07 julio 2011

Los indignados de la Iglesia

En el próximo agosto el papa viene de nuevo a Madrid, para presidir la solemne y costosa Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). De entrada, digo que comprendo a quienes organizan este evento. Y entiendo a quienes en ello ven un medio eficaz para revitalizar la fe de muchas personas que, en este tipo de actos, se afianzan en sus creencias o las difunden a otros que dudan. Lo que no veo es que la JMJ se pueda utilizar para hacer turismo o - lo que no me atrevo a pensar - que haya quien utilice al Vicario de Cristo para trepar, tener más fama, ganar dinero o cosas de ésas. ¿Habrá quien pueda llegar a semejantes desvergüenzas? ¡Por respeto a Dios, que nadie haga eso, ni dé pie a que se puedan pensar cosas tan deshonestas!

Estas deshonestidades - unas veces, sospechadas y, en ocasiones, claramente comprobadas -son las que explican el descontento y las protestas de los indignados. Los de las plazas públicas, que claman contra un sistema (económico y político) canalla. Y los de las puertas de la catedrales, que pronto van a empezar a concentrar personas que buscan a Jesucristo en los templos y en los templos no lo encuentran. ¿Lo van a encontrar en la JMJ?
Prescindiendo de lo que cada cual sienta o pueda sentir, mi pregunta intenta llegar más al fondo de las cosas. A los “hombres de Iglesia” les han gustado siempre los grandes espacios, las grandes concentraciones, los grandes edificios, los palacios, las vestimentas solemnes, las manifestaciones más pomposamente mediáticas.... Por supuesto, en todo eso, algunos clérigos han visto el triunfo de Cristo. Y, emocionados con el triunfo “divino”, no han prestado la debida atención al éxito “humano”, que es lo que muchos, de facto, han conseguido.


Pero el fondo del asunto, que es lo que nos tendría que preocupar, está en otra cosa. Lo diré directamente y sin remilgos. Yo no sé en virtud de qué argumento el obispo de Roma se ve con el derecho de convocar concentraciones “mundiales”. ¿Es que él es el obispo del mundo entero? Ya sé que esta pregunta sorprende, escandaliza, irrita. Pero hay que hacérsela. Porque cuando todo este asunto se analiza de cerca, enseguida se da uno cuenta de que aquí hay cosas muy gordas que no cuadran, por más que sean cosas que se ven como lo más natural del mundo.

El canon 331 del Código de Derecho Canónico dice que la potestad del papa es “suprema, plena, inmediata y universal”, como Pastor que es de “la Iglesia universal en la tierra”. Además, es una potestad contra la que “no cabe apelación ni recurso” alguno (can. 333, 3). O sea, el papa no tiene que dar cuenta a nadie de lo que dice o de lo que hace. Pero ¿tiene el papa realmente ese poder? Hago esta pregunta porque está más que demostrado que en los evangelios no existe argumento alguno para probar que el obispo de Roma haya tenido o tenga esa potestad. Además, está igualmente demostrado que el poder supremo universal del papado no tiene origen apostólico, sino imperial, de forma que la bibliografía documentadísima, que existe sobre este punto concreto, es enorme. Según los minuciosos y detallados estudios, que se han hecho sobre esta cuestión, la “potestad universal” fue un invento de los emperadores de Roma. En el s. IV, de Roma, pasó a Constantinopla, al Imperio Bizantino. Y de allí, no sin fuerte resistencia de los papas, finalmente, el año 1049, León IX se lo apropió para la sede romana. Pero antes, el papa Gregorio Magno (ss. VI-VII) llegó a decir que utilizar el título de patriarca “universal” era una “blasfemia” (Mon.Germ.Hist., Epist. V, 37).

Ahora resulta que el mismo título que, para un papa fue blasfemia, para otro es motivo justificante a partir del cual se organiza una jornada “mundial” (¿universal?). No traigo aquí estas cosas para escupir erudición. Digo todo esto - y lo digo así - para que todos pensemos en lo que estamos haciendo. Y en lo que dejamos de hacer, callados, resignados, ante cosas muy graves que estamos viendo y viviendo. ¿Cómo es posible que en un país, en el que miles de personas se echan a la calle pidiendo una democracia más participativa, se reciba oficialmente, se ovacione y se aplauda al Jefe del Estado de la última monarquía absoluta que queda en Europa? ¿Qué explicación tiene que cuando clamamos por la defensa de nuestros derechos fundamentales, nos pongamos a organizar el acto más solemne de exaltación a quien detenta el poder supremo de una institución religiosa, la Iglesia, que no reconoce la igualdad de derechos de todos sus miembros y se permite exaltar a unos al tiempo que humilla a otros? ¿Por qué toleramos éstas y tantas otras contradicciones patentes, que dañan a la misma Iglesia, que escandalizan a tantas gentes de buena voluntad y que empujan a otros a negar a Dios y a olvidarse de la religión? ¿Por qué permitimos que se beneficie tanto a una Iglesia que, en vez de unirnos, nos divide, nos enfrenta y nos daña en nuestra convivencia cívica?

Mucha gente habla en estos días del dineral que va a costar la vista del papa a Madrid. No entro en ese asunto porque me parece que no es lo más grave que va a ocurrir con motivo de esta visita. El asunto es mucho más serio. Porque lo que la JMJ va a poner en evidencia es el cúmulo de contradicciones en que vive la Iglesia. Y en las que vivimos todos los que en ella vemos la institución que nos ha transmitido el recuerdo vivo del Evangelio y, al mismo tiempo, la dificultad más seria para que ese recuerdo se haga vida en nosotros. Por eso no queremos seguir siendo cómplices de este estado de cosas.

Ya hemos entrado de lleno en la dispersión del verano y, por tanto, no sé si éste es el momento de ponerse a organizar un proyecto y un programa que, desde la fe en Jesús y su Evangelio, nos lleve a planificar en serio cómo podemos y debemos expresar las exigencias de esa fe en el Señor Jesús. Sin duda alguna, una de las cosas más serias, que podemos hacer en estas semanas de descanso, es programar un nuevo curso en el que podemos seguir siendo los mismos y en el que no nos está permitido seguir viviendo en una simplicidad que es auténtica complicidad con lo que ya resulta sencillamente intolerable. Porque nos está perjudicando gravemente a todos.

José Mª Castillo
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