19 marzo 2010

¿Me dejas volver, Señor?

¿Me dejas volver, Señor?
Me alejé y te arrinconé en el silencio.
Me aparté y fingí no creer ni esperar en Ti.
Me desvié y buscaba todas las rutas, menos a la tuya.
Me abandoné, y aún tuve la cara de echarte a Ti la culpa.
Me despisté, y todo lo que tenía por felicidad, se me vino abajo.


¿Me dejas volver, Señor?
Pensé que sentenciarías como juez; fui injusto en mis juicios.
Me preocupé por pensar que, Tú, actuarías como yo.
Me costó volver atrás; las puertas cerradas me asustaban.
Me arruiné, y el amor propio podía conmigo.


¿Me dejas volver, Señor?
Me fabriqué un mundo maravilloso; sin riesgos ni obligaciones.
Me monté un mundo de ilusiones; sin preocupación por los otros.
Me desvestí de mi dignidad, ante el aplauso
de los que creí me querían y luego me dejaron tirado.
Me desnudé de todo, Señor, y –lo que es peor– también de Ti.


¿Me dejas volver, Señor?
¿Apuntarás en tu agenda del hogar mis faltas?
¿Tendrás en cuenta mi soberbia y autosuficiencia?
¿Me exigirás aquello que te pedí para malgastarlo?
¿Me darás la espalda cuando me veas venir de lejos?


¡Claro que te dejo volver, hijo mío!
Vuelve de todo aquello que pareció mejor que lo de casa.
Regresa de la orfandad donde has vivido en este tiempo.
Entra a esta, tu casa, y vístete con el traje de fiesta.
Siéntate y comparte, con tu hermano, el alimento de tu Padre.
Perfúmate para que, tu vida pasada, quede en el pasado.


Y, eso sí, ¡abrázame, hijo mío!
Porque, los hombres sois como sois,
pero, Yo, tengo un corazón de Padre,
y mi corazón, hoy más que nunca, desborda de felicidad.
¡No hay mayor dicha para un Padre que el ver de nuevo a su hijo!
¡No hay mayor sonrisa en el rostro de un Padre
que hacer feliz a un hijo!

Date prisa, hijo mío, tu tardanza me produce
más desasosiego que todas las faltas
que puedas haber cometido
en tu equivocado camino.


¡Vuelve… tu Padre te espera;
a tu hermano ya lo convenceremos!
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