15 abril 2015

Monseñor Romero a los altares

por Victor Codina

El día lunes 24 de marzo de 1980, dos días después del asesinato de Luis Espinal en La Paz, un jeep se detuvo unos segundos ante la puerta de la capilla del hospital de La Providencia de San Salvador, donde celebraba la eucaristía Mons. Romero y un experto francotirador le disparó al pecho. Romero cayó ensangrentado y mortalmente herido; camino del Policlínico pronunció sus últimas palabras: “Que Dios les perdone”.

¿Por qué mataron a Romero? Un campesino salvadoreño lo expresó sencillamente: “Monseñor Romero dijo la verdad. Nos defendió a los pobres. Y por eso lo mataron”. Un día antes de su asesinato, Romero en su homilía dominical en la catedral, había pedido y ordenado al ejército en nombre de Dios y del sufrido pueblo salvadoreño que cesase la represión. Estas proféticas palabras que resumen lo que Romero había dicho y hecho durante sus tres años de arzobispo, fueron sin duda el detonante último de su muerte.
Romero denunció la injusticia del país, la absolutización de la riqueza por parte de un pequeño grupo oligárquico, el servilismo de los militares a los oligarcas, el apoyo norteamericano a un sistema inhumano, la corrupción de la justicia, las mentiras de los medios de comunicación social, las torturas y asesinatos al pueblo pobre. Sus denuncias iban acompañadas de un llamado a la conversión al evangelio de Jesús, al Dios de la vida cuya gloria consiste en que el pobre viva.
El mismo Romero tuvo su “conversión” al evangelio y pasó de una vida piadosa pero ligada a los poderosos y a los cristianos tradicionales, a un acercamiento al Dios de los pobres. Los pobres, el clamor de su sufrimiento, los muertos que tenía que ir recogiendo cada semana, le enseñaron a leer el evangelio, lo convirtieron a una fe unida a la justicia.
No le faltaron dificultades e incomprensiones de parte de sus hermanos en el episcopado y a veces incluso de parte de Roma. Se le acusaba de ingenuo, de revolucionario marxista, de fomentar la violencia. Su causa de beatificación fue bloqueada durante años en el Vaticano.
Ahora el Papa Francisco ha desbloqueado su causa, ha reconocido que Romero murió mártir y ha anunciado su beatificación para el 23 de mayo de 2015.
Esta beatificación, más allá de la alegría del pueblo salvadoreño y latinoamericano, confirma que Romero tenía razón, que fue un hombre de Dios, un verdadero profeta del Reino, un pastor que no solo olía a oveja sino que, como Jesús, dio la vida por el pueblo. No fue un teólogo, sino un pastor que hizo creíble la fe. Con Romero Dios visitó El Salvador y América Latina. Su vida y su muerte se asemejan a la de Jesús de Nazaret.
Hace ya años que el pueblo salvadoreño le tiene por santo, guarda su retrato en su casa, va a rezar a su tumba, pone a sus hijos los nombres de Óscar o de Romerito. Ahora Romero sube a los altares, su vida es un ejemplo. Si ser cristiano es vivir como vivió y murió Romero, vale la pena ser cristiano hoy.
Se realiza el poema que hace 35 años escribió el obispo de Brasil, Pedro Casaldàliga:
San Romero de América, pastor y mártir nuestro, (…),
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa,(…)
América Latina ya te puso en la gloria de Bernini,(…)
¡nadie hará callar tu última homilía!
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