03 julio 2012

¿Se puede ver a Dios?

Ver a DiosVengo manteniendo que SÍ, que se puede ver a Dios en dos planos diferentes y yustapuestos:

- En el interior cristalino de uno mismo (y de otros a veces).

- En la naturaleza exterior.

Ya afirmaba san Agustín: "Deus cui hoc est natura quod fecerit: Dios es como la naturaleza que ha hecho".

Dicho de otra forma: Al Creador se le puede percibir en la "oscuridad del ser" y en la "claridad de la mirada". ¿Quién no se ha estremecido con "el rey del salón oscuro" de Tagore, con una flor o un amanecer? En ambos planos hay que partir de la base de "querer ver". Si nos cerramos previamente a la posibilidad de ver -por las causas que fueren- el intento es inútil.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Y así es. Por eso hoy seré muy breve.

¿Será el amor de Dios menor al de una avecilla? ¿Se preocupará menos por nosotros que una tórtola por sus polluelos?

¿Se parece esta fotografía al "dios de la cólera", al "dios del infierno eterno", al "dios que exige el sacrificio del hijo para perdonar"? Pon tú la respuesta. Para mí es evidente.

¡Pero ojo! Ante la actitud del Dios verdadero: ¿Cuál es la nuestra? ¿Cómo reaccionamos bajo sus alas protectoras?

Si uno de esos polluelos se obsesionase con que es libre, con que tiene el derecho a hacer lo que quiera… ¿Y si lo que le apetece es lanzarse a volar bajo la lluvia o el frío? Con toda seguridad se daría el morrón contra el suelo y moriría o sería víctima de algún depredador.

¡Ese es el drama de muchas historias humanas! Nos rebelamos contra quien nos protege y nos salva de nuestra tremenda fragilidad e ignorancia .

ProvidenciaLo que llamamos "ley de Dios" no es exigencia caprichosa o imposición prepotente. Es la "protección" contra nuestra limitación, contra nuestra irracionalidad, contra los peligros internos y externos que nos acechan. Nuestra miopía -llámala materialismo si quieres- no nos deja ver las alas de la Madre que nos acurruca contra sí misma para protegernos de la intemperie. En muchísimas ocasiones contra la intemperie de nuestro libertinaje, de nuestra falta de criterio y discernimiento, de nuestras decisiones suicidas…

"¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas y no has querido!" (Mt 23,37).

Y Jerusalén es la Humanidad y nuestra Iglesia católica. ¡Sin duda! Pero donde dice Jerusalén pon tu nombre y el mío y el de tus hijos…

"Tú eres mi auxilio y a la sombra de tus alas me cobijo; me abrazo a ti con toda el alma, y tu diestra me sostiene" (Sal 63,8). .

"Guárdame como a las pupilas de tus ojos, escóndeme a la sombra de tus alas" (Sal 17,8).

¡Te deseo y me deseo la sabiduría necesaria para ser consciente de quiénes somos y quién es la Madre que nos cobija con cariño infinito! ¡No será por falta de llamadas y arrullos en toda época y ocasión!

¿O preferimos usar el grandioso regalo de la libertad contra nosotros mismos?
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