21 junio 2013

Lucas 7, 36-8, 3


Lucas     7, 36-8, 3  

El perdón y al amor van juntos. Una mujer arranca a Jesús el perdón y adquiere características de discípula mientras un varón religioso y piadoso cuestiona a Jesús y no lo reconoce por lo que es.

Antes de entrar en tema con el Evangelio del día, es necesario destacar la “mala prensa” o mejor dicho la “mala fama” que este texto –sumado a otros- ha provocado. Nos encontramos aquí con una “pecadora” (presumiblemente una prostituta) que unge los pies de Jesús (con perfume), en Mc 14,3-9 encontramos a una mujer (de la que no se dice nada) que “embalsama”, perfuma con nardo a Jesús en su cabeza, en Jn 12,1.11 María de Betania unge los pies de Jesús con perfume de nardo. Como el texto que sigue a continuación (Lc 8,1-3) menciona de modo especial a María Magdalena (¿de Magdala?) y se afirma que de ella Jesús “expulsó 7 demonios” todo confluyó: María era la misma Magdalena que la de Betania (por eso no hay fiesta litúrgica de María de Betania, aunque ella haya sido la que “eligió la mejor parte”, Lc 10,42),y se identificó las diferentes unciones, y por ser “pecadora” había sido “prostituta”. Todo confluyó en una misma figura a partir de la cual María Magdalena había sido prostituta, de Betania y fue la que ungió a Jesús (a veces todavía se la identificó con la adúltera de Jn 8,1-11 para sumar calamidades sobre su cabeza). Señalamos esto para distinguir, cada escena es propia, y de esta mujer –del texto de hoy- no se dice su nombre ni localidad, y de ninguna manera creemos que haya que identificarla ni con María de Betania, ni con María Magdalena. Se trata simplemente de una mujer anónima (como la que en Betania unge para la sepultura a Jesús, que no es la misma). De María Magdalena destacaremos otros elementos.

El relato ocurre en una comida de Jesús en casa de fariseos. Son frecuentes estas comidas en Lucas. Parecen seguir lo que se ha llamado el género literario de los simposios, un personaje importante es invitado a un banquete, y allí sucede algo que desencadena un debate. En este caso, lo que sucede es la presencia de la mujer y el posterior debate.

La liturgia incorpora a este bloque –sin que quede clara la razón- un breve sumario (8,1-3) donde se menciona a mujeres que siguen a Jesús, quizás para integrar el tema de la mujer en el conjunto.

El acontecimiento desencadenante es la invitación (v.36) y la intervención de la mujer (v.37-38). A continuación se pone en cuestión la actitud (v.39) y la reacción de Jesús (v.40): una parábola (vv.41-42) y la aplicación a los hechos concretos (vv.43-50).

El fariseo le “ruega” a Jesús que coma con él (ver 11,37; 14,1). El ruego es un pedido (o pregunta) con cierta premura (4,38; 5,3; 7,3; 8,37…). La “comida” es un tema importante en Lucas: mientras los discípulos de los fariseos y de Juan el Bautista ayunan y hacen oraciones, la “religiosidad” de los discípulos de Jesús se manifiesta en que “comen y beben con publicanos y pecadores”. La mesa abierta, donde todos tienen cabida es el signo de que el reino está presente en la persona de Jesús y sus seguidores (cf. 5,30.33; 7,33.34). Justo a continuación de este dicho, Jesús “acusado” de comer y beber, es invitado a comer. Es interesante distinguir –en Lucas- las comidas con pecadores de las comidas a las que Jesús es invitado (a estas se aplica el género “simposio” al que hicimos referencia). 

Enterada, una mujer “pecadora pública” fue a la casa con un frasco de perfume (v.37). Sin dudas el acento está puesto en los pies de Jesús ya que ella los moja, los seca, los besa y los unge (v.38). ¿Por qué los pies? ¿Acaso porque Jesús en Lucas es presentado como un profeta y predicador itinerante? En 9,5 y 10,11, por ejemplo “el polvo de los pies” es signo de la misión de los discípulos; estar “a los pies” es signo de discipulado (8,35.41; 10,39; 17,16; cf. Hch 22,3).

Esto provoca la duda del fariseo que lo había invitado: “si este fuera un profeta, sabría…” (v.39). Una vez más Lucas insiste en la cualidad profética de Jesús (como hemos visto en otras ocasiones, es uno de los temas centrales de la cristología y la eclesiología de Lucas). Y a continuación, la respuesta de Jesús, aquí formulada con una pregunta inicial (v.40). Tangencialmente, lo que sigue muestra claramente que Jesús “sí sabe” quién es la mujer, por lo que es evidente que sí es profeta.

“Maestro” es frecuente en los Evangelios; el vocativo se encuentra 12 veces en Lucas; salvo en 3,12 siempre se dirigen así a Jesús, muchas veces con el objetivo de “ponerlo a prueba”: 10,25; 20,21.28 pero también para obtener de él una enseñanza o una palabra (o milagro): 9,38; 12,13; 18,18; 20,29. La intervención de Jesús es una simple parábola de un acreedor con dos deudores (vv.41-42; muy lejanamente semejante a Mt 18,23-35). El hecho en sí es inverosímil (“como no tenían para pagarle perdonó a ambos”) pero desencadena la reflexión. Lo interesante (y sobre lo que volveremos) es que en la parábola es evidente que el perdón antecede al amor, lo genera. ¿Quién le amará más? La respuesta de Simón, el fariseo no era sino lógica: “aquel al que se le perdonó más” y Jesús lo refrenda: “juzgaste bien” (v.43).

A continuación Jesús aplica la parábola al contexto y la situación (vv.44-47). Nuevamente se nota el acento puesto en los pies, en este caso marcando el contraste entre lo que “sí hizo” la mujer y lo que “no hizo” Simón (vv.44-46).

*Simón el fariseo
No agua para los pies
No beso
No unción en la cabeza

*Mujer (anónima) pecadora pública
Lágrimas en los pies, secados con cabellos
Beso a los pies
Ungió los pies con perfume

 

De aquí Jesús extrae una consecuencia: “por eso” (v.47) “sus muchos pecados quedan perdonados porque mostró mucho amor”. Jesús manifiesta, como hemos dicho, saber quién es “esta mujer, una pecadora” (v.39) con lo que confirma su ser profeta, pero además confirma públicamente el perdón originado por su “mucho amor”. El contraste, en este caso está dado por el mucho pecado – mucho amor, es clara alusión a la parábola anterior pero con una diferencia: en este caso el amor antecede al perdón, lo genera.

La conclusión –en la casa- es la nota final del conflicto desatado en el “simposio”: Jesús “perdona” y preguntan “¿quién es este que hasta perdona? La formulación es diferente a lo dicho por los escribas en 5,21 donde los escribas afirman que blasfema ya que sólo Dios puede perdonar pecados, aquí se pregunta quién es este (como en 5,21) pero se presupone que los perdona. La pregunta ¿quién es este? Se repite también en el acontecimiento de la tempestad calmada (8,25) y la formula Herodes al oír la referencia a los signos que hace (9,9). En estos casos se presupone el hecho y la pregunta es la sorpresa ante los mismos, por lo que si bien puede interpretarse irónicamente (como en 5,21) también puede ser una pregunta sincera por la identidad de Jesús (o ambas cosas: irónica en los que la formulan, pregunta por la identidad de los lectores del Evangelio).

Como lo ha hecho en otras ocasiones Jesús despide a la mujer con la fórmula: “Tu fe te ha salvado”. Es interesante que la fórmula la encontramos en Mt 9,22 / Mc 5,34 / Lc 8,48 en el caso de la mujer con hemorragias, en Mc 10,52  / Lc 18,42 en el caso del ciego de Jericó, en Lc 17,19 el caso del leproso samaritano y en nuestro texto. Podemos decir que en todos los casos se trata de personas marginales (mujer impura, mendigo, samaritano, pecadora pública) y en todos los casos estas personas la “arrancan” a Jesús su intervención salvadora. Salvo el relato del ciego (que está en el piso y se levanta) los restantes se ponen “a los pies de Jesús” con las connotaciones de discipulado que hemos señalado (del ciego no se dice eso, pero sí que “lo seguía”, verbo también discipular). La referencia a la “fe”, ciertamente lo confirma.

A modo de conclusión de la unidad notemos que el perdón y el amor parecen precederse mutuamente. Como un círculo, el uno engendra al otro. A veces el perdón es primero, otras veces el amor, pero ambos “van juntos” engendrando vida, restituyendo a la persona en su dignidad.

El texto de la liturgia incorpora (aunque es una unidad diferente) el sumario de Lc 8,1-3. Jesús “camina” (recordar la referencia a los pies lavados y ungidos) por “ciudades y pueblos” (cf. 13,22) proclamando (kêryssô) y evangelizando el reino de Dios. Los Doce estaban con él, pero no sólo, ya que había “algunas mujeres”. En realidad Lucas ha querido destacar aquí que un grupo de mujeres acompañan a Jesús desde Galilea y lo seguirán hasta Jerusalén (23,49.55). Además de que “acompañaban a Jesús” se dice que lo “servían (diakoneô) con sus bienes” (v.3). Lo que se destaca es que fueron “curadas” y entre ellas destaca María Magdalena “de la que habían salido siete demonios” (v.2). Sin duda lo que esto supone es que padecía una gran enfermedad (“siete”). Como ocurre en otros casos (vg. Ciego de Jericó) la curación es interpretada por muchos delos sanados como una invitación al seguimiento, cosa que queda aquí aclarada no sólo con el verbo “siguieron” (de la raíz “akolyteô”) sino el servicio con los bienes. No puede menos que contrastarse con actitudes como la del rico que se niega a poner los bienes en común y no sigue a Jesús (18,22-23). El rol de mujeres en el grupo de Jesús, como discípulas no puede negarse (incluso Lucas “inventa” la palabra “discípula” que no existía en femenino, ver Hch 9,36).

Difícilmente pueda justificarse con argumentos bíblicos serios el pobre lugar que las mujeres ocupan en la Iglesia en nuestros días.

Gracias Eduardo de la Serna  por el aporte y el enriquecernos en nuestro rezar.El perdón y al amor van juntos. Una mujer arranca a Jesús el perdón y adquiere características de discípula mientras un varón religioso y piadoso cuestiona a Jesús y no lo reconoce por lo que es.

Antes de entrar en tema con el Evangelio del día, es necesario destacar la “mala prensa” o mejor dicho la “mala fama” que este texto –sumado a otros- ha provocado. Nos encontramos aquí con una “pecadora” (presumiblemente una prostituta) que unge los pies de Jesús (con perfume), en Mc 14,3-9 encontramos a una mujer (de la que no se dice nada) que “embalsama”, perfuma con nardo a Jesús en su cabeza, en Jn 12,1.11 María de Betania unge los pies de Jesús con perfume de nardo. Como el texto que sigue a continuación (Lc 8,1-3) menciona de modo especial a María Magdalena (¿de Magdala?) y se afirma que de ella Jesús “expulsó 7 demonios” todo confluyó: María era la misma Magdalena que la de Betania (por eso no hay fiesta litúrgica de María de Betania, aunque ella haya sido la que “eligió la mejor parte”, Lc 10,42),y se identificó las diferentes unciones, y por ser “pecadora” había sido “prostituta”. Todo confluyó en una misma figura a partir de la cual María Magdalena había sido prostituta, de Betania y fue la que ungió a Jesús (a veces todavía se la identificó con la adúltera de Jn 8,1-11 para sumar calamidades sobre su cabeza). Señalamos esto para distinguir, cada escena es propia, y de esta mujer –del texto de hoy- no se dice su nombre ni localidad, y de ninguna manera creemos que haya que identificarla ni con María de Betania, ni con María Magdalena. Se trata simplemente de una mujer anónima (como la que en Betania unge para la sepultura a Jesús, que no es la misma). De María Magdalena destacaremos otros elementos.

El relato ocurre en una comida de Jesús en casa de fariseos. Son frecuentes estas comidas en Lucas. Parecen seguir lo que se ha llamado el género literario de los simposios, un personaje importante es invitado a un banquete, y allí sucede algo que desencadena un debate. En este caso, lo que sucede es la presencia de la mujer y el posterior debate.

La liturgia incorpora a este bloque –sin que quede clara la razón- un breve sumario (8,1-3) donde se menciona a mujeres que siguen a Jesús, quizás para integrar el tema de la mujer en el conjunto.

El acontecimiento desencadenante es la invitación (v.36) y la intervención de la mujer (v.37-38). A continuación se pone en cuestión la actitud (v.39) y la reacción de Jesús (v.40): una parábola (vv.41-42) y la aplicación a los hechos concretos (vv.43-50).

El fariseo le “ruega” a Jesús que coma con él (ver 11,37; 14,1). El ruego es un pedido (o pregunta) con cierta premura (4,38; 5,3; 7,3; 8,37…). La “comida” es un tema importante en Lucas: mientras los discípulos de los fariseos y de Juan el Bautista ayunan y hacen oraciones, la “religiosidad” de los discípulos de Jesús se manifiesta en que “comen y beben con publicanos y pecadores”. La mesa abierta, donde todos tienen cabida es el signo de que el reino está presente en la persona de Jesús y sus seguidores (cf. 5,30.33; 7,33.34). Justo a continuación de este dicho, Jesús “acusado” de comer y beber, es invitado a comer. Es interesante distinguir –en Lucas- las comidas con pecadores de las comidas a las que Jesús es invitado (a estas se aplica el género “simposio” al que hicimos referencia).

Enterada, una mujer “pecadora pública” fue a la casa con un frasco de perfume (v.37). Sin dudas el acento está puesto en los pies de Jesús ya que ella los moja, los seca, los besa y los unge (v.38). ¿Por qué los pies? ¿Acaso porque Jesús en Lucas es presentado como un profeta y predicador itinerante? En 9,5 y 10,11, por ejemplo “el polvo de los pies” es signo de la misión de los discípulos; estar “a los pies” es signo de discipulado (8,35.41; 10,39; 17,16; cf. Hch 22,3).

Esto provoca la duda del fariseo que lo había invitado: “si este fuera un profeta, sabría…” (v.39). Una vez más Lucas insiste en la cualidad profética de Jesús (como hemos visto en otras ocasiones, es uno de los temas centrales de la cristología y la eclesiología de Lucas). Y a continuación, la respuesta de Jesús, aquí formulada con una pregunta inicial (v.40). Tangencialmente, lo que sigue muestra claramente que Jesús “sí sabe” quién es la mujer, por lo que es evidente que sí es profeta.

“Maestro” es frecuente en los Evangelios; el vocativo se encuentra 12 veces en Lucas; salvo en 3,12 siempre se dirigen así a Jesús, muchas veces con el objetivo de “ponerlo a prueba”: 10,25; 20,21.28 pero también para obtener de él una enseñanza o una palabra (o milagro): 9,38; 12,13; 18,18; 20,29. La intervención de Jesús es una simple parábola de un acreedor con dos deudores (vv.41-42; muy lejanamente semejante a Mt 18,23-35). El hecho en sí es inverosímil (“como no tenían para pagarle perdonó a ambos”) pero desencadena la reflexión. Lo interesante (y sobre lo que volveremos) es que en la parábola es evidente que el perdón antecede al amor, lo genera. ¿Quién le amará más? La respuesta de Simón, el fariseo no era sino lógica: “aquel al que se le perdonó más” y Jesús lo refrenda: “juzgaste bien” (v.43).

A continuación Jesús aplica la parábola al contexto y la situación (vv.44-47). Nuevamente se nota el acento puesto en los pies, en este caso marcando el contraste entre lo que “sí hizo” la mujer y lo que “no hizo” Simón (vv.44-46).

*Simón el fariseo
No agua para los pies
No beso
No unción en la cabeza

*Mujer (anónima) pecadora pública
Lágrimas en los pies, secados con cabellos
Beso a los pies
Ungió los pies con perfume



De aquí Jesús extrae una consecuencia: “por eso” (v.47) “sus muchos pecados quedan perdonados porque mostró mucho amor”. Jesús manifiesta, como hemos dicho, saber quién es “esta mujer, una pecadora” (v.39) con lo que confirma su ser profeta, pero además confirma públicamente el perdón originado por su “mucho amor”. El contraste, en este caso está dado por el mucho pecado – mucho amor, es clara alusión a la parábola anterior pero con una diferencia: en este caso el amor antecede al perdón, lo genera.

La conclusión –en la casa- es la nota final del conflicto desatado en el “simposio”: Jesús “perdona” y preguntan “¿quién es este que hasta perdona? La formulación es diferente a lo dicho por los escribas en 5,21 donde los escribas afirman que blasfema ya que sólo Dios puede perdonar pecados, aquí se pregunta quién es este (como en 5,21) pero se presupone que los perdona. La pregunta ¿quién es este? Se repite también en el acontecimiento de la tempestad calmada (8,25) y la formula Herodes al oír la referencia a los signos que hace (9,9). En estos casos se presupone el hecho y la pregunta es la sorpresa ante los mismos, por lo que si bien puede interpretarse irónicamente (como en 5,21) también puede ser una pregunta sincera por la identidad de Jesús (o ambas cosas: irónica en los que la formulan, pregunta por la identidad de los lectores del Evangelio).

Como lo ha hecho en otras ocasiones Jesús despide a la mujer con la fórmula: “Tu fe te ha salvado”. Es interesante que la fórmula la encontramos en Mt 9,22 / Mc 5,34 / Lc 8,48 en el caso de la mujer con hemorragias, en Mc 10,52 / Lc 18,42 en el caso del ciego de Jericó, en Lc 17,19 el caso del leproso samaritano y en nuestro texto. Podemos decir que en todos los casos se trata de personas marginales (mujer impura, mendigo, samaritano, pecadora pública) y en todos los casos estas personas la “arrancan” a Jesús su intervención salvadora. Salvo el relato del ciego (que está en el piso y se levanta) los restantes se ponen “a los pies de Jesús” con las connotaciones de discipulado que hemos señalado (del ciego no se dice eso, pero sí que “lo seguía”, verbo también discipular). La referencia a la “fe”, ciertamente lo confirma.

A modo de conclusión de la unidad notemos que el perdón y el amor parecen precederse mutuamente. Como un círculo, el uno engendra al otro. A veces el perdón es primero, otras veces el amor, pero ambos “van juntos” engendrando vida, restituyendo a la persona en su dignidad.

El texto de la liturgia incorpora (aunque es una unidad diferente) el sumario de Lc 8,1-3. Jesús “camina” (recordar la referencia a los pies lavados y ungidos) por “ciudades y pueblos” (cf. 13,22) proclamando (kêryssô) y evangelizando el reino de Dios. Los Doce estaban con él, pero no sólo, ya que había “algunas mujeres”. En realidad Lucas ha querido destacar aquí que un grupo de mujeres acompañan a Jesús desde Galilea y lo seguirán hasta Jerusalén (23,49.55). Además de que “acompañaban a Jesús” se dice que lo “servían (diakoneô) con sus bienes” (v.3). Lo que se destaca es que fueron “curadas” y entre ellas destaca María Magdalena “de la que habían salido siete demonios” (v.2). Sin duda lo que esto supone es que padecía una gran enfermedad (“siete”). Como ocurre en otros casos (vg. Ciego de Jericó) la curación es interpretada por muchos delos sanados como una invitación al seguimiento, cosa que queda aquí aclarada no sólo con el verbo “siguieron” (de la raíz “akolyteô”) sino el servicio con los bienes. No puede menos que contrastarse con actitudes como la del rico que se niega a poner los bienes en común y no sigue a Jesús (18,22-23). El rol de mujeres en el grupo de Jesús, como discípulas no puede negarse (incluso Lucas “inventa” la palabra “discípula” que no existía en femenino, ver Hch 9,36).

Difícilmente pueda justificarse con argumentos bíblicos serios el pobre lugar que las mujeres ocupan en la Iglesia en nuestros días.

Gracias Eduardo de la Serna por el aporte y el enriquecernos en nuestro rezar.
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