29 diciembre 2009

Llamados a ser santos 2

Nosotros estamos llamados a ser santos si creemos que Cristo, Salvador y Redentor, murió y resucitó para librarnos del pecado, que es quien impide nuestra santidad. En esta sección reflexionaremos sobre estos aspectos.


Contenido:

2.- Santificados en Cristo Jesús

SANTIFICADOS EN CRISTO JESÚS

«Damos continuamente gracias a Dios a propósito por la gracia que os ha sido otorgada en Cristo Jesús» (1 Cr 1, 4), escribe San Pablo a los Corintios. Sólo la gracia de Dios justifica al hombre y lo santifica; y esta gracia llega a la humanidad a través de los méritos infinitos de Jesús Señor nuestro y es concedida a cuantos creen en él. “Los seguidores de Cristo —enseña el Vaticano II— llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propias obras, sino por designio y gracia de él, en el bautismo de la fe han sido hechos verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo realmente santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida con la ayuda de Dios”.

El bautismo ha depositado en el cristiano el germen de la santidad, la gracia; germen sobremanera fecundo porque hace al hombre partícipe de la vida divina y por lo tanto de la santidad de Dios, germen capaz de producir frutos preciosos de vida santa y de vida eterna si la criatura colabora de buena voluntad a su desarrollo. Todo cristiano ha recibido este don: todo cristiano puede hacerse santo y lo será no en proporción de las obras más o menos grandes que realice, sino en la medida en que haga fructificar con la ayuda de Dios, la gracia recibida en el bautismo. Habiendo sido bautizado, es ya santo de derecho; pero debe serlo también de hecho, llevando una vida santa, haciendo obras dignas de un hijo de Dios, de uno que ha sido salvado y redimido por Cristo y que es miembro de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, Dios que lo ha llamado y santificado en su Hijo, le dará en él todas las gracias necesarias para llevar a término la obra comenzada. «Fiel es Dios —escribe el Apóstol— por quien habéis sido llamados a participar con Jesucristo, su Hijo y Señor nuestro (1 Cr 1, 9).

Jesús dijo un día a sus discípulos: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros Veis, porque yo os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron (Lc 10, 23-24). Ver al Salvador, escuchar sus palabras de vida eterna y ser redimidos por él fueron las ansias y suspiros de Israel en los largos siglos que precedieron al nacimiento de Cristo. Y todo esto que constituyó el objeto de los ardientes deseos de innumerables justos, es ya una realidad para el nuevo Israel, para la Iglesia de Cristo que desde hace veinte siglos vive y crece por la gracia santificante de su Señor. Todo cristiano puede ya gozar de su plenitud; feliz quien sabe aprovecharse de ella.

Pero para que la gracia de Cristo lleve frutos de santidad, es necesario que embista y transforme por entero nuestra vida humana, para que de este modo quede santificada en todas sus actividades: pensamientos, afectos, intenciones, obras; en todos sus detalles y en todo su conjunto. A medida que la gracia crece y madura en el creyente, ejerce en él un influjo cada vez más amplio y profundo; y cuando este influjo se extienda efectivamente a todas sus actividades, orientándolas todas sin excepción al cumplimiento de la voluntad de Dios y a su gloria, entonces vivirá el cristiano de verdad en comunión con Cristo; íntimamente unido a Dios y participando de su vida y santidad. Esta es la plenitud de la gracia, plenitud de vida cristiana, santidad auténtica.

La gracia no consiste en la grandiosidad de las obras exteriores o en la riqueza de los dones naturales, sino en el pleno desarrollo de la gracia y de la caridad recibidas en el bautismo, desarrollo que se cumple en la medida en que el hombre se abre al don divino y se hace completamente disponible para con Dios, pronto y dócil a sus llamamientos y a su acción santificadora. De este modo hasta el más humilde fiel que no tiene cargos importantes en la Iglesia ni posee grandes dotes humanas ni tiene grandes misiones que cumplir, puede llegar a un alto estado de santidad. Aún más, Jesús mismo declaró que había venido a salvar y santificar de modo especial precisamente a estos humildes, a estos pobres e ignorados de todos, exclamando: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños» (Lc 10, 31).

¡Oh Padre eterno!, ¿cuál fue la causa de poner al hombre en tanta dignidad? El amor inestimable con el cual miraste en ti mismo a tu criatura y te enamoraste de ella: la creaste por amor y le diste el ser para que gustase tu sumo y eterno bien. Por el pecado cometido perdió a dignidad en que tú le pusiste. Por la rebelión entablada contra ti cayó en guerra con tu clemencia y nos convertimos en enemigos tuyos. Tú, movido por aquel mismo fuego con que nos creaste, quisiste encontrar un medio para reconciliar la generación humana, caída en esta gran guerra, a fin de que después de esta guerra viniese una gran paz. Y nos diste el Verbo de tu Unigénito Hijo, que se hizo intermediario entre nosotros y tú. El fue nuestra justicia y castigó sobre si nuestras injusticias. Rindiose a la obediencia que tú, ¡oh Padre eterno!, le impusiste al vestirle de nuestra humanidad, tornando nuestra imagen y nuestra naturaleza.

iOh abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá que no estalle viendo la Alteza hundida en tal bajeza como es nuestra humanidad? Nosotros somos imagen tuya, y tú imagen nuestra por la unión verificada en el hombre, velando a deidad eterna con la nube miserable y la masa corrompida de Adán. ¿CuaI fue la causa de todo ello? El amor. Tú, ¡oh Dios!, te hiciste hombre, y el hombre fue hecho Dios.

A ti elevo mi alma, Yavé, mi Dios. En ti confío, no sea confundido… No, quien espera en ti, no es confundido; serán confundidos los que en balde faltan a la fidelidad. Muéstrame, Yavé, tus caminos, adiéstrame en tus sendas. Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres mi Dios, mi Salvador. (Salmo 25, 1-5).

SANTIFICADOS EN CRISTO JESÚS

«Damos continuamente gracias a Dios a propósito por la gracia que os ha sido otorgada en Cristo Jesús» (1 Cr 1, 4), escribe San Pablo a los Corintios. Sólo la gracia de Dios justifica al hombre y lo santifica; y esta gracia llega a la humanidad a través de los méritos infinitos de Jesús Señor nuestro y es concedida a cuantos creen en él. “Los seguidores de Cristo —enseña el Vaticano II— llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propias obras, sino por designio y gracia de él, en el bautismo de la fe han sido hechos verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo realmente santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida con la ayuda de Dios”.

El bautismo ha depositado en el cristiano el germen de la santidad, la gracia; germen sobremanera fecundo porque hace al hombre partícipe de la vida divina y por lo tanto de la santidad de Dios, germen capaz de producir frutos preciosos de vida santa y de vida eterna si la criatura colabora de buena voluntad a su desarrollo. Todo cristiano ha recibido este don: todo cristiano puede hacerse santo y lo será no en proporción de las obras más o menos grandes que realice, sino en la medida en que haga fructificar con la ayuda de Dios, la gracia recibida en el bautismo. Habiendo sido bautizado, es ya santo de derecho; pero debe serlo también de hecho, llevando una vida santa, haciendo obras dignas de un hijo de Dios, de uno que ha sido salvado y redimido por Cristo y que es miembro de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, Dios que lo ha llamado y santificado en su Hijo, le dará en él todas las gracias necesarias para llevar a término la obra comenzada. «Fiel es Dios —escribe el Apóstol— por quien habéis sido llamados a participar con Jesucristo, su Hijo y Señor nuestro (1 Cr 1, 9).

Jesús dijo un día a sus discípulos: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros Veis, porque yo os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron (Lc 10, 23-24). Ver al Salvador, escuchar sus palabras de vida eterna y ser redimidos por él fueron las ansias y suspiros de Israel en los largos siglos que precedieron al nacimiento de Cristo. Y todo esto que constituyó el objeto de los ardientes deseos de innumerables justos, es ya una realidad para el nuevo Israel, para la Iglesia de Cristo que desde hace veinte siglos vive y crece por la gracia santificante de su Señor. Todo cristiano puede ya gozar de su plenitud; feliz quien sabe aprovecharse de ella.

Pero para que la gracia de Cristo lleve frutos de santidad, es necesario que embista y transforme por entero nuestra vida humana, para que de este modo quede santificada en todas sus actividades: pensamientos, afectos, intenciones, obras; en todos sus detalles y en todo su conjunto. A medida que la gracia crece y madura en el creyente, ejerce en él un influjo cada vez más amplio y profundo; y cuando este influjo se extienda efectivamente a todas sus actividades, orientándolas todas sin excepción al cumplimiento de la voluntad de Dios y a su gloria, entonces vivirá el cristiano de verdad en comunión con Cristo; íntimamente unido a Dios y participando de su vida y santidad. Esta es la plenitud de la gracia, plenitud de vida cristiana, santidad auténtica.

La gracia no consiste en la grandiosidad de las obras exteriores o en la riqueza de los dones naturales, sino en el pleno desarrollo de la gracia y de la caridad recibidas en el bautismo, desarrollo que se cumple en la medida en que el hombre se abre al don divino y se hace completamente disponible para con Dios, pronto y dócil a sus llamamientos y a su acción santificadora. De este modo hasta el más humilde fiel que no tiene cargos importantes en la Iglesia ni posee grandes dotes humanas ni tiene grandes misiones que cumplir, puede llegar a un alto estado de santidad. Aún más, Jesús mismo declaró que había venido a salvar y santificar de modo especial precisamente a estos humildes, a estos pobres e ignorados de todos, exclamando: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños» (Lc 10, 31).

¡Oh Padre eterno!, ¿cuál fue la causa de poner al hombre en tanta dignidad? El amor inestimable con el cual miraste en ti mismo a tu criatura y te enamoraste de ella: la creaste por amor y le diste el ser para que gustase tu sumo y eterno bien. Por el pecado cometido perdió a dignidad en que tú le pusiste. Por la rebelión entablada contra ti cayó en guerra con tu clemencia y nos convertimos en enemigos tuyos. Tú, movido por aquel mismo fuego con que nos creaste, quisiste encontrar un medio para reconciliar la generación humana, caída en esta gran guerra, a fin de que después de esta guerra viniese una gran paz. Y nos diste el Verbo de tu Unigénito Hijo, que se hizo intermediario entre nosotros y tú. El fue nuestra justicia y castigó sobre si nuestras injusticias. Rindiose a la obediencia que tú, ¡oh Padre eterno!, le impusiste al vestirle de nuestra humanidad, tornando nuestra imagen y nuestra naturaleza.

iOh abismo de caridad! ¿Qué corazón habrá que no estalle viendo la Alteza hundida en tal bajeza como es nuestra humanidad? Nosotros somos imagen tuya, y tú imagen nuestra por la unión verificada en el hombre, velando a deidad eterna con la nube miserable y la masa corrompida de Adán. ¿CuaI fue la causa de todo ello? El amor. Tú, ¡oh Dios!, te hiciste hombre, y el hombre fue hecho Dios.

A ti elevo mi alma, Yavé, mi Dios. En ti confío, no sea confundido… No, quien espera en ti, no es confundido; serán confundidos los que en balde faltan a la fidelidad. Muéstrame, Yavé, tus caminos, adiéstrame en tus sendas. Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres mi Dios, mi Salvador. (Salmo 25, 1-5).

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