06 marzo 2015

Nunca es tarde

No nos gusta hablar de conversión. Casi instintivamente pensamos en algo triste, penoso; un esfuerzo casi imposible para el que no nos sentimos ya con humor ni con fuerzas. Sin embargo, si nos detenemos ante el mensaje de Jesús, escuchamos, antes que nada, una llamada alentadora para cambiar nuestro corazón y aprender a vivir de una manera más humana, porque Dios está cerca y quiere sanar nuestra vida.

Porque convertirse no es, antes que nada, intentar hacerlo todo mejor; no es algo triste; no se trata solo de «hacerse buena persona».
Convertirse es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestro vivir cotidiano. Liberar el corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de poder y posesión. Liberarnos de objetos que no necesitamos y vivir para personas que nos necesitan.
Cuando escuchemos la llamada de Jesús: «Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios», pensemos que nunca es tarde para convertirnos, porque nunca es tarde para amar, nunca es tarde para ser más feliz, nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar por Dios.

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