11 septiembre 2010

Un canto a la vida

Escúchame, oh amigo.
Ya seas un yogui, un monje, un sacerdote,
un devoto amante de Dios,
un peregrino en busca de ventura,
bañándote en sagrados ríos,
visitando sagrados templos;
el casual adorador de un día,
un gran lector de libros,
o un constructor de templos,
mi amor sufre por ti.
Yo conozco el camino al corazón del Amado.

Este vano combate,
esta larga fatiga,
este incesante dolor,
este cambiante placer,
esta ardorosa duda,
este peso de la vida;
todo eso cesará, oh amigo,
mi amor sufre por ti.
Yo conozco el camino al corazón del Amado.

He viajado por todo el mundo,
he amado las apariencias,
he cantado transportado en éxtasis,
he vestido el sagrado vestuario,
he escuchado las campanas del templo,
he crecido bajo el peso del estudio,
he investigado.
¿He estado perdido?
Sí, mucho he conocido.
Mi amor sufre por ti.
Yo conozco el camino al corazón del Amado.

Oh amigo,
¿Amarías los innumerables reflejos,
si pudieras tener la realidad?
Arroja tus campanas y tu incienso,
tus miedos y tus dioses;
desecha tus credos y filosofías;
ven, abandónalo todo,
yo conozco el camino al corazón del Amado.


Extraído de "Un canto a la vida"
Publicado en Derecho Viejo nº 97- Diciembre 2009
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