27 mayo 2010

TEDEUM

Homilía para la celebración de Acción de Gracias por el inicio del Bicentenario (25/05/2010).

“Te Deum laudamus – a ti, Dios, alabamos”, con estas palabras comienza el himno que la Iglesia canta en sus fiestas solemnes. Cuando el 25 de mayo de 1810 se formó en el Cabildo de Buenos Aires la Primera Junta , sus integrantes, para concluir la jornada histórica, se acercaron espontáneamente al templo principal en la misma plaza para agradecer a Dios con este himno. Hoy, a 200 años de aquel día fundacional, en todas las catedrales e iglesias parroquiales de la Argentina volvemos a repetir este gesto de gratitud, que a la vez quiere ser la expresión de nuestro compromiso para con nuestro país. Nuestra Conferencia Episcopal preparó este momento, hace dos años, con el documento “Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad”, y últimamente con una declaración breve, en la cual acuñó una frase que expresa el cometido de su celebración: “ La Patria es un don, la Nación una tarea”.


La palabra “patria” evoca espontáneamente en nosotros una carga fuerte de recuerdos, afectos y anhelos, que están relacionados con la tierra y el país donde nacimos, y el amor que sentimos por él. Hoy pensamos especialmente en aquellos hombres, cuyas familias ya por varias generaciones estuvieron afincadas en el país, y que sintieron que había llegado el momento de establecer un gobierno propio, como expresión de la dignidad y responsabilidad de los pueblos en América. Pero la independencia de la corona española no los llevó a una cerrazón; por el contrario, nuestros países siempre han sido abiertos a todos los que buscaban y buscan su porvenir en estas tierras, especialmente la Argentina. Si hablamos de Patria, debemos, por eso, tomar en cuenta que una parte considerable de nuestros habitantes tiene sus raíces en países vecinos o más lejanos. Su presencia en este suelo nos recuerda el anhelo de los próceres, que soñaban con la soberanía de una Patria grande, que fuera la continuación de la unión que se había iniciado entre criollos y nativos de nuestro continente. Con el reclamo de los pueblos originarios en estos días nos damos cuenta, que este proceso todavía no ha terminado y que la unión ha de gestarse en el respeto a las diferentes culturas entre todos los habitantes.


“Queremos ser nación”: esta expresión hemos repetido muchas veces, desde que a partir de la crisis de los años 2001-2002 estamos rezando la Oración por la Patria. “ La Nación tiene un derecho fundamental a la existencia; a la propia lengua y cultura; a modelar su vida según las propias tradiciones, excluyendo, naturalmente, toda violación de los derechos humanos fundamentales y, en particular, la opresión de las minorías. Los derechos de las Naciones no son sino los ‘derechos humanos considerados a este específico nivel de la vida comunitaria” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia , 157). Cuando decimos que la Nación es una tarea, estamos concientes que nuestros derechos naturales implican el deber de construir entre todos, bajo un mismo gobierno, un país que dé a todos la oportunidad de encontrar su bienestar. La tarea comienza por casa, en el sentido inmediato de esta expresión: Es la familia el lugar afectivo en el que se generan los valores comunitarios más sólidos. Defender la familia y garantizar el ámbito natural donde los hijos e hijas se orientan en su padre y madre, es fundamental para el futuro de un pueblo. Es ahí también donde se deben formar los ciudadanos. “Los argentinos hemos perdido el miedo a la defensa de nuestros derechos, pero la participación ciudadana es mucho más que eso. Es imprescindible lograr que toda la ciudadanía pueda tener una mayor participación en la solución de los problemas. La calidad de la vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución. La calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión social. Asimismo, debemos fortalecer a las organizaciones de la sociedad” (Doc. Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad, 32-35). Cuando afirmamos que la Nación es una tarea, no podemos soslayar la necesidad de “educar y favorecer en nuestro pueblo todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración” (DA 535).


Lo que está dicho acá para toda persona de buena voluntad, para los cristianos es, además, una consecuencia natural de su fe. Compartir la vida, los bienes materiales y espirituales, es un anticipo de lo que nos aguarda. Es en la patria terrena donde nos preparamos para la patria eterna, que es la comunión total con Dios y los hermanos. “La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven” (Hebr 11, 1). Y nos da una fuerza enorme para hacer ya hoy lo que mañana será posible.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes
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