03 marzo 2010

El más puro e íntimo sentido de la oración

En la mística ciudad de Asís, se encuentra la pequeña, hermosa y sugestiva Iglesita de San Damián de los siglos VII y VIII, que en 1207 fuera reparada por San Francisco con sus propias manos, siguiendo el pedido de Jesucristo quien le habló desde el Crucifijo bizantino, llamado de San Damián por encontrarse allí: «Francisco, repara mi Iglesia que amenaza ruina». Se llama así el ícono porque estuvo en esa Iglesia hasta el 1260, año en que las Clarisas se mudaron al nuevo Monasterio, llevándolo con ellas, y donde ahora se encuentra en la llamada Capilla del Crucifijo en la Basílica de Santa Clara. Pudimos visitarlo detenidamente y experimentar la fascinación que produce en diciembre de 2009.


En realidad, el significado de las palabras de Jesucristo superaba el hecho de reconstruir los muros de esa pequeña Iglesia y se refería, proféticamente, a la Iglesia entera.


Allí estuvo el primer Monasterio de las Clarisas desde 1212 hasta 1260. Allí vivió 42 años Santa Clara. Allí murió el 11 de agosto de 1253. Allí, debajo del jardín de Santa Clara, estaba la cabaña de esteras (=Tejido grueso de esparto, juncos, palma, etc., o formado por varias pleitas cosidas, que sirve para cubrir el suelo de las habitaciones y para otros usos) donde escribió gran parte del Cántico de las Creaturas San Francisco de Asís en el invierno de 1224-1225. Por allí pasó después de muerto el 4 de octubre de 1226 para que lo veneraran Santa Clara y sus monjas, siendo sepultado, luego, en donde ahora se levanta el Monasterio nuevo de las Clarisas.


Allí, el 16 de julio de 1228, cuando el Papa Gregorio IX visitó, con ocasión de la canonización de San Francisco y de la bendición de la piedra fundamental de su futura Basílica, a Santa Clara. Allí, el Papa pidió a la Santa que bendijese la cena y se formó una cruz sobre cada pan. Allí, en 1240 la Santa repele con el Santísimo Sacramento a los sarracenos de Federico II librando al Monasterio y a la ciudad, lo que se repite en 1241 contra los aventureros de Vital de Aversa, prodigios que se siguen recordando todos los años el 22 de junio con la fiesta del Voto. Allí, en 1253, en la vigilia de su muerte, es visitada por el Papa Inocencio IV.


Allí, en el fondo de la Iglesia, está un Coro de madera en cuya parte superior de los asientos, lleva taraceado (embutido hecho con pedazos menudos de chapa de madera en sus colores naturales, o de madera teñida, nácar y otras materias), una bella inscripción invitando al más puro e íntimo sentido de la oración:


Non vox sed votum,
non clamor sed amor,
non cordula sed cor,
psalat in aure Dei,
lingua consonet menti
et mens concordet cum Deo.

Non la voce ma l’anima,
non le parole ma l’amore,
non strumenti ma il cuore,
fan preghiere alle orecchie di Dio,
la lingua consoni con la mente
y la mente concorde con Dio.

No el ruido de la voz sino el deseo,
no el clamor sino el amor,
no las cuerdas vocales sino el corazón,
salmodie al oído de Dios,
la lengua sintonice con la mente
y la mente sintonice con Dios.

Ya decía San Agustín: «Alabemos al Señor Dios nuestro no solamente con la voz, sino también con el corazón. La voz que va dirigida a los hombres es el sonido; la voz para Dios es el afecto». Y también: «Cantad en el secreto de vuestros corazones y considerad el peligro que representa vuestro talento material que, a través de vuestra voz, se escuche el eco de la palabra divina».


«No podréis experimentar qué verdadero es lo que cantáis, si es que no empezáis a obrar lo que cantáis. Todo lo que yo diga, de cualquier modo y con cualesquiera palabras que lo explique, no entrará en el corazón de aquél en que no existan sus obras. Empezad a obrad y veréis lo que yo estoy diciendo. Entonces fluyen las lágrimas a cada palabra, entonces se canta el salmo y el corazón hace lo que canta el salmo. Pues ¿cuántos hay que con su voz cantan y están mudos en su corazón? ¿Y cuántos otros hay que callan sus labios y están clamando con el afecto? Porque los oídos de Dios atienden al corazón del hombre, como los oídos del cuerpo atienden a la boca del hombre, así es el corazón del hombre a los oídos de Dios».


Recordaba el Papa Pío XII: «Sin embargo lo más principal, lo que todos han de procurar con la mayor diligencia y cuidado, es que “nada se anteponga al servicio divino”. Porque “aunque sabemos que Dios está presente en todas partes... sin embargo, debemos sobre todo creer esto sin la menor duda, cuando asistimos al Oficio divino... Pensemos, por consiguiente, cómo se debe estar en presencia de la Divinidad y de sus ángeles, y estemos de tal modo mientras salmodiamos, que nuestra mente concuerde con nuestra voz”»; y continua: « […] lo principal en la vida Benedictina es que todos, mientras que con sus manos o con sus inteligencias están ocupados en diversos trabajos, cada uno debe aspirar con empeño a dirigir su intención continuamente a Jesucristo, a inflamarse en su más perfecto amor. Porque ni las cosas terrenas, ni todo lo de este mundo puede saciar el corazón del hombre creado por Dios para poseerlo; antes al contrario, todos esos seres han recibido del Criador la misión de estimular y encaminar al hombre, como por escalones, a la posesión del Sumo Bien. Por lo cual, es muy necesario “no anteponer nada al amor de Jesucristo”; “amar a Jesucristo sobre todo”, “nada absolutamente preferir a Jesucristo, para que Él nos conduzca a la vida eterna”».


Esta es la razón profundísima por la que Santo Tomás de Aquino puede gritar para todos los siglos venideros esta verdad de a puños, o sea, evidente: «[…] es necesario para la perfección de la sociedad humana que algunos se dediquen a la vida contemplativa».


En otro lugar insiste Pío XII: «A la excelsa dignidad de esta Oración de la Iglesia debe corresponder la intensa devoción de nuestra alma. Y puesto que la voz del orante repite los cánticos escritos por inspiración del Espíritu Santo, que proclaman y exaltan la perfectísima grandeza de Dios, es también necesario que a esta voz acompañe el movimiento interior de nuestro espíritu para hacer nuestros aquellos sentimientos con que nos elevamos al Cielo, adoramos a la Santísima Trinidad y le rendimos las alabanzas y acciones de gracias debidas. “Debemos cantar los Salmos de manera que nuestra mente concuerde con nuestra voz”. No se trata, pues, de una simple recitación ni de un canto que, aunque perfectísimo según las leyes del arte musical y las normas de los Sagrados Ritos, llegue tan sólo al oído, sino que se trata sobre todo de una elevación de nuestra mente y de nuestra alma a Dios, a fin de que nos consagremos nosotros mismos y todas nuestras acciones a Él, unidos con Jesucristo.


De esto depende, y ciertamente no en pequeña parte, la eficacia de las oraciones. Las cuales, si no son dirigidas al mismo Verbo hecho Hombre, acaban con estas palabras: “Por Nuestro Señor Jesucristo”, que, como Mediador ante Dios y los hombres, muestra al Padre celestial su intercesión gloriosa, “como que está siempre vivo para interceder por nosotros” (Heb 7,25)».


Ustedes, queridas hermanas, están dispuestas a continuar la tradición multisecular y doblemente milenaria de la vida contemplativa en la Iglesia católica. Pedimos férvidamente que en ningún momento de sus vidas se olviden que su obligación más importante es dar cumplidamente gloria a Dios, pero también que la calidad de su oración es absolutamente necesaria para la sociedad humana, tanto individual como familiar, tanto política como social y económica, a nivel tanto municipal y nacional como internacional, tanto la sociedad civil o Estado cuanto la sociedad sobrenatural o Iglesia. Porque hoy, ayer y siempre: « […] es necesario para la perfección de la sociedad humana que algunos se dediquen a la vida contemplativa».


La Virgen María de quien toman nombre, les alcance la gracia de que, además y sobre todo, sean altera Maria, otras Marías, para gloria de Dios, honra de la Iglesia y bien de los hombres.


Y que muchas veces vayan espiritualmente a San Damián en Asís y escuchen de la madera taraceada hace siglos:
Non vox sed votum,
non clamor sed amor,
non cordula sed cor,
psalat in aure Dei,
lingua consonet menti
et mens concordet cum Deo.
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