01 julio 2010

Evangelio según San Mateo 9,9-13.

Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?". Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".


San Beda el Venerable (hacia 673-735), monje, doctor del a Iglesia
Homilías sobre los Evangelios, I, 21 ; CCL 122, 149-151

«En la mesa con Jesús»

«Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían, un grupo de recaudadores y otra gente de mala fama se sentaron con Jesús y sus discípulos». Procuremos penetrar más profundamente el significado de estos hechos. Mateo no sólo ofreció al Señor un banquete temporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su corazón tal como lo dicen aquellas palabras: «Estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y me abre, entraré y comeremos juntos» (Ap 3,20).

Sí, el Señor está a al puerta y llama cuando nuestro corazón está pronto y atento a cumplir su voluntad, ya sea a través de una palabra de los que enseñan, ya por una inspiración interior. Abrimos la puerta a la llamada de su voz cuando, libremente, habiendo comprendido lo que debemos hacer, lo realizamos. Él entra para comer con nosotros y nosotros con él porque habita en el corazón de sus amigos a través de la gracia de su amor, para, sin cesar, alimentarlos con la luz de su presencia. De esta manera sus deseos tienden cada vez más hacia las cosas celestiales, y él mismo se deleita en esos deseos como en manjar más delicioso.
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