24 noviembre 2009

Misa de la Esperanza 2.009 II



¿DÓNDE ESTÁ TU HERMANO? - ¿DÓNDE ESTÁ TU HERMANA?

Homilía para la XIV Misa de la Esperanza (21/11/2009)

“¿Dónde está tu hermano?” Esta pregunta que ha dado el nombre a un relevamiento en la diócesis de Quilmes, para detectar las necesidades más urgentes en nuestras comunidades, viene del libro del Génesis, y la hizo Dios a Caín, cuando éste había matado a su hermano Abel. Nos espanta la respuesta que dio Caín. “No lo sé”, le contestó a Dios y con insolencia agregó: “¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?” Hoy la pregunta se dirige a cada uno y cada una de nosotros. Vinimos acá, como todos los años, justamente para expresar que sí, que queremos hacernos cargo de nuestros hermanos. Nuestra misión de cristianos, no solamente nos motiva, sino nos obliga a asumir nuestra condición de ciudadanos y hacer valer las pautas del Reino de Dios en la vida de todos los días. Cuando hablamos del Reino de Dios, pensamos fundamentalmente en la caridad como fuerza máxima y central, que dinamiza y ordena la convivencia humana. Es la caridad social que da a los valores de la verdad, de la justicia, y de la libertad su justo lugar y nos hace amar el bien común.

¿Dónde están nuestros hermanos y hermanas? ¿Qué vemos en nuestra diócesis, y dónde debemos llegar con la buena noticia de la misericordia de Dios? Son muchas las familias que sufren la falta de trabajo y cuyos hijos concurren a los comedores de nuestras comunidades. El hambre es el signo más cruel y concreto de la pobreza. Son unos diez mil niños que necesitan la ayuda, que se les ofrece en los centros comunitarios de Cáritas. En varias casas atendemos además a niños y adolescentes que necesitan un hogar, donde padres sustitutos o religiosos y religiosas conviven con ellos permanentemente y los acompañan en su proceso de crecimiento e inserción en la sociedad. La Iglesia brinda este servicio, al cual los niños tienen un derecho y por el cual el estado debe responder. Llama por eso la atención que, a pesar de los convenios firmados, el gobierno de la provincia suspendiera varios meses la entrega de los aportes, creando una situación de gran angustia e incertidumbre para estas obras.

¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermana? Nos preocupan especialmente los jóvenes que no trabajan ni estudian. Muchos de ellos están atrapados por el paco, destrozan su salud y pasan con facilidad a delinquir. Ya los niños comienzan a consumir y necesitan contención. Bajar la edad de imputabilidad, seguramente no garantiza la protección que nuestros niños y jóvenes necesitan. Ellos están hambrientos de afecto y comprensión. Hay una gran demanda de personas aptas, en las cuales el estado debería invertir para que acompañen a los chicos. ¿No las podríamos encontrar en nuestras comunidades? Frente a este desafío enorme, pregunto a los mismos jóvenes: ¿no hay quienes sienten un llamado de Dios a integrarse en una comunidad religiosa para participar en el carisma de su fundador o fundadora, y consagrar su vida a los niños y jóvenes en riesgo?

¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermana? Es grave la situación habitacional en grandes partes de nuestra diócesis. Hay muchos lugares donde el hacinamiento no permite una convivencia que respete el espacio mínimo para cada persona, y que los haga sentirse en casa. La precariedad legal de la propiedad quita, además, a sus habitantes el estímulo de invertir y crear condiciones más dignas para la familia. Frente a esta inseguridad, muchos ni contraen matrimonio. Con la consecuencia, que van en aumento los casos, donde las madres solas tienen que hacerse cargo de los hijos. Frente a esta pobreza choca tanto más cuando vemos, que en los últimos años se están levantando barrios y edificios exclusivos, aún en plena crisis, que delatan sin pudor la inequidad social de nuestro país.

¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermana? Cunde en nuestros barrios el miedo frente a las permanentes agresiones, asaltos, robos y homicidios. Al azar se agrede a cualquiera, a veces por cosas o sumas insignificantes. Los vecinos reclaman una mayor presencia de las fuerzas de seguridad y quisieran poder confiar en las mismas.

Y hay otras situaciones que nos preocupan: Aguas contaminadas, problemas ambientales, falta de lugares para el esparcimiento, el colapso del sistema de la salud pública, la desvaloración de los abuelos, la violencia familiar, el abuso sexual, el desmembramiento de la familia, la violencia en las escuelas, la marginación de los inmigrantes de países vecinos, la corrupción de los menores en los boliches, la instalación de la droga como un mal endémico, el avance del empobrecimiento de familias que han perdido la posibilidad de sostenerse con el propio esfuerzo.

Lo que estoy enumerando, es la voz de ustedes y de sus comunidades. No lo hago como recitando una letanía de lamentos, sino para expresar que no somos fugitivos de la realidad, y que estamos acá como ciudadanos para confirmar juntos y públicamente nuestra voluntad de cargar con nuestro pueblo y nuestra patria. Lo hacemos, estando ya en vísperas del Bicentenario de nuestra nación. “Somos hermanos, queremos ser nación”, dijimos los obispos en nuestra última declaración. Sentimos que estamos inmersos en una crisis no solamente económica, sino que el problema es de orden cultural, moral y religioso. “Es una crisis religiosa porque no hemos tenido suficientemente en cuenta a Dios como Creador u Padre, fundamento de la verdadera fraternidad y de toda razón y justicia. Sin Dios estamos como huérfanos y la sombra del desamparo se expande sobre los que están a la intemperie social”. La opción de la Iglesia por los pobres no es una declaración coyuntural y pasajera, sino la expresión de nuestra adhesión a Cristo mismo quien está presente en ellos.

Ante esta realidad que identificamos, ¿cuáles son los desafíos que deberíamos asumir? A esta pregunta dieron ustedes mismos pautas muy concretas, como: Lograr una mayor concientización política de los laicos; formar equipos de pastoral social para capacitarse con talleres; involucrarnos con las demás instituciones para aunar esfuerzos; ofrecer espacios a los jóvenes y darles actividades; tener una mayor participación y “meter los pies en el barro”; salir al encuentro con los hermanos con la Palabra de Dios. Son éstas propuestas que son posibles y necesarias en las bases, desde donde se construye un país. Coinciden estas propuestas con las metas que los obispos hemos indicado en el camino hacia el Bicentenario de nuestra nación, como: Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas las formas; avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo; alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables; fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad; mejorar el sistema político y la calidad de la democracia; afianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes (cf. Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad 32-37).

La evangelización y la promoción humana siempre deben ir juntas. “En efecto”, decía el papa Pablo VI, “¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? No es posible aceptar que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y la paz en el mundo. Si esto ocurriera, sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad” (Evangelii Nunciandi 31).

La libertad de poder decirlo públicamente, fortalece nuestra Esperanza, pero también nos obliga a poner en práctica lo que proclamamos.
Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes
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