01 diciembre 2010

Que no me duerma Señor.

Así, cuando llegues y llames a mi puerta,
encuentres mi mente despierta,
mi corazón inclinado totalmente a Ti,
mis pies sin haberse desviado de tu camino,
y, mis manos, ¡ay mis manos!
volcadas de lleno con las piedras de tu Reino.

Sí, Señor; que no me duerma y que,
en la noche de mi vida, mantenga
encendida la lámpara de mi fe.

Abierta, sin temor alguno,
la ventana de mi esperanza.
Confiada, sin ninguna fisura,
la grandeza de mi alma.

Que no me duerma, Señor
¡Son tantos los que desean verme adormecido!
¡Son tantos los que insinúan que no vendrás!
¡Son tantos los que se cansaron de esperar!

Ayúdame, mi Señor, a ser persona con esperanza,
a esperar, con la ilusión de un niño,
el destello de la estrella de un eterno mañana,
la noche mágica y santa de una Navidad luminosa,
el misterio, que sin comprenderlo,
asombrará totalmente a mis ojos
al ver tu humanidad y divinidad juntas.

Que no me duerma, Señor
Y que, cuando mañana despierte,
siga mirando, por el balcón, hacia el horizonte,
sabiendo que, tarde o temprano, llegarás,
porque, pronto o tardíamente,
cumplirás lo que has prometido:
¡que vendrás!

Amén.
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