06 agosto 2012

DIOS HABITA EN LA CIUDAD

Aportes de Aparecida para una nueva Pastoral Urbana
en América Latina y el Caribe

                                                                           Jorge R. Seibold S.J.

         No cabe duda de que la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que acaba de finalizar a fines de mayo último, ha sido a juzgar por la opinión de la mayoría de sus participantes y observadores un  verdadero acontecimiento eclesial fruto del Espíritu[1]. Toca ahora a las Iglesias  locales de toda esta extensa región del Pueblo de Dios que es Latinoamérica y el Caribe tratar de extraer de ello las mejores consecuencias.
         No se trata para ello de empeñarse en llevar a la práctica lo dicho o lo recomendado en el Documento final de Aparecida, como si él fuera un catálogo o una agenda de cosas a emprender. Esa actitud sería desconocer el verdadero mensaje que hoy nos comunica Aparecida. Aunque parezca mentira Aparecida enseña más por el “tono”, que por el “contenido”, que en algunas de sus partes no deja de ser rico y substancioso. Un “tono” de fraternidad en las diferencias, que privilegia más el diálogo y el  encuentro, que la ruptura y la división. Un “tono” que invita a reconocer la vida del Espíritu que animó no solo a los participantes de Aparecida que sesionaban en el subsuelo de la Basílica,  sino también al pueblo fiel, que hacía resonar su plegaria en el Templo, acompañados por la “madre” de Aparecida, que fue “madre” de todos.
         Este Congreso Internacional de Pastoral Urbana, que tiene por título “Dios habita en la Ciudad”, tuvo ya por ello en Aparecida su primera manifestación. En verdad Dios “habitó” en esos días en Aparecida y lo hizo con mucho signos y señales, como un nuevo Pentecostés,  como para hacernos  comprender a todos que Dios también “habita en nuestras Ciudades” de América Latina y  del Caribe. Afirmados en esta evidencia de fe quizás podamos ahora con el fervor del Espíritu vivir como discípulos y anunciar como misioneros esta “Buena Noticia” de Jesús a todos nuestros conciudadanos, para que “nuestros Pueblos en Él tengan Vida”, tal como lo dice el Lema de la Conferencia.
         El “Documento conclusivo de Aparecida” (DA)[2]  da a la Pastoral Urbana, como luego veremos en su detalle, un tratamiento que puede decirse privilegiado en relación a otros temas. Hasta tal punto que muchos pastoralistas urbanos de América Latina y el Caribe se vieron gratamente sorprendidos cuando se encontraron con esos textos. A decir verdad el “Documento de Síntesis”(DS)[3], previo a Aparecida dejaba mucho que desear en cuanto a la “Pastoral Urbana”.
El documento “Síntesis” tenía  fundamentalmente dos menciones al tema. Una se hallaba  en la primera parte del documento dedicada al “ver”  (DS  68). Es un breve diagnóstico sobre la problemática que hoy enfrentan las grandes ciudades en América Latina y el Caribe. Es una síntesis muy bien hecha, donde se contiene justamente la expresión que preside este Congreso “Dios habita en la ciudad” (DS  68 inicio). Pero la segunda mención del tema que se halla en la tercera parte del Documento dedicada al “obrar” (DS 343) era realmente muy pobre al lado de toda la problemática que en apretada síntesis había insinuado el nº 68. E incluso mucho más pobre que lo dicho quince años atrás por la IV Conferencia de Santo Domingo al referirse a la Pastoral Urbana  (cfr. Documento de Santo Domingo, nn. 255-262).  Gracias a Dios el Documento final de Aparecida suple con creces esas deficiencias del Documento de Síntesis y nos aporta un rico material que vamos a analizar en el contexto de esta conferencia.
         Para ello nos ha parecido bien dividir esta conferencia en tres momentos donde trataremos diversos aportes de Aparecida. En el primero trataremos de visualizar en una perspectiva más teológica y espiritual el Misterio de Dios que habita en la Ciudad. En el segundo  momento veremos la compleja trama cultural y social con la que se entretejen y se conforman  nuestras actuales ciudades latinoamericanas y caribeñas. Finalmente en el tercer momento presentaremos las líneas fundamentales de lo que podríamos llamar el nuevo “paradigma” o, para decirlo con las mismas palabras del Documento final, la  “nueva pastoral urbana” (DA  517 inicio) que nos propone Aparecida.



1.- El Misterio de Dios en la Ciudad

         Antes de hablar de Pastoral Urbana es necesario detenerse a contemplar el Misterio de Dios que habita en la Ciudad. El documento de Aparecida nos ayuda a contemplarlo cuando nos invita a dejarnos iluminar por la fe. Ella nos enseña que “Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos” (DA 514 inicio). No se trata de una contemplación pura de Dios, sino de una contemplación donde Dios se muestra en las múltiples experiencias humanas que pasan por la ciudad, tanto las que llenan de alegría y gozo, como las que sumen en la angustia a sus habitantes. Tampoco las “sombras” de la vida citadina como son la “violencia, pobreza, individualismo y exclusión” pueden “impedirnos que busquemos  y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos” (Ibid.). El Dios de la vida está también allí donde ella es negada. Él es el samaritano que sostiene a las víctimas, que lava sus heridas y las unge con aceite. Cuando uno lo hace por su prójimo el mismo Señor se hace allí presente. Pero aún todavía se hace más presente en los “lugares de libertad y oportunidad”, que brindan las ciudades a las personas “para interactuar y convivir con ellas…y experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad” (Ibid.). En las ciudades somos invitados constantemente a “caminar  siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él” (Ibid.).
         Este movimiento de acercamiento ciudadano es el mismo movimiento por el que Dios se hace manifiesto en medio de la Ciudad. Por eso el nº 534 nos plantea en un hermoso texto bíblico sacado del Apocalipsis el “proyecto de Dios”, que no es otro que “la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén”, que baja  del cielo, junto a Dios, “engalanada como una novia  que se adorna para su esposo”, que es “la tienda de campaña que Dios ha instalado entre  los hombres. Acampará con ellos;  ellos serán su Pueblo y Dios mismo estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido” (Ap.21,2-4). Y este “proyecto  de Dios” no tendrá cumplimiento sólo al final de los tiempos, sino ya desde ahora está en obra, “realizándose en Jesucristo” y en la historia humana. La “Ciudad” se hace así símbolo del “Pueblo de Dios” reunido y congregado por el mismo Dios que habita en su seno.
         Esta perspectiva de un Dios que habita en su Pueblo y de un Pueblo que se siente en Dios será retomada en el Documento de Aparecida de un modo muy peculiar y original cuando se hable de la “religiosidad popular” o “piedad popular” (DA 258-265). El Papa Benedicto recalcó la “rica y profunda religiosidad popular, en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos”(DI 1)  y la presenta como “el precioso tesoro de la Iglesia Católica en América Latina” (Ibid, DA 258). En una importante sección ubicada en el capítulo 6 de la Primera Parte del Documento de Aparecida se habla de los valores de esta religiosidad popular confirmando lo ya dicho en otros Documentos eclesiales como la Evangelii Nuntiandi (EN 48) y el Documento de Puebla (DP 444) (cfr. DA 258).
         Pero el Documento conclusivo de Aparecida da todavía un nuevo paso en avance, en relación a Puebla y a Santo Domingo, cuando a esta “religiosidad popular” la designa con el nombre de “espiritualidad popular” (DA, 263) y todavía más cuando la llama “mística popular” (DA 262 fin) fin). Aquí la expresión “espiritualidad” está tomada en sentido fuerte y se refiere  “al impulso del Espíritu,  a su potencia de vida  que moviliza y transfigura  todas las dimensiones de la existencia” (DA 284). El Documento final de Aparecida es el primer Documento de Iglesia  que de un modo expreso le otorga a la “religiosidad” vivida por nuestro pueblo fiel y sencillo el carácter de “espiritualidad popular” e incluso mucho más al darle el nombre de “mística popular”. Esta nueva caracterización es de vital importancia para comprender mejor el tema de “Dios habita en la Ciudad”. El fenómeno de la “religiosidad popular” no es algo privativo de los medios rurales, sino que pertenece con igual derecho al medio citadino y que, además no está reservado sólo a unos pocos, sino que está destinado a ser vivida por todo el pueblo de Dios.
         Durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a ver el fenómeno místico o las experiencias que brotan de ese contexto  como circunscrito a determinadas personas que habían recibido de parte de Dios gracias excepcionales, como una Santa Teresa de Ávila, un San Juan de la Cruz, un San Francisco, un San Ignacio, y muchos otros, que no solo vivieron con Dios profundas experiencias espirituales y místicas, sino que también legaron a sus discípulos muchas de esas gracias que conformaron diversos estilos particulares de seguimiento de Jesucristo, dentro de la única tradición Cristiana y a las que se denominó “espiritualidades”. Así hoy hablamos de “espiritualidad carmelitana”, que sigue los caminos de Teresa y San Juan de la Cruz, “espiritualidad franciscana”, que sigue los caminos de San Francisco, la “espiritualidad ignaciana” que sigue los caminos de San Ignacio y así de otras. Todas estas “espiritualidades” son caminos en el Espíritu, y no se comprenden  sin la presencia y actuación del Espíritu. Por extensión ese nombre se ha extendido  para designar a diversas espiritualidades vividas por movimientos de laicos y consagrados que viven y trabajan con diversas vocaciones en la Iglesia de hoy. Pero cuando se trataba del pueblo en su vida religiosa no se hablaba así. Más bien se hablaba de “prácticas religiosas”, de “piedad popular” o a lo más de “religiosidad popular”, que el pueblo sencillo podía practicar. Con lo cual, si bien se reconocían y se admitían estas “prácticas   piadosas” como era rezar el Rosario o realizar una peregrinación, sin embargo  se deslizaba en muchos  un cierto prejuicio que ubicaba a esta religiosidad como de “segunda categoría” al atribuírsele un modo de realización  meramente exterior. El Documento final de Aparecida revierte este juicio y nos invita a ver más en profundidad lo que sucede en el corazón de estos creyentes  populares cuando son movidos por el Espíritu de Dios. Por eso el documento habla de una verdadera y genuina “espiritualidad popular” y más aún todavía de una “mística popular”. El Documento de Aparecida lo dice expresamente: “No podemos devaluar la espiritualidad popular, o considerarla un modo secundario de la vida cristiana, porque sería olvidar el primado de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del amor de Dios” (DA 263 inicio).
         Esta vida espiritual profunda de nuestro catolicismo popular Latinoamericano y Caribeño puede ser avalado a lo largo de su amplia geografía y de su ya multisecular historia. El Documento de Aparecida lo expresa bellamente y de una manera muy sintética. Nosotros invitamos al lector a que lo saboree en ese rico apartado del párrafo 6.1.3 titulado “La piedad popular como espacio de encuentro con Jesucristo” (DA 258-265). Nosotros extenderemos  nuestra mira espacial y temporalmente para presentar en apretada síntesis algunos de los signos más característicos de esa profunda vida “en el Espíritu” que vive nuestro pueblo sencillo y humilde[4].
         Uno de esos signos es la “irrupción” del Misterio de Dios en la vida de esos fieles, como le ocurrió al indiecito Juan Diego en los albores de la evangelización americana al recibir la visita de la Virgen de Guadalupe en el montecillo del Tepeyac en México. La Virgen lo introduce en el Misterio Divino de su Hijo  Jesucristo “por quien se vive” y de su Designio de Salvación, del cual Juan Diego será un humilde servidor. Pero esta “irrupción”  de Dios por medio de la Virgen  y el ministerio de Juan Diego, dará sus frutos y prolongará sus efectos a través del tiempo. Alcanzó  no sólo a los indígenas, que se convertían a la nueva fe, sino también a los mismos españoles y, luego, a los criollos y mestizos que asumieron en aquellas tierras el compromiso de vivir en sus vidas la Buena Noticia del Reino de Dios. Y todavía hoy ese “Código Divino”, que es la imagen de Ntra. Sra. de Guadalupe, estampada en la tilma de Juan Diego, sigue “irrumpiendo” en el alma de miles y miles de devotos, que se acercan a su Santuario del Tepeyac para venerarla y recibir de  ella a su divino Hijo por quien tienen vida.
         Los numerosos Santuarios en América Latina y el Caribe, consagrados a la Virgen  en sus diversas advocaciones, al Señor en sus diversos misterios y a los Santos, son lugares excepcionales donde los fieles muestran las expresiones más ricas de sus devociones populares. En ellas pueden encontrarse muchos rasgos de vida mística. Así su profundo silencio ex– tático que los hace presentes ante la imagen viva de su devoción, casi sin musitar palabras y sólo acompañados por algunos cirios ardientes y de alguna ofrenda puesta a los pies de la imagen, que hablan por ellos mismos. Todo ello con un despojo total de sí y de entrega incondicional a Dios. Ámbito sagrado  que sólo habla de amor, pero  no en abstracto, sino ligado a necesidades vitales, angustias, temores, encuentros y desencuentros, rupturas, tanto propias como ajenas. Todo el marco de una vida llena de realizaciones y también de conflictividades está allí. Y todo esto fluye en medio del silencio exterior  y suele terminar con alguna oración vocal y algún gesto de ternura que los fieles expresan cuando se acercan a la imagen para tocarla y besarla, como para sellar la despedida. Gestos “místicos” del “toque” y del “beso”, que expresan la unidad del afecto y de la cercanía, que unen a los creyentes con la Divinidad, la Virgen y los Santos. Todo ello hace que la “mística popular” pueda ser caracterizada mejor por su carácter “familiar”, que por su carácter “nupcial”. Y esto no disminuye en nada la radicalidad del Amor que los fieles tienen para con Dios, pero que también sienten por sus prójimos, más allá de sus relaciones de parentesco. Con ello los fieles de nuestro pueblo no hacen otra cosa que responder al llamado de Cristo en la última Cena: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 15,12). Y este llamado de Cristo es para todos y no solo para que lo vivan algunos o un pequeño grupo de discípulos. Es el precepto fundamental que preside la vida mística de los fieles. De este modo las comunidades fraternas que entretejen con el Amor la vida de la Ciudad alimentan los espacios donde Dios habita en el corazón de sus fieles.  
         Pero también en la vida cotidiana suelen los fieles “sentir” la presencia de Dios de un modo peculiar. Así lo confiesan cuando dicen: “Lo siento a Dios muy dentro mío” y señalan con la mano el pecho para mostrar el lugar del “toque”. Otras veces confiesan vivir verdaderas experiencias trinitarias, sintiéndose inclinados a adorar a las diversas Personas Divinas según lo que el Espíritu les comunica. Y esto con mucho sentimiento y calor interior a semejanza de Santa Rosa de Lima, esa santa laica Limeña, que vivió a fines del siglo XVI y comienzos del XVII en la Lima Virreinal. Rosa vivió una mística propiamente popular. Cuando se le preguntó, qué experiencia de Dios tenía, respondió: “Que luego le venía al alma y al corazón un calor sobrenatural suavísimo, con una fragancia de rayos de gloria, al alma y al interior sensitivo, que siempre le parecía que iba en aumento”[5]. Estas experiencias íntimas de Dios muestran cómo también Dios habita en lo profundo de la ciudad de los hombres.
         Pero esta familiaridad con las personas divinas, tan propias de la religiosidad popular, se transmite también a las relaciones que los fieles mantienen también con la naturaleza, a la que muchos viven como un Misterio Divino en el cual están insertos. Por eso deben respetarla y cuidarla. Profundo sentido ecológico que muchos de nuestros contemporáneos lamentablemente han perdido. Nuestras grandes Ciudades Latinoamericanas y Caribeñas al reducir sus espacios públicos, sus parques y lugares de esparcimiento al aire libre, han ido cerrando más y más el camino a la contemplación de la naturaleza. Como le sucedía a aquella señora del interior del país, que al tener que vivir en un pequeño cuarto alquilado de una gran ciudad, se sentía en el interior de su pieza como ahogada y extrañaba aquellas noches en su tierra natal, cuando dormía en un amplio camastro en el medio del patio de su casa rural,  acompañada y cubierta por las hermosas estrellas que relucían sobre ella en la noche.
         Pero la ciudad también tiene también otros estrangulamientos que ponen en entredicho la habitacionalidad de Dios en medio de la Urbe. Muchos deben pasar en la ciudad por situaciones muy extremas de vida y de sobrevivencia. En tales pruebas los creyentes acuden a su fe, que les es fuente de nuevas energías para enfrentar todos los desafíos y adversidades. Sin embargo a veces las pruebas son tan duras y dolorosas que hasta el mismo Dios parece “ausentarse” y hasta “desaparecer”. Son las “noches oscuras”, de las   que hablaban los místicos, y que ahora hacen suyas los más humildes, aquellos que no tienen nada ni nadie en quien confiar. Son estas situaciones donde todo parece zozobrar. Donde no se hace pie, sino en sí mismo y en su irreductible precariedad, que sólo espera el momento menos pensado para derrumbarse y desaparecer. Es en esas trágicas circunstancias, que brota como gesto místico extremo, aquel mismo grito que profirió Cristo en la Cruz: “¡Dios mío, Dios mío, ¿porque me has abandonado?!” (Mc. 15,34). Y esta situación extrema, en la que podría pensarse de que Dios está ausente, es, sin embargo, la más plena de las experiencias místicas, porque proferida esa exclamación en el más cruel desamparo humano, surge sin embargo desde ese mismo desamparo la voz del Espíritu, que clama a Dios por boca de sus fieles, como más de una vez lo hizo por la boca de Cristo. Tal es el misterio profundo de un Dios que ha optado por vivir en la comunidad humana de la Ciudad y que la sostiene hasta en sus más grandes pruebas y falencias.
         La V Conferencia de los Obispos de América latina y el Caribe al reconocer en el seno y en el corazón de nuestros pueblos la presencia de una “espiritualidad popular” y hasta de una “mística popular” invita a los Pastores a cuidarla y a cultivarla como uno de sus tesoros predilectos. Pero la presencia de Dios o el habitar de Dios no se reduce a estar circunscrito a los valores y experiencias que cultiva el pueblo de Dios en sus dimensiones meramente religiosas. Lo religioso desborda y asume toda la realidad, especialmente las realidades sociales, culturales, políticas, económicas, etc. Estas realidades también tienen que significar claramente que Dios habita en la Ciudad. Esto nos invitar a adentrarnos en la trama social y cultural de la Ciudad. Y nos ayudará a ver mejor cuáles son los grandes desafíos que las ciudades latinoamericanas y caribeñas hoy le presentan a la Pastoral urbana que veremos, más adelante, en un tercer momento.

2.- La trama social y cultural de la Ciudad.     
        
         El capítulo 2, titulado “Mirada de los discípulos  misioneros sobre la realidad”, del Documento conclusivo de Aparecida, nos da en una gran visión las principales características que presenta la realidad Latinoamericana y Caribeña en un amplio “ver” que interpela a nuestros ojos de discípulos y misioneros en orden, luego, a bosquejar la Misión y la Tarea Pastoral. La realidad Latinoamericana y Caribeña es analizada en diferentes y sucesivos tópicos, donde se examinan diversas situaciones como son la “sociocultural”, la “económica”, la “socio-política”, y se plantean diversos problemas como son la “biodiversidad”, la “ecología”, las regiones de la “Amazonia” y de la “Antártida”. Finalmente se trata la problemática de los pueblos “indígenas” y de los “afroamericanos”. Nosotros no haremos un análisis detallado de estos apartados, por demás interesantes,  ya que nos apartaría demasiado del análisis y de los conflictos que se dan en el entramado urbano. Sin embargo todo eso tiene mucho que ver con las ciudades y las problemáticas que allí se despliegan. La ciudad se ha vuelto una realidad global y al mismo tiempo muy particular. Al entrar en cualquier ciudad Latinoamericana o Caribeña inmediatamente experimentamos la extraña sensación de estar ante algo muy conocido por pertenecer a la cultura global, que nos envuelve a todos, y al mismo tiempo nos encontramos con algo muy distinto  por su pertenencia  a su cultura propia y autóctona, muy distinta de la del visitante. Como lo dice muy bien el documento de Aparecida en su capítulo 10 dedicado a la Pastoral Urbana: “Las grandes ciudades son laboratorios de esa cultura contemporánea y plural” (DA  509 fin). 
Lo que más nos interesa ahora destacar es la “hibridación cultural” que es un fenómeno fundamental en nuestras ciudades, como bien lo ha planteado García Canclini [6]. En esta línea el Documento de Aparecida trae  una breve y concisa descripción de lo que son nuestras ciudades Latinoamericanas y Caribeñas al decir: “La cultura urbana es híbrida, dinámica y cambiante, pues amalgama múltiples formas, valores y estilos de vida, y afecta a todas las colectividades. La cultura suburbana es fruto de grandes migraciones de su población en su mayoría pobre, que se estableció alrededor de las ciudades en los cinturones de miseria. En estas culturas los problemas de identidad y pertenencia, relación, espacio vital y hogar son cada vez más complejos” (DAP 58). 
Por tanto podemos decir que nuestras ciudades son realidades “multiculturales” lo cual no significa solamente que están conformadas por diversos colectivos o mosaicos culturales, sino, además, que ellos mismos también se hallan constituidos en su identidad u hostigados por otras realidades culturales que los interpenetran o que al menos los circundan dentro de un mismo marco citadino. Hoy es bastante común observar en nuestras grandes ciudades que muchos de nuestros citadinos están conformados por un imaginario “híbrido”, que no quiere decir “indeferenciado”,  donde pueden detectarse en una misma persona rasgos “tradicionales”, “modernos” y “posmodernos”[7]. Es por esta razón que ahora nos proponemos presentar en apretada síntesis un análisis de lo que se entiende hoy por “multiculturalidad” y sus diferentes interpretaciones[8]. Creemos que este análisis puede ayudarnos a comprender la complejidad de nuestras urbes Latinoamericanas y Caribeñas y por ende a esbozar mejor los desafíos que hoy le plantea la Ciudad a nuestra pastoral urbana.
         Partimos de un hecho, evidente a nuestros ojos y comprobado fehacientemente por las Ciencias sociales y antropológicas, que nuestras sociedades y por consiguiente también nuestras ciudades Latinoamericanas y Caribeñas son “multiculturales”. Como una primera aproximación podríamos definir una “sociedad multicultural” como una sociedad donde conviven variadas formas de culturas que interaccionan entre si de muy variados modos. Como lo dice el Documento de Aparecida la “cultura en su comprensión  más extensa representa el modo particular con el cual los hombres y los pueblos cultivan su relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana” (DA 476). Pero esta cultura no es la misma para diversos colectivos sociales. Así en un  mismo espacio pueden darse diversas culturas. El Documento de Aparecida reconoce la variedad de estas formas culturales al decir: “la riqueza y la diversidad cultural de los pueblos de América Latina y El Caribe resultan evidentes. Existen  en nuestra región  diversas culturas indígenas, afro americanas, mestizas, campesinas, urbanas y suburbanas” (DA 56). Y un poco más adelante agrega: “estas culturas son dinámicas y están en interacción permanente entre sí y con las diferentes propuestas culturales” (DA 57 fin). No se trata de diferencias meramente raciales, sino también de diferencias de estratos sociales, de relaciones económicas, de género, lingüísticas, políticas, culturales, religiosas, etc.
         Puede decirse que hay prácticamente unanimidad al juzgar el  “fenómeno multicultural”, salvadas cuestiones empíricas, que siempre serán  infinitas e imposibles de sujetar bajo un denominador común. Pero muy diversa cuestión es la interpretación de este “fenómeno multicultural”. Aquí hay variadas posiciones[9]. Nosotros señalaremos las tres que nos parecen las más importantes en la actualidad.
         A la primera la designamos con el nombre de “multiculturalismo etnocentrista” o simplemente “Monoculturalismo”. La segunda es el así llamado “Multiculturalismo liberal” y la tercera es el “Multiculturalismo intercultural” o más simplemente “Interculturalidad”.
         Esbocemos brevemente sus principales características, dejando para la bibliografía especializada, que es mucha, los detalles y pormenores. Lo substancial del “Monoculturalismo etnocentrista” es afirmar en el “multiculturalismo” la existencia de variadas culturas, pero al mismo tiempo afirma la primacía de una de ellas, de tal manera que esta sería “hegemónica” en relación a las restantes. Esta afirmación justificaría su rol “etnocentrista” y “asimilador” de las restantes culturas. Su tendencia la lleva a negar la variedad cultural y a presentarse como la expresión definitiva de una única cultura, la que será claramente dominante. Las políticas que se derivan de esta interpretación  etnocentrista son las que dirigen actualmente las políticas inmigratorias de muchos países de centro, que al no poder impedir las inmigraciones, les imponen situaciones de acomodación claramente “asimilacionistas”. Igualmente esta interpretación “etnocentrista” del multiculturalismo dirige en el mismo sentido políticas educativas en orden a “absorber” e “incluir” a las nuevas poblaciones  recién llegadas del extranjero a esos países.  
         El “Multiculturalismo liberal” tiene otra estrategia ante la diversidad. No niega la diversidad, ni trata de asimilarla a sí, como lo pretendía el “multiculturalismo etnocentrista”.    Pero su lenguaje es el de las “igualdades”.  Se inspira en la Declaración de los Derechos Humanos que proclama la “igualdad” de todo hombre ante la ley, la “igualdad” del hombre y la mujer, la “igualdad” de las razas y la “igualdad” de las oportunidades.  Pero por allí corre el peligro de ser fuertemente “encubridor” al estar afectado de un “daltonismo” que no le permite ver las tremendas desigualdades con que en la realidad se configuran los colectivos sociales.  Tiene en su boca cuestiones de ética y democracia, pero es ciego para ver las causas profundas que marcan la desigualdad de los pueblos y las estructuras de poder que las provocan.  Para este liberalismo los pueblos y las culturas tienen “en principio” el derecho de ser lo que son.  Pero más allá de esta posición “principista” el “Multiculturalismo liberal” al igual que el “etnocentrista” al no poder reducir lo “Otro” a lo “Mismo”o al no poder garantizar la coexistencia de los “Otros” con lo “Mismo”, expresado por la sociedad liberal,  termina por canonizar la hegemonía del mundo blanco y neocolonialista, actualizado ahora en esta época de globalización por la ideología economicista neoliberal[10].
         Por su parte, el “Multiculturalismo intercultural” o simplemente la “Interculturalidad” pone más el acento en la importancia del contacto y el vínculo entre las culturas diferentes, sin pretender ningún efecto asimilador tal como lo quería el “Multiculturalismo etnocentrista” y sin buscar un “igualitarismo ilustrado”, tal como lo intentaba el “Multiculturalismo liberal”, que olvidaba las reales diferencias que a veces oponían a amplios sectores dentro de la sociedad y era ciego para ver las reales causas de  injusticia y postergación que estaban en la razón de ser de las diferencias. La “Interculturalidad” expresa más bien una actitud de sincero diálogo en la diferencia asumida por ambos dialogantes.  En esta relación dialógica se excluye la violencia como el derecho del más fuerte y se afirma una búsqueda paciente y perseverante de la justicia por medios legítimos y pacíficos.
          Sin embargo, es necesario distinguir en esta “Interculturalidad” dos interpretaciones que a veces se confunden.  Una, más funcional, es la “Interculturalidad débil”, que busca promover en los sectores interactuantes sólo un diálogo y una actitud de tolerancia, pero sin tocar las causas de las asimetrías sociales, económicas y culturales que oponen a los dialogantes. La otra interculturalidad es la “fuerte” y se la llama “Interculturalidad crítica” porque busca ahondar las causas de las diferencias a fin de suprimirlas, si fuera posible, por medios políticos no violentos.  Por lo visto, ya se nota que el genuino diálogo intercultural pasa por esta segunda posición.  Por eso el diálogo “Intercultural fuerte” debe desembocar tarde o temprano en el análisis y discusión de aquellas posiciones que imposibilitan un acercamiento real.[11]
          Esta actitud “Intercultural” no es una actitud meramente filosófica. Ella bien comprendida puede adquirir una verdadera dimensión teológica y espiritual. Nuestras ciudades al ser  realidades multiculturales exigen una pastoral de diálogo cultural a todos los niveles. La “Interculturalidad” es una de sus posibilidades. Implementar en las ciudades una Pastoral Urbana Intercultural es una de los nuevos retos de la Iglesia en la  Ciudad[12].

3.- Hacia un nuevo paradigma de la Pastoral Urbana según el Documento conclusivo de Aparecida.

         La sección dedicada a la Pastoral Urbana en el Documento de Aparecida abarca unos once densos y ricos párrafos (DA 509-519) que ahora vamos a presentar. En las diferentes redacciones del Documento final se fue perfilando el “contenido”, la “forma”, como así también la “ubicación” de esta singular sección. Será motivo de estudios posteriores estudiar en su detalle sus  sucesivas redacciones. Muchos de los materiales que hoy contiene este texto ya estaban en la primera redacción del Documento final de Aparecida del 24 de mayo. Pero allí no estaban todavía organizados y formaban parte de un amplísimo capítulo 7 titulado “La misión de los discípulos misioneros”. En una segunda redacción, la del 28 de mayo, adquieren la forma tripartita, siguiendo el esquema del ver, juzgar y obrar. Y se desglosan del capítulo 7 y comienzan a tener ámbito propio en un capítulo 8 titulado: “Algunos ámbitos y prioridades  de la Misión de los discípulos”. Recién en la tercera redacción del 30 de mayo alcanzará esta sección a tener el contenido, la forma y el lugar definitivo, que hoy tiene, al incorporarse al capítulo 10 titulado ahora “Nuestros Pueblos y la Cultura”. La cuarta y última redacción del Documento ya sobre el final de Aparecida no aportará ninguna otra modificación del texto.
         El texto “La Pastoral Urbana”, como decíamos arriba, encontró finalmente su lugar natural en este último  capítulo 10 del Documento final de Aparecida dedicado a  “Nuestros Pueblos y la Cultura”. De sus once párrafos los cuatro primeros (DA 509-512) están dedicados a “ver” la realidad de nuestras ciudades, en  su enorme complejidad cultural y ciudadana. Los cuatro segundos (DA 513-516) nos permiten “juzgar” en profundidad esa realidad a la luz de la fe. Y finalmente los tres últimos nos permiten esbozar una estrategia del “obrar” pastoral tanto para la ciudad  (DA  517-518),  como para el campo  (DA  519).
         Dado que en los párrafos anteriores ya hemos analizado suficientemente el “Misterio de la ciudad” y la “Trama cultural y social” que la entreteje, vamos a dedicarnos ahora a analizar los dos párrafos dedicados a  lo que el Documento llama “nueva pastoral urbana” (DA 517 inicio).
         Estos dos párrafos 217 y 218 son los más analíticos de todo el Documento, ya que se subdividen en una cantidad muy grande de subíndices. Conviene, primero, leerlos lentamente. Nosotros aquí sólo haremos algunas breves reflexiones sobre aspectos que son  particularmente interesantes  y también sobre otros que no dejan de ser importantes, aunque no se lo haya tratado explícitamente. Vayamos, pues, al texto.
         El Documento reconoce y agradece el trabajo que se realiza en muchas ciudades de América Latina y el Caribe  en relación  a la Pastoral Urbana. Sin ese trabajo pionero no se hubiera podido avanzar  hacia “una nueva pastoral urbana”, que la V Conferencia “propone y recomienda” (DA 217).
         Este nuevo “paradigma” rompe abiertamente con el anterior paradigma basado en la división territorial de tipo parroquial y centrada en el Templo. El nuevo “paradigma” parte de la “urbe”, que es el nuevo “templo” de Dios. En este nuevo “paradigma” no desaparecen las “parroquias”, pero sí deben transformarse en  “comunidad de comunidades” (DA 517, e). En este sentido Aparecida descentra la Iglesia del Templo y busca las raíces vivas de lo comunitario en niveles más básicos y si se quiere más familiares, donde sea posible el reconocimiento y encuentro personal y comunitario. Aquí aparece sin nombrarla la “Pastoral Urbana Intercultural”. En este sentido reafirma las experiencias realizadas en muchas ciudades de América Latina y el Caribe desde los años 60  cuando comenzaron a establecerse otras comunidades como las así llamadas “Comunidades eclesiales de base” (DA 178-180) o las así también llamadas, a semejanza de las primeras comunidades cristianas, “Iglesias de casa” donde esta expresión recubre una variedad muy grande de formas de vida comunitaria[13]. Algunas de estas formas, las así llamadas “comunidades ambientales”, trasvasan los límites parroquiales y alcanzan dimensiones “supraparroquiales y diocesanas” (DA  517, f). Pero más allá de sus formas y de sus espacios propios lo importante en estas nuevas comunidades de vida es que en todas ellas se viva y se testimonie la “proclamación de la Palabra” o “Kerigma”, la “celebración de los Misterios que la habitan” o “Liturgia”, y la “comunión fraterna y el servicio” o “Diakonia” (DA  517, g).
         La ciudad va a exigir a esta nueva Pastoral Urbana una atención muy especial de “acogida” tanto a “los que llegan a la ciudad” como a “los que viven en ella” en una amplia variedad de modalidades (DA 517, i). Un cuidado muy especial se ha de brindar “al mundo del sufrimiento urbano” como son todos aquellos que se hallan “caídos a lo largo del camino”: los que se encuentran en los “hospitales”, los “encarcelados, excluidos, los adictos a las drogas” y también se debe tener cuidado de los “habitantes de las nuevas periferias, en las nuevas urbanizaciones”. No debe tampoco olvidarse a las “familias que, desintegradas, conviven de hecho” (DA 517, j).       
         El párrafo 518 baja ahora su mirada de la “misión”, a los “agentes” de la misión. A los que ve como “discípulos y misioneros”. Esto va a exigir de todos ellos “un estilo pastoral adecuado a la realidad urbana” (DA 518, a). Es el tema de la “inculturación”, que no puede estar ausente y menos en la ciudad, que es una realidad altamente multicultural. Para poder anunciar una Palabra con sentido será necesario primero apropiarse del lenguaje y de la simbólica de los habitantes de la ciudad. Pero todo ello no brota de una “Babel”, donde los lenguajes se entremezclan y los significados se pervierten. Es necesario superar el “caos” citadino, con su multitud de sonidos alternativos, a fin de reencontrar el “cosmos”, que sólo se da en un “Pentecostés” donde la multiplicidad de los lenguajes permite la visualización del Anuncio y la actualización del Sentido[14].
         Pero esta obra del Espíritu requiere también “un plan de pastoral orgánico y articulado” a fin de integrar en “un proyecto común a las Parroquias, comunidades de vida consagrada, pequeñas comunidades, movimientos  e instituciones que inciden en la ciudad y que su objetivo sea llegar al conjunto de la ciudad” (DA 518, b). Incluso en ciudades muy grandes donde existen varias Diócesis será necesario que este plan sea un “plan interdiocesano” (Ibid.). El párrafo no especifica cómo debe hacerse este Plan, pero su contexto muestra con evidencia que no podrá ser confeccionado de modo vertical, sin la participación de todos los agentes. Este Plan deberá atender no sólo a los nuevos desafíos  que hoy plantea la ciudad, sino también deberá cuidar de la “formación y acompañamiento de laicos y laicas que, influyendo en los centros de opinión, se organicen entre sí y puedan ser asesores para toda la acción eclesial” (DA 518, k). Formación que también debe extenderse a la “formación pastoral de los futuros presbíteros  y agentes de pastoral capaces de responder a los nuevos retos de la cultura urbana” (DA 518, o). La Misión de la ciudad exige cuidado del crecimiento de los discípulos misioneros.

Conclusión

         La V Conferencia Episcopal de Aparecida ha sido un gran acontecimiento eclesial y nos ha dejado su Documento, para que leyéndolo con Espíritu podamos apropiarnos de lo que realmente nos quiere transmitir. Su enseñanza sobre Pastoral Urbana tal como lo hemos visto  ha sido rica y sapiente. Nos toca ahora a las Iglesias de América Latina y el Caribe asumir sus enseñanzas y transformarlas en nuevas experiencias de Pastoral Urbana. El misterio de Dios, que habita en la ciudad nos alienta para que llevemos adelante su obra. No es tarea exclusivamente nuestra. Él lleva siempre la iniciativa. La realidad “espiritual” y “mística” de nuestro pueblo fiel nos invita a identificarnos con Cristo, que es “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6), a apropiarnos de esa su Vida, la que nos trae del Padre, al decirnos: “He venido para que todos tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Aparecida plantea así con nueva fuerza un nuevo desafío para la Pastoral Urbana en todas nuestras ciudades de América Latina y el Caribe. Ojalá que acompañados y alentados por su Espíritu, como “discípulos misioneros”, podamos responder a este nuevo reto.





* Conferencia presentada en el Primer Congreso Internacional de Pastoral Urbana “Dios habita en la Ciudad” realizado en México del 6 al 9 de agosto de 2007 y organizado por las Universidades: J.Gutemberg de Alemania e Intercontinental, Iberoamericana y Pontificia de México.

[1] Cfr. Carlos Galli, Aparecida ¿Un nuevo Pentecostés en América Latina y el Caribe? Una primera lectura entre la pertenencia y el horizonte. Revista Criterio, Julio, 2007.

[2]  Nosotros citaremos la edición publicada por La Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires, Primera Edición, agosto de 2007, según la numeración lateral de sus párrafos.

[3] Cfr. SÍNTESIS de los aportes recibidos  para la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Celam, Bogotá, 2007. Daremos como referencia de los textos  los números de cada uno de los párrafos, precedidas de la sigla DS (Documento de Síntesis).

[4] Para mayores  detalles véase nuestro trabajo “La Mística Popular”, Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C., México, 2006.

[5] Cfr. Fr. Pedro de Loaysa  O.P,, Vida de Santa Rosa de Lima, Lima, 1965, p.40)

[6]  Cfr.N. García Canclini, Culturas híbridas. Estrategias para salir de la modernidad, Sudamericana, Buenos aires, 1992.

[7]  Sobre las tres componentes del Imaginario Social Urbano, la tradicional, la moderna y la posmoderna, véase nuestro trabajo “Pastoral Comunitaria Urbana. Desafíos, propuestas, tensiones., Stromata 57, (Enero-junio 2001), p.52 y ss.  .

[8]  Véase nuestro trabajo: “La interculturalidad como desafío. Una mirada filosófica.”, Stromata 62 (2006) 211-226.

[9]  Cfr. J.L. Kinchiloe, S.R. Steinberg, Repensar el Mulkticulturalismo, Octaedro, Barcelona, 1999.

[10]  Al respecto es interesante leer el reciente artículo de Francis Fukuyama  “El fin de la utopía multicultural”, ADN Cultura  Nº 1, del periódico La Nación (Buenos Aires) del  sábado 11 de agosto de 2007, también en Internet.

[11] Véase F. Tubino, “La interculturalidad crítica como proyecto ético-político” conferencia pronunciado en el Encuentro continental de educadores agustinos, Lima, 24-28 de febrero de 2005, en Internet.

[12]  Véase J. Tapuerca, “La Interculturalidad, nuevo reto a la iglesia”, Alternativas (Julio-diciembre 2006), Año 13, Nº 32, Managua, Nicaragua, pp.123-144.

[13]  Sobre las “Iglesias de casa” véase  el excelente trabajo del P. Benjamín Bravo, ¿Cómo revitalizar la parroquia? , Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C., México, 2005.

[14]  Sobre la “teoría del caos” aplicada la pastoral Urbana véase el trabajo pionero del Espacio de Pastoral Urbana de México titulado “La urbe reta a la Iglesia” , Ediciones Dabar, México, D.F., 1998.                                                                                                                                                                                                                                              
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