21 enero 2014

Descalzo Sobre la Tierra Roja

Palabras de Jon Sobrino en el estreno del documental sobre la vida de Pedro Casaldáliga. 
Auditorio "Ignacio Ellacuría". Universidad Centroamericana de El Salvador


Buenas noches tengan todos y todas ustedes. Desde hace mucho tiempo no recuerdo un auditorio tan repleto y con tanto interés. No suelo ir la cine, ni menos soy cineasta. Solo puedo decir que esta película me ha gustado mucho. Me ha hecho participar, si se me permite hablar así, de la liturgia de la historia. Y para ser sincero, he sentido mayor devoción que en muchas otras. La película es impactante y es muy comprensible para las personas de mi generación, los que estamos aquí de El Salvador, pero también para gente de Guatemala, sobre todo de la zona indígena, para gente de algunas partes de México… Habrán notado que varias escenas son distintas, a veces muy distintas, a lo que ha ocurrido aquí, pero también se parecen mucho.

Una religiosa, la hermana Irene, me ha recordado a Anna Manganaro la religiosa que trabajó como médico en Güarjila. La crueldad de las torturas de dos pobres hombres guindados de los pies me recordaba a la crueldades de las que nos hablaba el Padre Cortina: a una mujer encinta abrieron el vientre para sacar el feto y ensartarlo. Al final de la película se habla de muertos. Aquí ha habido miles en el campo. Las escenas de curia con el cardenal Ratzinger están un poco estilizadas, pero las palabras son auténticas. El cardenal le reclama “¿cómo habla usted de mártires?” Y don Pedro le responde: “¿pero qué cosas pregunta usted, señor cardenal?” Mártir fue Jesús de Nazaret. ¿Hizo política? ¿La cruz fue política? Y en la película es central la tierra. Es la vida del pueblo, su tradición, su dignidad. La tierra es todo, y si se la quitan ¿qué le queda al pueblo? La muerte. ¿Y si se la quitan de manera cruel, como ha ocurrido aquí? Entonces queda un pueblo crucificado. Aquí lo sabemos bien. A continuación, entre otras muchas posibles, solo quiero hacer algunas breves reflexiones. Después recordaré mis encuentros con don Pedro.

La honradez con lo real, la voluntad de verdad.

La película comienza y termina con Casaldáliga en la Curia Romana. Tomadas en unidad, las escenas son decisivas, ciertamente para el director. No se trata de alabar o criticar a las curias, sino de mostrar que “ni las curias ni la iglesia institucional le desviaron de decir la verdad”. Don Pedro nunca la ocultó, ni se dejó llevar por lo políticamente correcto. Tampoco aceptó chantajes burdos: “Si usted dice estas cosas, sufrirá persecución”. Ni por chantajes sutiles: “¿Y si le quitan de obispo y su sucesor no prosigue lo que usted ha sembrado?” Es el gran chantaje: si sigue así, al pueblo le irá peor. Casaldáliga dice la verdad de tal manera que desarma a los que le interrogan. Y aunque no aparece en la película, por lo que he oído, en la realidad don Pedro terminó la conversación con el cardenal Ratzinger chivo estas palabras fraternales. “¿Por qué no rezamos juntos un Padre nuestro?”.
Esta honradez con lo real y la convicción de que la verdad trae grandes bienes aparece en una escena que me ha encantado. La Conferencia Episcopal rechaza publicar un texto, que habían escrito Casaldáliga y los suyos, en el que se analiza la espantosa situación de Brasil para los pobres. Don Pedro, sin inmutarse, pregunta dónde se puede encontrar una imprenta artesanal. Irene, la religiosa, le dice que conoce a alguien que les puede ayudar, pero hay que sacarlo de la cárcel. Así fue, y así hicieron pública la verdad de Brasil. Esto vale para todos. Ciertamente para una universidad que busca la verdad y debe decirla.

Un hombre del evangelio.

De espiritualidad hoy hablamos mucho, y don Pedro escribió un libro sobre espiritualidad junto con José María Vigil. Pero lo más suyo es volver siempre al evangelio y a los pobres. En la película el volver a los pobres y amarlos. Aparece en casi todas las escenas. Y también aparece el evangelio como espiritualidad primigenia. Al final de la película se escucha una voz recitando un poema que Casaldáliga escribió hace muchos años:

No tener nada.
No llevar nada.
No poder nada.
No pedir nada.
Y, de pasada,
no matar nada;
no callar nada.
Solamente el Evangelio, como una faca afilada.
Y el llanto y la risa en la mirada.
Y la mano extendida y apretada.
Y la vida, a caballo, dada.

Que se pone ante Dios. En la película se le ve rezar. Las escenas no son muchas y son breves. Mucho mas tiempo pasa con la gente. No reza como un monje, sino como Jesús. Reza para estar ante Dios y con Dios. Y siempre aparece rezando cuando algo les ha ocurrido a los pobres. Y cuando cierra los ojos y junta las manos, algo pasa entre don Pedro y su Dios.

Tres recuerdos

El primero es de 1980 en Sao Paulo, en una reunión de teólogos, comunidades de base, religiosas, sacerdotes y obispos. Por cierto el Cardenal Arns tuvo que intervenir para que el Vaticano no prohibiese la reunión. Yo no había visto nunca a Casaldáliga. Cuanto nos encontramos me dio un abrazo, y me pareció que le había conocido toda la vida. Le vi un hombre libre. Muy dentro de la Iglesia pero “en rebelde fidelidad”. Enseguida pensé en Monseñor Romero, que aquellos días vivía en medio de grandes dificultades, y le dolían sus problemas con “los hermanos obispos”, como lo escribió en su diario espiritual. Le pedí a don Pedro que le escribiese una carta dándole ánimos. Mataron a Romero y recibí una carta de Casaldáliga. “Jon, no le escribí a Romero una carta a máquina, pero cuántas veces le he escrito estos días... Te mando un poema”. Lo leí y lo distribuimos cuanto antes. El poema era “San Romero de América”. Y termina: “pastor y mártir nuestro, nadie hará callar tu última homilía”.

El segundo recuerdo es de 1985. Don Pedro no había salido nunca de Brasil incluso cuando falleció su madre en España. Pero Estados Unidos estaba apoyando a la contra en Nicaragua y bombardeaba aeropuertos civiles, como el de Corinto. Escoto, el primer ministro
nicaragüense se puso en huelga de hambre. Casaldáliga salió de Brasil y se vino a Nicaragua a participar en la huelga de hambre. Antes de irse dijo que el día en que Estados Unidos invadiese a Nicaragua él regresaría sin pensarlo. Estando en Nicaragua le invité a venir a El Salvador. “Estás a una hora de avión de la tumba de Monseñor Romero”. Y vino a la tumba. Nos visitó en la UCA y le invitamos a hablar en la Capilla. En una foto que lo recuerda, está
sentado ante una mesa con Ellacuría a su derecha. Bromeaba con él con simpatía e ironía. Agarrándole del cuello le decía: “ustedes los teólogos”. Yo estaba al otro lado. De las muchas cosas que dijo, una se me quedó grabada: “Sólo los pobres son libres... Los que tienen mucho olvídense de ser libres”. Al final alguien le pidió que leyese el poema sobre Monseñor Romero. Lo leyó con devoción. Y aplaudimos con alegría.

El tercero es de marzo de 1990. Yo regresaba de Santa Clara, California, a dónde había llegado desde Tailandia tras el asesinato de los jesuitas. Casaldáliga llegó para celebrar el aniversario de Monseñor Romero, y hacer las muchas cosas que suele hacer en sus viajes. Vino a verme cuanto antes. Yo era el superviviente, y don Pedro los llevaba en el corazón. Unas de mis hermanas también vino de España, y Casaldáliga la trato con cariño entrañable. En la vigilia del aniversario de Monseñor en la plaza ante catedral a Casaldáliga le pidieron recitar su poema “San Romero de América”. Alguien le dijo, con buena voluntad, que tuviese cuidado con llamar “Santo” a Monseñor Romero. Y don Pedro le contestó sin pestañear. “Aquí la gente le ha llamado santo sin mucha discusión ¿verdad?”. Y añadió con humor e ironía: “Además, de llamarle santo o no se pueden preocupar canonistas y teólogos. Yo solo soy un poeta. Recuerdo esta anécdota porque pone de relieve el humor y la ironía de don Pedro. Y ese aspecto de su carácter lo he echado un poco en falta en la película.
También rezó en el jardín de rosas y allí habló largo con Obdulio. Después le dije: “a los poetas no se les puede exigir inspiración. Pero cuando tengas un tiempo, así como escribiste el poema a Monseñor Romero, y a muchos otros, si puedes, escribe un poema sobre estos hermanos nuestros, los jesuitas asesinados, Julia Elba y Celina”. Y lo hizo. Lo recito ahora, y ojalá no me falle la memoria.

“Ya sois la verdad en cruz, 
y la ciencia en profecía 
y es total la Compañía 
compañeros de Jesús. 
El juramento cumplido, 
la UCA y el pueblo herido
dictan la misma lección 
desde las cátedras fosas 
y Obdulio cuida las rosas 
de nuestra liberación”. 

Casaldáliga tiene 85 años y un Parkinson que casi no le permite moverse. Ya no viaja, camina de su casita a la capilla. En ella tiene dos reliquias muy queridas. Una de ellas es un poco de sangre de Monseñor Romero. Y la otra es un pedacito del cráneo de Ellacuría.
Don Pedro mantiene su esperanza. Nos la mantiene a todos, y en primer lugar mantiene la esperanza de los pobres.
DESCALZO SOBRE LA TIERRA ROJA
Palabras de Jon Sobrino en el estreno del documental sobre la vida de Pedro Casaldáliga. 

Auditorio "Ignacio Ellacuría". Universidad Centroamericana de El Salvador


Buenas noches tengan todos y todas ustedes. Desde hace mucho tiempo no recuerdo un auditorio tan repleto y con tanto interés. No suelo ir la cine, ni menos soy cineasta. Solo puedo decir que esta película me ha gustado mucho. Me ha hecho participar, si se me permite hablar así, de la liturgia de la historia. Y para ser sincero, he sentido mayor devoción que en muchas otras. La película es impactante y es muy comprensible para las personas de mi generación, los que estamos aquí de El Salvador, pero también para gente de Guatemala, sobre todo de la zona indígena, para gente de algunas partes de México… Habrán notado que varias escenas son distintas, a veces muy distintas, a lo que ha ocurrido 
aquí, pero también se parecen mucho. 

Una religiosa, la hermana Irene, me ha recordado a Anna Manganaro la religiosa que trabajó como médico en Güarjila. La crueldad de las torturas de dos pobres hombres guindados de los pies me recordaba a la crueldades de las que nos hablaba el Padre Cortina: a una mujer encinta abrieron el vientre para sacar el feto y ensartarlo. Al final de la película se habla de muertos. Aquí 
ha habido miles en el campo. Las escenas de curia con el cardenal Ratzinger están un poco estilizadas, pero las palabras son auténticas. El cardenal le reclama “¿cómo habla usted de mártires?” Y don Pedro le responde: “¿pero qué cosas pregunta usted, señor cardenal?” Mártir fue Jesús de Nazaret. ¿Hizo política? ¿La cruz fue política? Y en la película es central la tierra. Es la vida del pueblo, su tradición, su dignidad. La tierra es todo, y si se la quitan ¿qué le queda al pueblo? La muerte. ¿Y si se la quitan de 
manera cruel, como ha ocurrido aquí? Entonces queda 
un pueblo crucificado. Aquí lo sabemos bien. A continuación, entre otras muchas posibles, solo quiero hacer algunas breves reflexiones. Después recordaré mis encuentros con don Pedro.

La honradez con lo real, la voluntad de verdad. 

La película comienza y termina con Casaldáliga en la Curia Romana. Tomadas en unidad, las escenas son decisivas, ciertamente para el director. No se trata de alabar o criticar a las curias, sino de mostrar que “ni las curias ni la iglesia institucional le desviaron de decir la verdad”. Don Pedro nunca la ocultó, ni se dejó llevar por lo políticamente correcto. Tampoco aceptó chantajes burdos: “Si usted dice estas cosas, sufrirá persecución”. Ni por chantajes sutiles: “¿Y si le quitan de obispo y su sucesor no prosigue lo que usted ha sembrado?” Es el gran chantaje: si sigue 
así, al pueblo le irá peor. Casaldáliga dice la verdad de tal manera que desarma a los que le interrogan. Y aunque no aparece en la película, por lo que he oído, en la realidad don Pedro terminó 
la conversación con el cardenal Ratzinger chivo estas palabras fraternales. “¿Por qué no rezamos juntos un Padre nuestro?”.
Esta honradez con lo real y la convicción de que la verdad trae grandes bienes aparece en una escena que me ha encantado. La Conferencia Episcopal rechaza publicar un texto, que habían escrito Casaldáliga y los suyos, en el que se analiza la espantosa situación de Brasil para los pobres. Don Pedro, sin inmutarse, pregunta dónde se puede encontrar una imprenta artesanal. Irene, la 
religiosa, le dice que conoce a alguien que les puede ayudar, pero que e sacarlo de la cárcel. Así fue, y así hicieron pública la verdad de Brasil. Esto vale para todos. Ciertamente para una universidad que busca la verdad y debe decirla.

Un hombre del evangelio. 

De espiritualidad hoy hablamos mucho, y don Pedro escribió un libro sobre espiritualidad junto con José María Vigil. Pero lo más 
suyo es volver siempre al evangelio y a los pobres. En la película el volver a los pobres y amarlos. Aparece en casi todas las escenas. Y también aparece el evangelio como espiritualidad primigenia. Al final de la película se escucha una voz recitando un poema que Casaldáliga escribió hace muchos años:

No tener nada.
No llevar nada.
No poder nada.
No pedir nada.
Y, de pasada,
no matar nada;
no callar nada.
Solamente el Evangelio, como una faca afilada.
Y el llanto y la risa en la mirada.
Y la mano extendida y apretada.
Y la vida, a caballo, dada.

Que se pone ante Dios. En la película se le ve rezar. Las escenas no son muchas y son breves. Mucho mas tiempo pasa con la gente. No reza como un monje, sino como Jesús. Reza para estar ante Dios y con Dios. Y siempre aparece rezando cuando algo les ha ocurrido a los pobres. Y cuando cierra los ojos y junta las manos, algo pasa entre don Pedro y su Dios. 

Tres recuerdos

El primero es de 1980 en Sao Paulo, en una reunión de teólogos, comunidades de base, religiosas, sacerdotes y obispos. Por cierto el Cardenal Arns tuvo que intervenir para que el Vaticano no prohibiese la reunión. Yo no había visto nunca a Casaldáliga. Cuanto nos encontramos me dio un abrazo, y me pareció que le había conocido toda la vida. Le vi un hombre libre. Muy dentro de la Iglesia pero “en rebelde fidelidad”. Enseguida pensé en Monseñor Romero, que aquellos días vivía en medio de grandes 
dificultades, y le dolían sus problemas con “los hermanos obispos”, como lo escribió en su diario espiritual. Le pedí a don Pedro que le escribiese una carta dándole ánimos. Mataron a Romero y recibí una carta de Casaldáliga. “Jon, no le escribí a Romero una carta a máquina, pero cuántas veces le he escrito estos días... Te mando un poema”. Lo leí y lo distribuimos cuanto antes. El poema era “San Romero de América”. Y termina: “pastor y mártir nuestro, 
nadie hará callar tu última homilía”.

El segundo recuerdo es de 1985. Don Pedro no había salido nunca de Brasil incluso cuando falleció su madre en España. Pero Estados Unidos estaba apoyando a la contra en Nicaragua y bombardeaba aeropuertos civiles, como el de Corinto. Escoto, el primer ministro 
nicaragüense se puso en huelga de hambre. Casaldáliga salió de Brasil y se vino a Nicaragua a participar en la huelga de hambre. Antes de irse dijo que el día en que Estados Unidos invadiese a Nicaragua él regresaría sin pensarlo. Estando en Nicaragua le invité a venir a El Salvador. “Estás a una hora de avión de la tumba de Monseñor Romero”.  Y vino a la tumba. Nos visitó en la UCA y le invitamos a hablar en la Capilla. En una foto que lo recuerda, está 
sentado ante una mesa con Ellacuría a su derecha. Bromeaba con él con simpatía e ironía. Agarrándole del cuello le decía: “ustedes los teólogos”. Yo estaba al otro lado. De las muchas cosas que dijo, una se me quedó grabada: “Sólo los pobres son libres... Los que tienen mucho olvídense de ser libres”. Al final alguien le pidió 
que leyese el poema sobre Monseñor Romero. Lo leyó con devoción. Y aplaudimos con alegría. 

El tercero es de marzo de 1990. Yo regresaba de Santa Clara, California, a dónde había llegado desde Tailandia tras el asesinato de los jesuitas. Casaldáliga llegó para celebrar el aniversario de Monseñor Romero, y hacer las muchas cosas que suele hacer en sus viajes. Vino a verme cuanto antes. Yo era el superviviente, y don Pedro los llevaba en el corazón. Unas de mis hermanas también vino de España, y Casaldáliga la trato con cariño entrañable. En la vigilia del aniversario de Monseñor en la plaza ante catedral a Casaldáliga le pidieron recitar su poema “San Romero de América”. Alguien le dijo, con buena voluntad, que tuviese cuidado con llamar “Santo” a Monseñor Romero. Y don Pedro le contestó sin pestañear. “Aquí la gente le ha llamado santo sin mucha discusión ¿verdad?”. Y añadió con humor e ironía: “Además, de llamarle santo o no se pueden preocupar canonistas y teólogos. Yo solo soy un poeta. Recuerdo esta anécdota porque pone de relieve el humor y la ironía de don Pedro. Y ese aspecto de su carácter lo he echado un poco en falta en la película. 
También rezó en el jardín de rosas y allí habló largo con Obdulio. Después le dije: “a los poetas no se les puede exigir inspiración. Pero cuando tengas un tiempo, así como escribiste el poema a Monseñor Romero, y a muchos otros, si puedes, escribe un poema sobre estos hermanos nuestros, los jesuitas asesinados, Julia Elba y Celina”. Y lo hizo. Lo recito ahora, y ojalá no me falle la memoria. 

 “Ya sois la verdad en cruz, 
y la ciencia en profecía 
y es total la Compañía 
compañeros de Jesús. 
El juramento cumplido, 
la UCA y el pueblo herido
dictan la misma lección 
desde las cátedras fosas 
y Obdulio cuida las rosas 
de nuestra liberación”. 

Casaldáliga tiene 85 años y un Parkinson que casi no le permite moverse. Ya no viaja, camina de su casita a la capilla. En ella tiene dos reliquias muy queridas. Una de ellas es un poco de sangre de Monseñor Romero. Y la otra es un pedacito del cráneo de Ellacuría. 
Don Pedro mantiene su esperanza. Nos la mantiene a todos, y en primer lugar mantiene la esperanza de los pobres.

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