12 abril 2011

CREER PARA TENER VIDA

Una de las ideas más insidiosas que se han extendido en la sociedad moderna en torno a la religión es la sospecha de que hay que eliminar a Dios para poder  salvar la dignidad y felicidad de los hombres. 

De hecho, son bastantes los que poco a poco van abandonando su «mundo de creencias y prácticas» porque piensan que es un estorbo que les impide vivir. No entienden que Cristo pueda decir que ha venido, no para que los hombres «perezcan», sino para que «tengan vida definitiva».

La religión que ellos conocen no les ayuda a vivir. Hace tiempo que no pueden experimentar a Cristo como fuente de vida, y se sorprenden al saber que hay hombres y mujeres que creen en él precisamente porque desean vivir de manera más plena. 

Y, sin embargo, es así. El verdadero creyente es una persona que no se contenta con vivir de cualquier manera. Desea dar un sentido acertado a su vida. Responder a esas preguntas que nacen dentro de nosotros: ¿De dónde le puede llegar a mi vida un sentido más pleno? 

¿Cómo puedo ser yo más humano? ¿En qué dirección he de buscar?

Si hay tantas personas que hoy, no sólo no abandonan la fe, sino que se preocupan más que nunca de cuidarla y purificarla, es porque sienten que Cristo les ayuda a enfrentarse a la vida de un modo más sano y positivo. No quieren vivir a medias. No se contentan con «ir tirando». Tampoco les satisface «ser un vividor». Lo que buscan desde Cristo es estar en la vida de una manera más convincente, humana y gratificante. 

Lo lamentable no es que algunas personas se desprendan de una «religión muerta» que no les ayuda en modo alguno a vivir. Eso es bueno y purificador. Lo triste es que no lleguen a descubrir una «manera nueva de creer» que daría un contenido totalmente diferente a su fe. 

Para esto, lo primero es entender la fe de otra manera. Intuir que ser cristiano es, antes que nada, buscar con Cristo y desde Cristo cuál es la manera más acertada de vivir. Como ha dicho J. Cardonnel, «ser cristiano es tener la audacia de ser hombre hasta el final».

Alentado por el mismo Espíritu de Cristo, el cristiano va descubriendo nuevas posibilidades a su vida y va aprendiendo maneras nuevas y más humanas de amar, de disfrutar, de trabajar, de sufrir, de confiar en Dios. 

Entonces la religión va apareciendo a sus ojos como algo que antes no sospechaba: la fuerza más estimulante y poderosa para vivir de manera plena. Ahora se da cuenta de que abandonar la fe en Cristo no sería sólo «perder algo», sino «verse perdido» en medio de un mundo que no tendría ya un futuro y una esperanza definitivos. 

Poco a poco, el creyente va descubriendo que esas palabras de Jesús «Yo soy la resurrección y la vida» no son sólo una promesa que abre nuestra existencia a una esperanza de vida eterna; al mismo tiempo va comprobando que, ya desde ahora, Jesucristo es alguien que resucita lo que en nosotros estaba muerto, y nos despierta a una vida nueva.  

                                                                          José Antonio Pagola
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