23 junio 2011

La fiesta del amor

Como término y continuación del tiempo pascual, la Iglesia nos propone celebrar tres grandes fiestas: la Santísima Trinidad, el Corpus Christi y el Sagrado Corazón de Jesús. Hoy deseo ocuparme del Corpus, esta fiesta eucarística que recuerda la del Jueves Santo, pero no en el contexto de la Pasión, sino en el de la Resurrección.

Sobre todo en los pueblos, pero también en las ciudades, su celebración va unida a las procesiones. Es como si la magnitud de ese misterio del amor de Jesús por las personas desbordara los muros de las iglesias y se hiciera presente en las calles para acompañar a la gente en sus afanes cotidianos: a los padres de familia, a los estudiantes, a los ancianos y enfermos, a quienes buscan un sentido a la vida, a los pobres… Es el Señor que no pasa de largo, sino que quiere hacer camino con nosotros, como cuando, resucitado, se dirigía a Emaús.
Recuerdo de mi infancia como en el pueblo —en muchos pueblos — se hacían altares en las calles, se cubría el recorrido de flores y el Señor en la custodia avanzaba solemne por las calles y la gente se arrodillaba o inclinaba la cabeza a su paso. “Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad —ha dicho Benedicto XVI—. Quien se inclina ante Jesús no puede ni debe postrarse ante ningún poder terreno por fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios”.

San Juan Maria Vianney invitaba a sus parroquianos: “Venid a la comunión… Es verdad que no sois dignos, pero la necesitáis”. Son palabras que conservan toda su actualidad porque Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Él nos invita a su mesa, como aquel rey de la parábola. Y en Corpus parece que no tiene bastante con abrir las puertas y mandar a sus delegados que llamen a la gente, sale El mismo a nuestras calles a las que santifica con su presencia.
Veo con mucho gozo como, después de un periodo convulso, se recuperan esas manifestaciones de piedad popular que son las procesiones con el Santísimo. En algunos pueblos de nuestra archidiócesis tienen una gran tradición y se engalanan las calles. Ojalá sean cada vez más los pueblos que honren de este modo a Jesús sacramentado.
Pero Jesús quiere ser honrado sobre todo en los demás, particularmente en los pobres. Fiel a este deseo, la Iglesia celebra este día el precepto de la caridad y vuelve su mirada a los más necesitados. Es el día de Caritas, la gran iniciativa eclesial que se vuelca en todo el mundo en ayuda de los hambrientos, de las personas sin techo y sin trabajo.
En nuestras ciudades la función de Caritas, más aún en tiempo de crisis, se revela como insustituible. A su sombra nacen iniciativas magníficas. Una de las últimas, en Tarragona, ha sido la puesta en marcha de un ámbito llamado “Café i caliu” que acoge durante la mañana a decenas de personas que acuden a gozar de un desayuno completo y de la compañía y ayuda de voluntarios que les muestran su solidaridad no con palabras, sino con hechos.
Corpus Christi es la gran fiesta de la caridad bien entendida, la fiesta del amor.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y Primado
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