
colocan los cuatro temas que componen a Mi Cristo Roto. Ocasionalmente
llega a tardar un rato antes de reproducirse la grabación.
Abajo publicamos, en texto, un buen resumen.
.Compraventa de Cristos
A mi Cristo roto lo encontré en
Sevilla. Dentro del arte me subyuga el tema de Cristo en la cruz. Se
llevan mi preferencia los cristos barrocos españoles. La última vez, fui
en compañía de un buen amigo mío. Al Cristo, ¡Qué elección! Se le puede
encontrar entre tuercas y clavos, chatarra oxidada, ropa vieja,
zapatos, libros, muñecas rotas o litografías románticas. La cosa, es
saber buscarlo. Porque Cristo anda y está entre todas las cosas de este
revuelto e inverosímil rastro que es la Vida.
Pero aquella mañana nos aventuramos por la casa del artista, es más
fácil encontrar ahí al Cristo, ¡Pero mucho más caro!, es zona ya de
anticuarios. Es el Cristo con impuesto de lujo, el Cristo que han
enriquecido los turistas, porque desde que se intensificó el turismo,
también Cristo es más caro.
Visitamos únicamente dos o tres tiendas y andábamos por la tercera o cuarta.
- Ehhmm ¿Quiere algo padre?
- Dar una vuelta nada más por la tienda, mirar, ver.
De pronto… frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin cruz,
iba a lanzarme sobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo de
reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era
precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma
circunstancia, me encadenó a Él, no sé por qué. Fingí interés primero
por los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del
Cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado los
ojos… no. Debió ser un
Cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado. Por supuesto,
no tenía cruz, le faltaba media pierna, un brazo entero, y aunque
conservaba la cabeza, había perdido la cara.
Se acercó el anticuario, tomó el Cristo roto en sus manos y…
- Ohhh, es una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto padre, fíjese que espléndida talla, qué buena factura…
- ¡Pero… está tan rota, tan mutilada!
- No tiene importancia padre, aquí al lado hay un magnífico restaurador, amigo mío y se lo va a dejar a usted, ¡Nuevo!
Volvió a ponderarlo, a alabarlo, lo acariciaba entre sus manos, pero… no
acariciaba al Cristo, acariciaba la mercancía que se le iba a convertir
en dinero.
Insistí, dudó, hizo una pausa, miró por última vez al Cristo fingiendo
que le costaba separarse de Él y me lo alargó en un arranque de
generosidad ficticia, diciéndome resignado y dolorido:
- Tenga padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no gano nada 3000 pesetas nada más, ¡Se lleva usted una joya!
El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo,
sacerdote, le mermaba méritos para rebajarlo… Me estremecí de pronto.
¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía! Y
me acordé de Judas… ¿No era aquella también una compraventa de Cristo?
¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de
carne, en él y en nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una
compraventa de cristos.
Bien… cedimos los dos… lo rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme, le
pregunté si sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas
terribles mutilaciones. En información vaga e incompleta me dijo que
creía procedía de la sierra de Arasena, y que las mutilaciones se debían
a una profanación en tiempo de guerra.
Apreté a mi Cristo con cariño… y salí con Él a la calle. Al fin, ya de
noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara
con mi Cristo. Qué ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me
decidí a preguntarle:
- Cristo, ¡¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¡¿No le temblaron las
manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía?
¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos? …¿Se arrepintió?
– ¡CÁLLATE!— me cortó una voz tajante.
- ¡CÁLLATE, preguntas demasiado! ¡¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el tuyo?!
¡CÁLLATE! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo,
¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé
instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se
arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como
vosotros.
- ¡CÁLLATE! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a
seres que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los
hombres? ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar
una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del
bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo
del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le
rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos vivos que
son sus hermanos.
Yo contesté: “No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me
cobre lo que quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana
mismo te llevaré al taller.
¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?”
- ¡NO, NO ME GUSTA!— Contestó el Cristo, seca y duramente.
- ¡ERES IGUAL QUE TODOS Y HABLAS DEMASIADO!
Hubo una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el silencio angustioso:
- ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHIBO! ¡¿LO OYES?!
- Si Señor, te lo prometo, no te restauraré.
- Gracias— me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza.
- ¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes
Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y
mutilado? ¿No comprendes que me duele?
- Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos
hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, in
digentes,
mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin
pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han
quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me
restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver
si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás!
Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores
sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos
feos, rotos y sufrientes.
Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo
bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es
su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado
en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón.
¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen
crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte.
Un Cristo bello puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la
huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en
un falso cristianismo. Por eso
¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que
gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor
y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por
eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque
amargue un poco tu vida.
- Si Señor, te lo prometo— contesté. Y un beso sobre su único pie
astillado, fue la firma de mi promesa. Desde hoy… viviré con un Cristo
roto.
.
Dios tiene mano izquierda
La misma tarde que compré mi Cristo, le pregunté al anticuario dónde estaría el brazo derecho.
-
¡Oh, imposible encontrarlo! –me contestó— Y no crea usted que no
revolvimos ya todo el pajar en donde estaba tirada la imagen mutilada.
Encontramos, eso sí, la pierna izquierda y se la pegamos pero de la mano
derecha ¡Ni rastro!
El
anticuario no sabía Señor por dónde andaba tu mano derecha, pero Tú, Tú
sí que lo sabes, la estás desclavando continuamente y se te escapa
siempre. No, no me extraña que no la tengas, anda por ahí, invisible
pero eficaz.
¡¿Quién
no siente de vez en cuando, el suave roce de la mano llagada de
Cristo?! Esa mano invisible que, sin llamar a la puerta, se mete en
todas partes; en el hospital, en el lecho de muerte, en la oficina, en
el despacho, en la fábrica, en el cine, en el teatro. Se cuela de
puntillas como una ráfaga luminosa y musical. No podemos dar un paso por
la vida sin tropezar con la mano de Dios. Pero tú, Cristo mío roto,
sólo tienes mano izquierda.
Y
me imaginé que decía, después de sentir que mi Cristo sonreía
silencioso: “Qué poco y mal me conocéis, ¿Qué sería de vosotros los
hombres si yo no tuviera mano izquierda?, La tengo, pero no para evitar
que me crucifiquen, sino para conseguir que mi padre no os condene, Yo
no uso mi mano izquierda para salvarme de la cruz, sino para salvaros
del infierno, ¿Lo comprendes ahora?”
Toda
la aventura trágica y divina de nuestra vida, está en dejarnos guiar
por las manos de Dios. Pero hay en nosotros un elemento difícil,
esquivo, peligroso: la libertad. Y Dios la respeta misteriosamente,
infinitamente.
Para
conquistarnos dispone Dios de dos manos, la derecha y la izquierda que
representan dos técnicas y dos tácticas. La mano derecha es clara,
abierta, transparente, luminosa. La mano izquierda busca atajos, da
rodeos, es cálculo, diplomacia, no tiene prisa, si es necesario actúa a
distancia y finge la voz, pero aunque izquierda no es maquiavélica ni
traidora, porque la mueve el amor.
Para
cada alma Dios tiene dos manos, pero las emplea de modo distinto porque
todas las almas son diferentes. Con la derecha, como a palomas blancas o
a ovejas dóciles,
Dios guiaba a Juan Evangelista, a Francisco de Asís, a Juan de la Cruz, a Francisco Javier, a las dos Teresas...
Para
conquistar a Pedro, a Pablo, a Magdalena, a Agustín, a Ignacio de
Loyola, Dios tuvo que emplear la izquierda. Ante la mano derecha, se
rebelan, entonces entra en juego la izquierda, busca un disfraz y se
trueca en rayo, en bala, trata de ser freno que nos detenga, quiere
alzarnos del barro en que caímos, se nos mete en el pecho para ver si
logra ablandar nuestros corazones. Sus recursos son infinitos, hoy la
disimula con modernos y actuales disfraces, es el ser más actual...
¡Se
rompe una presa que arrastra mis fincas! Tengo un descuido inexplicable
en el trabajo, y la máquina me siega un brazo. Íbamos en coche a 100
por hora, nos salió inesperadamente un camión, murieron en el acto mi
mujer y un hijo, y quedé solo en la vida. Jamás he tenido una
enfermedad, pero me dice el médico que tengo algo incurable...
Ante
la mano izquierda de Dios, la primera reacción es un grito de rebeldía y
desesperación, olvidamos la presa, el coche, el traidor, la muerte,
porque adivinamos que ellos no tienen en definitiva la culpa,
presentimos a Dios como responsable de ese dolor, que por ser tan
terriblemente profundo, no puede venir de las criaturas y lógicamente
nos encaramos a Dios. ¡Le gritamos, le emplazamos, le protestamos, le
exigimos, le desafiamos, le condenamos! “¡PADRE…! ¡SI FUERAS PADRE, NO
ME TRATARÍAS ASÍ!” Gritamos, protestamos, nos rebelamos y luego… nos
quedamos solos.
Y
vienen las primeras lágrimas nerviosas y quemantes, y sin darnos cuenta,
la primera oración. Volvemos a protestar contra Dios, contra nuestra
primera oración... Sucede el cansancio, las lágrimas ya son más serenas,
ya rezamos sin protestar, tenemos ganas de besar algo, ¿Qué? Oh sí,
eso, ya lo encontramos, un crucifijo, y con un beso le decimos a Dios,
que está bien lo que Él disponga...
Terrible,
violenta, dura, implacable, pero bendita mano izquierda de Dios. Se
formulan absurdas expresiones: “Bendita presa que se rompió, arrasó mi
fábrica, pero me acercó a Dios, yo andaba muy lejos de Él”.
Cristo
mío roto, te lo digo en nombre mío y de todos, porque todos somos
valientes para pedírtelo desde ahora: Señor, si no basta para salvarnos
la ternura de tu mano derecha, desclava tu izquierda, disfrázala de lo
que quieras: fracaso, calumnia, ruina, accidente, muerte. Cristo, que
seamos hijos de tu mano, de tu derecha o de tu izquierda.
A
la cabecera de tu cama, amigo, o en tu mesita de noche, tienes un Cristo
clavado en la cruz, ¿Por qué esta noche, antes de acostarte, no le
besas la mano izquierda? Dios sabrá compensarte ese gesto de valor y
resignación cristiana.
Se ha perdido una Cruz
¡Atención! Se ha perdido una cruz y no se da con ella, es la de
mi Cristo roto. ¿Alguno de vosotros, ha encontrado una cruz? ¿Queréis
las señas? ¿El tamaño? No es muy grande, pero es una cruz y no hay cruz
pequeña, además es una cruz para Cristo y entonces no hay modo de
medirla, con estas señas basta porque en definitiva todas las cruces son
iguales.
Perdonad pues mi insistencia, ¿Quién de nosotros no ha
encontrado una cruz? Mejor dicho: ¿Quién no tiene una cruz? Es un
derecho de propiedad irrenunciable que se está ejerciendo siempre, todos
la llevamos. La llevamos encima, a cuestas, aunque no se nos vea,
aunque sonriamos.
A veces por oculta, es más pesada. Esta noche al acostarnos, no
podremos dejarla colgada en la percha, al levantarnos mañana, no será
necesario vestírnosla, saltaremos de la cama con ella ya puesta.
¿Que quién ha encontrado una cruz? Todos… todos, buenos y malos,
santos y criminales, sanos y enfermos, ni siquiera respeta a los que
parecen desafiar el dolor con las carcajadas y juergas de su vida.
Esa pobre mujer, que repintada y aburrida espera sentada a la
barra de la cafetería o arrimada a la esquina estratégica, lleva una
pavorosa cruz a cuestas, pesa tanto, que se apoya recostándose en la
esquina, es una cruz más pesada de lo que sospechamos y el que se acerca
a ella buscando el placer, lo hace por huir de otra cruz. Hablan los
dos, regatean, prometen, se arreglan al fin y allá van por la calle
adelante, con prisa y con la cruz a cuestas, y cuando regresan, cuando
ya han tratado de aplacar su hambre de felicidad, sienten defraudados
que ha aumentado su cruz, que es mayor. En ella, asco y envilecimiento,
en él, desolación.
Toda ciudad en definitiva es un bosque, una selva, una colmena
de cruces, ¿Y sabes amigo por qué a veces nuestra cruz resulta
intolerable? ¿Sabes por qué llega a convertirse en desesperación y
suicidio? Porque entonces nuestra cruz, es una cruz sola, sin Cristo,
solamente se puede tolerar cuando lleva un Cristo entre sus brazos.
Una cruz laica, sin sangre ni amor de Dios, es absurda, no tiene
sentido, por eso, se me ocurre una idea: Yo tengo un Cristo sin cruz y
tú tienes, tal vez, una cruz sin Cristo. Los dos están incompletos. Mi
Cristo no descansa, porque le falta su cruz, tú no resistes tu cruz
porque te falta Cristo. ¿Por qué no le das esta noche tu cruz vacía al
Cristo? Tú tienes una cruz sola, vacía, helada, negra, sin sentido. Te
comprendo, sufrir así es irracional y no me explico ¿Cómo has podido
tolerarla tanto tiempo? Tienes el remedio en tus manos… anda, dame esa
cruz tuya, dámela, te doy en cambio, este Cristo sin reposo y sin cruz.
Tómalo, es tuyo, dale tu cruz, toma mi Cristo; júntalos, clávalos,
abrázalos y todo habrá cambiado.
Mi Cristo roto descansa en tu cruz, tu cruz se ablanda con mi
Cristo en ella. Hemos encontrado una cruz, la nuestra, que resulta ser
la de Cristo...
¡¿Quién te partió la cara?!
Cristo, yo había oído muchas veces esta amenaza en labios trémulos por el odio:
“¡MIRA QUE TE PARTO LA CARA!” Y siempre pensé que todo suele quedar en
un puñetazo, un bofetón, una cuchillada en la mejilla. Sólo en Ti se ha
cumplido literalmente la brutal amenaza, te han partido la cara de un
solo tajo.
Yo se la hubiera restaurado, pero Él me lo prohibió. Por eso me dedico
en un juego de fantasía y cariño, a restaurársela idealmente, colocando
sobre su cabeza sin facciones, las caras que para mi Cristo, ha soñado
el arte universal. Consumo en este juego, museos, colecciones, galerías,
catedrales, pinacotecas. Todo va pasando por el tajo de su cara en un
desfile lento, y me siento Velázquez o Juan de Meza, con un patetismo
barroco, o Montañés con olímpica belleza, o Leonardo, de infinita
tristeza.
Pero desde hace unos días, he tenido que renunciar también al consuelo
de este juego, ¡el Cristo roto es terrible en su exigencia!, no concibe
treguas, y me lo ha prohibido también. Yo creí al principio que le
gustaba, al menos lo toleraba silencioso, hasta que un día me
interrumpió severamente:
- ¡BASTA! No me pongas ya más caras, he tolerado tu juego demasiado
tiempo. ¿No acabas de comprenderlo? No me pongas más esas caras que
pides de limosna, al arte de los hombres. ¡Quiero estar así, sin cara!
Prometiste que jamás me restaurarías… a no ser, que quieras ensayar otro
juego, ponerme otras caras. Esas… sí las aceptaré.
- ¿Cuáles Señor? Te las pondré enseguida. Dime qué caras y te las pongo.
- Temo que no lo entiendas, incluso que te escandalices como los
fariseos... Me refiero a otros rostros, pero reales, no fingidos como
los que inventabas, y que son también míos, como el que me cortaron de
un tajo.
- Ahh, ya creo adivinar Señor, te refieres a las caras de los santos, de los apóstoles, de los mártires…
- Esas caras en verdad, son mías. Nadie me las niega ni me las regatea.
Pero yo quiero otras, las reclamo, muy pocos se atreverían a ponérselas,
Yo sí.
Hizo un descanso, como para tomar fuerzas. Respiró profundamente. Yo
estaba asustado, tenía miedo, pero no había remedio. Entonces me dijo:
- Oye, ¿No tienes por ahí un retrato de tu enemigo? De ese que te tiene
envidia y que no te deja vivir; del que interpreta mal por sistema todas
tus cosas, del que siempre va hablando mal de ti, del que te arruinó,
del que dio malos y decisivos informes sobre ti, del traidor que te puso
una zancadilla, del que logró echarte del puesto que tenías, del que te
denunció, del que te metió en la cárcel...
- Cristo, ¡no sigas!
- Es demasiado, ¿Verdad?
- Es inhumano, es absurdo…
- ¿Te has fijado bien en la cara de los leprosos, de los anormales, de
los idiotizados, de los mendigos sucios, de los imbéciles, de los
locos...?
- ¿Y...? ¿Y me vas a decir Cristo, que esas caras son tuyas y… y que te las ponga? No, no, imposible.
- ¡Espera! no acabo aún... Toma bien nota de esta última lista y no
olvides ningún rostro: Tienes que ponerme la cara del blasfemo, del
suicida, del degenerado, del ladrón, del borracho, del asesino, del
criminal, del traidor, del vicioso. ¿No has oído?
¡Necesito que pongas todos esos rostros sobre el mío!
- …No, no Señor… -contesté— ¡No entiendo nada! ¿Todos esos rostros miserables y corruptos sobre el tuyo, sagrado y divino?
- ¡Sí, así lo quiero! ¿No ves que todos ellos pertenecen a esta pobre
humanidad doliente creada por mi padre? ¿No te das cuenta que yo he dado
la vida por todos?
Quizá ahora comprendas lo que fue la Redención.
Escucha: Yo, como hijo de Dios, me hice responsable voluntariamente de
todos los errores y pecados de la humanidad. Todo pesaba sobre Mí, mi
Padre se asomó desde el cielo para verme en la cruz y contemplarse en Mi
rostro, clavó sus ojos en Mí y su pasmo fue infinito. Sobre mi rostro,
vio sobrepuesta sucesiva y vertiginosamente las caras de todos los
hombres. Desde el cielo, durante aquellas tres horas terribles de mi
agonía en la cruz, contemplaba el desfile trágico de la humanidad
vencida, mientras tanto Yo le decía:
“¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!” No era Yo sólo quien
moría en la cruz, eran miles y miles de dolientes seres humanos,
derrotados muchos por sus propias pasiones, por sus errores, por sus
pecados. El desfile era terrible, repugnante, grosero. Mi Padre vio
pasar sobre mi rostro la cara del soberbio; la del sectario, imaginando
la destrucción de Dios, la del asesino frío y desalmado...
Había labios repugnantes, ojeras hundidas marcadas con fuego de lujuria,
alientos insoportables de ebriedad, palidez de madrugadas encenagadas
en el vicio, sórdidos rictus de amargura y desesperación, turbadoras
miradas de perversión y delito, de subterráneas anormalidades
inconfesables y oscuras. Toda la derrota y las lacras de una humanidad
irredenta, la agonía, la muerte. Y mi Padre… Dios, las amó a todas y
perdonó sus pecados”.
Mi Cristo calló, qué pobre y ridículo me pareció el arte de los hombres y
qué profundo e insondable el amor de Dios. Y desde entonces, enmudeció.
No volvió a hablarme más.
No olvidemos nunca esta suprema y difícil lección. No olvidemos nunca la
superficie lisa del rostro de mi Cristo, tajado verticalmente.
Podríamos compararlo con un portarretrato vacío. En él se nos ofrece la
oportunidad de colocar la cara de aquél o aquellos que nos han hecho
daño o que odiamos profundamente, haciéndonos más daño a nosotros mismos
que a quien es objeto de nuestro rencor.
¡Sí…, sí, seamos valientes! Recordemos el rostro que mayor odio y
antipatía nos produzca, acerquémoslo a Cristo, aunque sintamos temblar
nuestro pulso. Coloquémoslo sobre el suyo e imaginemos que nuestro
enemigo, ese ser que odiamos, ocupa su lugar en la cruz. Cerremos los
ojos, acerquémonos al crucificado y besemos reverentes y humildes su
figura.
Al besar un Cristo, con el rostro de nuestro enemigo, nos envolverá una
voz cálida y musical, paternal y bondadosa. Aquélla que hace muchos
siglos nos dejara la más grande y maravillosa herencia que hombre alguno
pueda tener, encerrada en sólo seis sencillas palabras:
.
“Amaos los unos a los otros”..