21 agosto 2013

Mirar el Ombligo


por Eduardo de la Serna

Es fascinante el ombligo. Desde la película “el Tambor” mostrándolo como sumamente erótico, lo que ya está afirmado en el libro bíblico del Cantar de los Cantares, hasta los piercings, el ombligo ocupa un primer plano. Para el Talmud el ombligo del mundo es Israel, y para los Incas lo era el Cuzco. Es el centro del hombre, como el maravilloso dibujo de Leonardo Da Vinci lo muestra. Ombligo dice “centro”, entonces.

Pero algunos creemos –por el contrario- que “mirarse el ombligo” nos des-centra. Es evidente que hay propuestas sociales, económicas, políticas, religiosas que proponen centrarnos en nosotros mismos, nos proponen volver al ombligo, estar bien con nosotros mismos, sentirnos en paz. Cuando un pueblo se cree “el ombligo del mundo”, precisamente es eso lo que hace, mirarse a sí mismo y pretender que todos los demás estén a nuestro alrededor. Como “somos el centro”, somos “el todo”, llaman Mundial una guerra en la que combatieron los países centrales, o afirman que estamos aislados del mundo cuando esos mismos países nos ignoran (como si alguna vez no lo hayan hecho). Todo gira en torno a ese centro, y no hacerlo –supuestamente- nos saca de órbita. Somos desorbitados. Y no sería justo negar que la tendencia frecuente que todos tenemos es “mirarnos el ombligo”, ponernos en el centro, y pretender –consciente o inconscientemente- que el resto gire a nuestro alrededor. Uno de los éxitos simbólicos del modelo capitalista es –precisamente- ese mirarnos a nosotros mismos, aunque sepamos que es pura publicidad, porque si hay algo que no hace ese modelo es permitir que nos centremos en eso. El centro se corre hacia el Capital, y el Dios dinero se posiciona haciendo que todo gire en torno a él y haciéndonos creer que nos beneficiamos de su calor y su luz. Y nos hace creer que todo eso es en nuestro favor. Muchas de las campañas publicitarias, políticas, etc. nos ponen en el centro, o –para ser precisos- nos hacen creer ilusoriamente que estamos en el centro (“tu felicidad”, “tu seguridad”, “ella o vos”, “tu plata”, tus dólares, tus viajes…). 

El Evangelio, en cambio, con su propuesta universal del amor nos dice que el centro está en “el otro” (de eso se trata el amor), y en especial en el pobre. Ciertamente es otra la sociedad, otra la cultura, otro el proyecto si se pone a los pobres en el centro. Quienes tenemos experiencia del mundo de los pobres, quienes “con los pobres de la tierra, mi suerte quiero yo echar” (J. Martí), descubrimos que hay otros centros y des-centramientos. 

Una de las tendencias habituales de la persona humana es volver una y otra vez la mirada a su ombligo, una y otra vez mirarse a uno mismo antes que “al otro”. Y muchas de las propuestas de la publicidad (comercial o política, si es que no es lo mismo) es invitarnos a mirar la belleza erótica de nuestro propio ombligo. Y pensar, hablar, optar desde él antes que desde el otro. Muchas de las preocupaciones principales de muchos y muchas pasa por el propio ombligo. 

A lo mejor la cosa sería distinta si eligiéramos antes que eso, mirar a los ojos llorosos o sonrientes de los niños, los ancianos, los pobres; de esos que están a nuestro lado, o que son tapados, silenciados, ninguneados o invisibilizados por la publicidad que –aunque me quiera hacer creer que está “centrada” en mí- sólo pretende mi voto o mi compra. A lo mejor, no creernos el centro del mundo, nos aliviaría de frustraciones, y nos permitiría sentirnos parte de un pueblo, nos permitiría salir de ese “centro” ficticio poniéndonos en otro centro, ese que Jesús llamó “el reinado de Dios”. A lo mejor corrernos del centro y mirar las periferias nos permitan descubrir que en el servicio a los pobres podemos encontrar sentido, podamos evitar que mirándonos el ombligo terminemos dándoles la espalda a las hermanas y hermanos, podamos descubrir que un abrazo compartido pone el centro en otro lugar y el ombligo se dedica solamente a juntar pelusa.



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