16 febrero 2014

¡Pobre hombre!

Soren Kierkegaard, en su obra titulada “El Instante” donde él recoge lo que considera “lo decisivo”, escribió la siguiente reflexión: “Cuando un hombre tiene dolor de muelas, el mundo dice “pobre hombre”; cuando la mujer de un hombre le es infiel, el mundo dice “pobre hombre”; cuando un hombre está en apuros económicos, el mundo dice “pobre hombre”.- Cuando le place a Dios sufrir en este mundo en la figura de un pobre siervo, el mundo dice “pobre hombre”: cuando un apóstol por encargo divino tiene el honor de sufrir por la verdad, el mundo dice “pobre hombre”. ¡Pobre mundo!”
Kierkegaard redactó esta reflexión desagradable, utilizando un lenguaje aún más desagradable, poco antes de su muerte, en 1855. No me importa el lenguaje. Ni siquiera el contenido, por más disonantes que lenguaje y contenido puedan resultar. He seleccionado a posta esta dura y torpe reflexión de “El Instante” porque me da pie para decir algo que llevo en el alma y que, por lo que a mí se me antoja, es de esas cosas que tocan fondo en la vida.
No me refiero al machismo. Ni al elogio, tópico y barato, de lo femenino. Todo eso lo doy por supuesto. Y por aceptado, si es que hablamos de gente con cabeza. Y gente de bien. Lo que quiero decir es que el texto de Kierkegaard, que he citado, pone el dedo en la llaga. Se trata de la relación determinante, que existe en nuestras vidas, entre “aprecio” y “sensibilidad”. Es un hecho que somos sensibles a lo que apreciamos. El que tiene su aprecio, su estima, su valoración suprema en el macho, el varón, el poderoso, el intelectual, el importante, el selecto..., ése es sensible a las leyes, las costumbres, las normas, los privilegios, los éxitos, los derechos y los poderes del macho, del selecto, del influyente, del importante.... Lo que supone que, a la hora de la verdad, le importa un bledo que a las mujeres “las pongan en su sitio”, que a los incultos los traten como “se merece” su incultura, que los ignorantes tengan menos derechos que los escogidos. Y así sucesivamente.
La sensibilidad es la clave. Y la clave de la sensibilidad es la estima. Vivimos según aquello a lo que somos sensibles. Y somos sensibles ante la suerte o la desgracia de aquellos a quienes estimamos. ¿Por qué las gentes de África viven hundidos en la miseria en que viven? Porque somos más sensibles al brillo y al lustre de nuestras universidades y de nuestros títulos que al dolor, a la humillación y al sufrimiento de los que se mueren de hambre o se matan a tiros por ganarse la miseria que les damos para que se dejen robar el coltan que los países industrializados utilizamos para la tecnología punta (en informática, teléfonos móviles, etc). Y como ésta, ¡hacemos tantas...!
¿Hemos perdido la cabeza? No. Hemos desquiciado nuestra sensibilidad. Ser los selectos, ser los famosos, ser los importantes..., cualquier cosa de ésas nos interesa más que el dolor de quienes se hunden cada día más y más en la miseria y la muerte. Nuestra ideas son ortodoxas, para unos; avanzadas, para otros. ¡Faltaría más! Pero podemos estar seguros de que ni la ortodoxia de unos, ni el progresismo de otros, nada de eso es lo que va a poner algo de kosmos (orden) en el kaos (desorden). Y, menos aún, nuestros mejores logros - ésos que más inflan nuestro ego - nada de eso va a conseguir que la humanidad y la bondad del Evangelio sean el motor de este mundo desbocado.
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