12 diciembre 2010

Carta de teologo chileno al Director de la carcel donde murieron 81 reclusos.

Sr. Director


Este año bicentenario que ya termina, la vida ha descorrido el velo a nuestras ocultas irresponsabilidades, mediante acontecimientos como el terremoto, maremoto, accidente minero de interés mundial, grave accidente de buses y ahora cerca de un centenar de muertes de personas recluidas. Puede más la búsqueda del poder que el cuidado y la previsión, puede más la codicia que la seguridad de los que laboran, puede más la presión a los empleados que la comprensión del sacrificio de los trabajadores, puede más el cruel juicio social que la posibilidad de rehabilitar y reinsertar. A días de la Navidad creemos ser parte de una sociedad cristiana, pero ¿quien cumple con aquella parte del examen final que Cristo declara como efecto del amor gratuito y de haber conocido a Dios: “estuve en la cárcel y me fuisteis a ver” (Mt. 25, 36)? A pesar de no estar libres de pecado lanzamos la primera piedra. No sólo juzgamos, sino que condenamos de inmediato. Basta que a un imputado lo muestren en los medios y el resto de la vida lo “glogeen” y ya está condenado con o sin condena judicial. Muchos hicieron zapping y evadieron la noticia…”total eran reclusos”…sin siquiera cuestionarse el por qué llegaron ahí. Muchos se han ido de esta vida sin pagar casi nada. Un recluido paga, y muchas veces hasta de sobra, lo que hizo. Varios optan por juicios abreviados inculpándose para poder liberarse de su abandono. Se identifica la verdad judicial con la Verdad. Si hay tanta puerta giratoria ¿cómo es que somos el primer país latinoamericano en tener la mayor cantidad de reos? Del presupuesto total para el sistema carcelario, sólo el 2,4% es destinado a rehabilitación. Pero el hacinamiento hace imposible tal objetivo y en cambio, produce riñas por conquistar un espacio y cortocircuitos en las improvisadas instalaciones que hacen los reclusos. Quienes realmente ayudan a una rehabilitación son los pastores evangélicos, los sacerdotes, las religiosas y laicos comprometidos y los recluidos mismos de mayor humanidad y cultura. Aunque también hay encarcelados que se encargan de enjuiciar y condenar aún más a otros reclusos con delitos de diversa índole. Es cierto que hay buenos gendarmes y su labor es sacrificada y a veces un tanto solidaria con los reos, pero también hay otros con perfil de dictadores y carniceros, y otros que cobran altas sumas al vender productos básicos a los abandonados!! a fin de reunir fondos para los bonos navideños internos de gendarmeria. La prensa que se escandaliza de celulares en las cárceles, ahora fueron informados gracias a esos aparatos, que en realidad es una ventanita desde el submundo a la vida y al mundo cotidiano donde están sus familias. Un presidente con fe en Dios no puede desconocer la realidad carcelaria, sino ser efectivo como en el rescate. No puede perder el tiempo en el mero reconocimiento de que es un problema heredado por aquellos que eran “interesados” en los DDHH. Lo civilizado es que nadie muera en la cárcel. Somos una libertad que elige pero no elegimos ser libres: estamos condenados a la libertad; arrojados a la libertad (Sartre). Ellos eran responsables de estar ahí. Pero cuando no nos privan sólo de nuestra libertad, sino también de nuestra dignidad humana, la vida se torna nauseabunda, porque se oprime al máximo la esperanza. Al rematar la dignidad humana se ha matado la vida, pues, no es vida vivir así. Todos somos libres y responsables sin excusas de pasar en medio de las víctimas como si no estuvieran. La lista de las 81 personas recluidas, condenadas, calcinadas, asfixiadas, muertas, “pagaron” de sobra y con injusticia. Ahora viven plenamente su libertad.

Gabriel Cifermann (Teólogo)
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