03 agosto 2015

Homilía en el 39° Aniversario de la Muerte de Mons. ENRIQUE ANGELELLI

 (Punta de Los LLanos, 02-08-2015)

Lecturas: Éxodo 16,2-4.12-15; Efesios 4,17.20-24; Evangelio San Juan 6,24-35

Mis queridos hermanos,

  Venimos una vez más a Punta de los Llanos, peregrinos de distintos puntos del país y de la diócesis, donde treinta y nueve años atrás, un cuatro de agosto, murió Enrique Angelelli, pastor de tierra adentro, como se presentó al asumir nuestra diócesis en 1968. Lo evocamos en esta Eucaristía en la cual Cristo nos parte su Palabra y su Pan y nos reconocemos Pueblo de Dios en camino, hermanos en Aquél que nos sale al encuentro y nos abraza con su paz.  Nos decía Francisco hace poco tiempo:

Les pido también a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre (…), que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio.(Francisco, Mensaje al II Encuentro Mundial de Movimientos Sociales, Santa Cruz de la Sierra)

En la primera lectura, vemos al pueblo que transita los fatigosos caminos de la libertad y afronta sus primeras tensiones fuertes. Salido de la esclavitud de Egipto, comienza a vivir en su interior la contradicción entre animarse y arriesgar confiando en el Señor o preferir las dudosas ventajas de un pasado donde sin dignidad ni vida propia en el que no le faltaban las migajas para alimentarse.

“Y no son pocas las veces que experimentamos el cansancio de este camino… que faltan las fuerzas para mantener viva la esperanza. Cuántas veces vivimos situaciones que pretenden anestesiarnos la memoria y así se debilita la esperanza y se van perdiendo los motivos de alegría. Y comienza a ganarnos una tristeza que se vuelve individualista, que nos hace perder la memoria de pueblo amado, de pueblo elegido. Y esa pérdida nos disgrega, hace que nos cerremos a los demás, especialmente a los más pobres.” (Francisco, Homilía en la Plaza Cristo Redentor, en Santa Cruz de la Sierra)

Contemplando la experiencia del pueblo israelita en camino, advertimos el precio de la libertad, que siempre nos desafía a arriesgar y confiar. Arriesgamos aunque no nos faltan dudas y vacilaciones; creemos con el corazón aunque nuestras fuerzas nos abandonan y somos frágiles.

Ponemos nuestra confianza en Aquél que nos invitó a salir de la cómoda seguridad de no ser, de no vivir, de no poder amar, para comenzar a crecer en nuestra identidad de hijos de Dios, hermanos de todos y señores de las cosas que nos puso a disposición para nuestro bien.

Al pueblo quejoso de su libertad accidentada y en camino, Dios lo invita a “seguir andando”, a comer cada día de su Providencia, a no acaparar ni guardar porque de su mano nunca les faltará el pan, la paz y la libertad. En ese “seguir andando” del pueblo que camina en el desierto, hay una llamada a caminar según su ley, su proyecto de vida y amor.

En Efesios 4,17.20-24, el Señor también quiere recordarnos transitar nuestro propio camino personal de renovación. Por su resurrección nos invita a ser hombres y mujeres nuevos, superando idolatrías y vanidades para vivir “en justicia y santidad verdadera”. Al respecto, Mons. Angelelli nos dice en su Carta de Cuaresma de 1972:

“Si la resurrección de Cristo está en el corazón del Evangelio y constituye nuestro futuro, dejemos que nuestra esperanza en esa promesa se haga realidad en el mundo, a través de una conducta que no está dispuesta a tolerar ningún conformismo, ninguna discriminación entre los hombres, ninguna explotación del hombre por el hombre. Esto es una gracia de Dios, una gran tarea que hemos de realizar. Éste es el hombre nuevo que anunciamos y que infatigablemente buscamos ayudar en cada hombre y mujer de nuestra comunidad diocesana, sin distinción alguna (…) Éste es el hombre nuevo que debemos realizar en cada uno de nosotros, llámese obispo, sacerdote, religioso, religiosa o laico. Éste es el hombre nuevo que ofrecemos a todo hombre de corazón recto.”

El Evangelio nos sitúa en una escena que no por familiar deja de conmovernos: La multitud va en busca de Jesús, lo sigue transitando largas distancias porque sus signos cautivan su fragilidad y cubren su necesidad. Él les da pan hasta saciarse, los hace caminar, ver, dejar las podredumbres y las pestes para ser hombres y mujeres nuevos. Pero les cuesta ver detrás de los signos a Aquél que los prodiga, esa Palabra que no se acalla, aquel Pan que no perece, la Bebida que sacia la eterna sed que nos habita.

Porque nuestros ojos no superan la inmediatez de las necesidades que nos afectan, el Señor nos invita a levantar la mirada, a buscar el encuentro con Él para alimentarnos y vivir. El encuentro con Cristo, con su Palabra y su Pan, siempre nos hace crecer en libertad, en vida y en dignidad. Como el pueblo peregrino en el desierto, nuestras opciones y decisiones se fortalecen cuando nos encontramos con el Señor que nos saca de la esterilidad de nuestras vanidades y omnipotencias para hermanarnos definitivamente en su sangre.

En este nuevo aniversario del asesinato de Mons. Angelelli, no dejemos de agradecer el don de su vida, testimonio entregado a esta Iglesia particular como una herencia sagrada y que siempre nos remite a Cristo, el buen Pastor, el Pan de Vida al que sirvió incansablemente en su pueblo.

Punta de los Llanos, 2 de agosto de 2015.

 +Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja
Publicar un comentario