22 julio 2010

Preparación para la muerte

Es preciso que procuremos hallarnos a todas horas como quisiéramos estar a la hora de la muerte. «Bienaventurados los muertos que mueren en el señor» (Ap., 14, 15). Dice san Ambrosio que los que bien mueren son, aquellos que al morir están ya muertos al mundo, o sea desprendidos de los bienes que por fuerza entonces dejarán. Por eso es necesario que desde ahora aceptemos el abandono de nuestra hacienda, la separación de nuestros deudores y de todos los bienes terrenales. Si no lo hacemos así voluntariamente en la vida, forzosa y necesariamente lo haremos al morir; pero entonces no será sin gran dolor y grave peligro de nuestra salvación eterna. Adviértenos, además, san Agustín que ayuda mucho para morir tranquilo arreglar en vida los intereses temporales, haciendo las disposiciones relativas a los bienes que hemos de dejar, a fin de que en la hora postrera sólo pensemos en unirnos a Dios, convendrá entonces no ocuparse sino en las cosas de Dios y de la gloria, que son harto preciosos los últimos momentos de la vida para disiparlos en asuntos terrenos.
En el trance de la muerte se completa y perfecciona la corona de los justos, porque entonces se obtiene la mejor cosecha de méritos, abrazando los dolores y la misma muerte con resignación o amor. Más no podrá tener al morir estos buenos sentimientos quien no se hubiere en vida ejercitado en ellos. Para este fin, algunos fieles practican con gran aprovechamiento la devoción de renovar cada mes la protestación de muerte, con todos los actos en tal trance propios de un cristiano, y después de haber confesado y comulgado, imaginando que se hallan moribundos y a punto de salir de esta vida. Lo que viviendo no se hace, difícil es hacerlo al morir. La gran sierva de Dios sor catalina de san Alberto, hija de santa teresa, suspiraba en la hora de la muerte, y exclamaba:
«No suspiro, hermanas mías, por temor de la muerte, que desde hace veinticinco años la estoy esperando; suspiro al ver tantos engañados pecadores, que esperan para reconciliarse con Dios a que llegue esta hora de la muerte, en que apenas puedo pronunciar el nombre de Jesús.»
Examina, pues, hermano mío, si tu corazón tiene apego todavía a alguna cosa de la tierra, a determinadas personas, honras, hacienda, casa, conversación o diversiones, y considera que no has de vivir aquí eternamente. Algún día, muy pronto, lo dejarás todo; ¿por qué, pues, quieres mantener el afecto en esas cosas aceptando el riesgo de tener muerte sin paz?... ofrécete, desde luego, por completo a Dios, que puede, cuando le plazca, privarte de esos bienes. El que desee morir resignado ha de tener resignación desde ahora en cuantos accidentes contrarios puedan acaecerle, y ha de apartar de sí los afectos a las cosas del mundo. Figuraos que vais a morir—dice san Jerónimo—, y fácilmente lo despreciaréis todo. Si aún no habéis hecho la elección de estado, elegid el que en la hora de la muerte querríais haber escogido, el que pudiera procuraros más dichoso tránsito a la eternidad. Si ya lo habéis elegido, haced lo que al morir quisierais haber hecho en vuestro estado. Proceded como si cada día fuese el último de vuestra vida, cada acción la postrera que hiciereis; la última oración, la última confesión, la última comunión. Imagínate que estás moribundo, tendido en el lecho, y que oyes aquellas imperiosas palabras: sal de este mundo. ¡Cuanto pueden ayudar estos pensamientos para dirigirnos bien y menospreciar las cosas mundanas! «Bienaventurado el siervo a quien hallare su señor así haciendo cuando viniere» (Mt., 24, 46). El que espera la muerte a todas horas, aun cuando muera de repente, no dejará de morir bien.

(Preparación para la muerte, San Alfonso María de Ligorio, parte 2, punto 3)
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