08 mayo 2009

La Virgen de Don Bosco

Comenzamos el mes de mayo y parece que todo se transforma en nuestras casas salesianas. Es un mes especial. Un tiempo que sabe a fiesta y alegría pascual, a flores y cantos a la Madre de Jesús, a fervor popular y cariño sin límites a la Virgen de Don Bosco.

Hablar de María Auxiliadora es siempre una alegría. Para mi es recordar tantos otros meses de mayo, tantas fiestas de María Auxiliadora, tantas plegarias a los pies de la Virgen como brotaron de mis labios cuando era tan solo un niño. Pero, sobre todo, es reconocer que Dios ha hecho cosas grandes en mi vida por pura misericordia y que María ha sido siempre intercesión y presencia materna en mi camino de fe.

Al escribir estas líneas, no he podido evitar que la memoria y el corazón volasen hacia los sentimientos más íntimos. De cómo nació en mí el amor a la Virgen de Don Bosco, de cómo aprendí el Rendidos a tus plantas o saludaba a la Madre cada mañana al ir clase. Recuerdo mi infancia, mi colegio salesiano, rostros, lugares, situaciones... años entrañables que quedaron atrás y de los que siempre queda la memoria agradecida y una pincelada fugaz de madura nostalgia.

En ella, algunos recuerdos particularmente gratos de los años de colegio en la casa salesiana; recuerdos que saben de alegría y de fiesta, de veladas inolvidables, de teatro y tardes de fútbol, de aulas y de patio, de amigos, de familia, de juegos y buenos momentos, de salesianos enteros, veraces y apasionados que supieron hacer crecer en mi corazón adolescente la fe en el encuentro con Jesús de Nazaret y el cariño a su madre, la esperanza de un futuro más pleno que está por llegar y el amor generoso que se acrisola en la entrega y en el compromiso cotidianos.

Años hermosos ¿sabéis? Me cautivó tanto Don Bosco que me quedé con él; heredero, también yo de su soñar profético. Y siempre, la Auxiliadora: madre y maestra, mediadora y horizonte de plenitud; siempre la sentí de casa, paseando en los patios y en mis juegos. Ha sido tantas veces fortaleza en mi debilidad y consuelo en mi tristeza; aliento en mi peregrinar en la fe, esperanza en los momentos inciertos... y siempre Auxiliadora.

Aprendí a llamarla e invocarla desde pequeño como Auxilio de los cristianos. Fue para mí, desde entonces, la Virgen de Don Bosco. Estoy seguro que también a mí, como él nos dijo, la Virgen me puso bajo su manto. Es como si en mi vida se cumpliese también la experiencia que Don Bosco nos transmitió: en nuestra familia, todo lo ha hecho ella.

Y así ha sido. No puedo desvincular mi vocación salesiana de la mediación materna de María; no me comprendo a mí mismo sin la cercanía entrañable de la Madre de Jesús en tantos momentos de la vida; no concibo mi maduración espiritual sin la devoción recia y filial a Santa María.

También en mí la confianza se hizo milagro cotidiano por su mediación materna y en tantas ocasiones mi agua se convirtió en vino por la palabra del Señor. Y comprendí sus palabras: Haced lo que él os diga.

Eso traté de hacer cuando el mismo Jesús me pidió ir tras Él. Y entonces descubrí que María me precedía en el seguimiento de su Hijo intercediendo siempre, consolando siempre, alentando la esperanza siempre. Y en los momentos más duros, las palabras de Jesús: “Ahí tienes a tu Madre”. También yo quisiera, como el discípulo amado, acogerla como lo más precioso que nos dejó su Hijo.
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