02 octubre 2012

Evangelio según San Marcos 10,2-16.

Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: "¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?".
El les respondió: "¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?".
Ellos dijeron: "Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella".
Entonces Jesús les respondió: "Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes.
Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer.
Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre,
y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne.
Que el hombre no separe lo que Dios ha unido".
Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto.
El les dijo: "El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella;
y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio".
Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron.
Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: "Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.
Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él".
Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.


Leer el comentario del Evangelio por
Cardenal José Ratzinger [Papa Benedicto XVI]
Retiro predicado en el Vaticano, 1983

 

“El que no acoge el reino de Dios como un niño, no entrará en él”

        Es asombroso comprobar la importancia que Jesús le atribuye a un niño, ante todos: “Yo os digo, si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios" (Mt 18,3). Ser niño, no es para Jesús una etapa puramente pasajera de la vida del hombre, derivada de su destino biológico, y destinada a desaparecer totalmente. En la infancia, lo que es propio del hombre se realiza de tal manera, que aquel que perdió lo esencial de la infancia, se ha perdido a sí mismo.
        A partir de esto, y desde el punto de vista humano, podemos imaginar cualquier recuerdo feliz que Cristo guardaba de los días de su infancia, puesto que la infancia había sido para él una experiencia preciosa, una forma particularmente pura de humanidad.

        Por tanto de ahí, podremos aprender a respetar al niño que, desarmado, reclama nuestro amor.Pero esto plantea la siguiente cuestión: ¿cuál es exactamente la nota característica de la infancia, que Jesús considera como irreemplazable?... Hay que recordar en primer lugar, que el atributo esencial de Jesús, el que expresa su dignidad, es el de "Hijos"... La orientación de su vida, el motivo originario y el objetivo que lo modelaron, se expresan en una sola palabra: "Abba, Padre muy amado" (Mc 14,36; Ga 4,6).

        Jesús sabía que no estaba sólo y, hasta su último grito en la cruz, obedeció al que llamaba Padre, entregándose totalmente a él. Esto nos permite explicar que hasta el final, se hubiera negado a llamarse rey, o señor, o a atribuirse algún otro título de poder, pero que sí hubiera recurrido a un término que podríamos traducir por "hijo".
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