09 diciembre 2009

Domingo II de Adviento. «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos»


I. LA PALABRA DE DIOS

Ba 5, 1-9: «Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo».
Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete de gala para siempre con la gloria que Dios te da, envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte como corona la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo.
Dios te dará un nombre para siempre: “Paz en la justicia” y “Gloria en la piedad”. Levántate, Jerusalén, sube a lo alto, mira hacia el oriente y contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente a la voz del Santo, gozosos invocando a Dios.
A pie se marcharon, conducidos por el enemigo, pero Dios te los traerá con gloria, como llevados en un trono real.
Dios ha mandado que se abaje todo monte elevado y toda colina encumbrada, ha mandado rellenar los barrancos hasta aplanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios.
Ha mandado a los bosques y a los árboles aromáticos hacer sombra a Israel.
Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, y le mostrará su justicia y su misericordia.
Sal 125,1-6: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres».
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.
Hasta los paganos decían:
“El Señor ha estado grande con ellos”.
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.
Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.
Al ir, iban llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelven cantando,
trayendo sus gavillas.
Flp 1, 4-6.8-11: «Manténganse limpios e irreprochables para el día de Cristo».
Hermanos:
Siempre que rezo por ustedes, lo hago con gran alegría. Porque han colaborado conmigo en la obra del Evangelio, desde el primer día hasta hoy.
Ésta es mi convicción: que si Dios ha inaugurado entre ustedes una obra buena, la llevará a feliz término hasta el Día de Cristo Jesús.
Dios es testigo que a todos ustedes los quiero entrañablemente en Cristo Jesús.
Y ésta es mi oración: que el amor de ustedes siga creciendo más y más en conocimiento y sensibilidad para todo.
Así llegarán ustedes al día de Cristo limpios e irreprochables, colmados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.
Lc 3, 1-6: «Apareció Juan predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados».
En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanias virrey de Abilene, bajo el pontificado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.
Comenzó entonces a recorrer la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías:
“Una voz grita en el desierto:
—Preparen el camino del Señor,
allanen sus senderos;
elévense los valles,
desciendan los montes y colinas;
que lo torcido se enderece,
lo áspero se iguale.
Y todos verán la salvación de Dios”.

II. APUNTES

«Vístete de gala para siempre con la gloria que Dios te da, envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte como corona la gloria del Eterno». Con esta exhortación el profeta Baruc invitaba a sus compatriotas a cambiar la tristeza en gozo y a recorrer el sendero de la santidad, pues estaba ya próximo el acontecimiento del retorno del exilio babilónico. Dios habría de mostrar su esplendor «a cuantos viven bajo el cielo» trayendo a sus hijos de vuelta a Jerusalén.
El retorno a Jerusalén aparece como un acto salvífico: Dios rescata y reúne de nuevo a su pueblo disperso. Dios manda asimismo «que se abaje todo monte elevado y toda colina encumbrada, ha mandado rellenar los barrancos hasta aplanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios». Esta figura refleja la antigua costumbre oriental de preparar los caminos y hacerlos transitables para el rey cada vez que volvía victorioso de una campaña militar, o cuando iba de visita a algún pueblo.
Esta misma invitación se encuentra en una antigua profecía de Isaías, que San Lucas aplica al Bautista y a su misión: «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos» (Evangelio). San Juan Bautista es aquella voz que exhorta al pueblo de Israel a prepararse ante la llegada inminente de aquel a quien Dios había prometido enviar para la salvación de su pueblo.
La invitación a preparar el camino es un llamado a la conversión. Esta expresión encuentra su correspondencia en la palabra griega metánoia. El Bautista, usando como figura la costumbre de “allanar los caminos” al rey, invita a un cambio interior, a disponer las mentes y los corazones para recibir adecuadamente al Mesías que está próximo a llegar. Por “camino” se entiende metafóricamente la conducta del ser humano, sus opciones éticas. Los senderos que deben ser allanados son los caminos de la propia vida moral. Como signo visible de un compromiso al cambio de vida el Bautista ofrece «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados».
La salvación que Dios trae a su pueblo se sitúa en un momento preciso dentro del devenir del tiempo y de la historia, de allí que San Lucas comience situando históricamente el momento en el que Dios llama a Juan a cumplir su misión.
A quienes ya han sido alcanzados y ganados por Cristo el apóstol Pablo los invita a progresar más aún, para ser hallados puros y sin tacha el Día en que Cristo vuelva glorioso (ver 2ª. lectura). Los bautizados son aquellos en quienes Dios ha iniciado ya la buena obra de la salvación y reconciliación, obra que aún aguarda su consumación. Esta buena obra no debe detenerse. Es necesaria una continua conversión, un enderezar cada día más los senderos y revestirse más de la justicia que viene de Dios. Es necesario seguir creciendo en el amor, así como en conocimiento perfecto y todo discernimiento.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El eco de la predicación del Bautista llega hasta nosotros en este segundo Domingo de Adviento. El Precursor, que recibió de Dios la misión de preparar al pueblo elegido para la venida del Salvador prometido, nos renueva también hoy el llamado a la conversión, a disponer los corazones para salir al encuentro del Señor que viene.
Para acoger al Señor es necesario enderezar las sendas torcidas y allanar los caminos. La buena obra de nuestra reconciliación, iniciada por Dios en cada uno de nosotros, no debe detenerse ni descuidarse ningún día. Debe avanzar y progresar hasta que alcancemos la plena madurez de Cristo, de tal modo que cada cual pueda repetir con el Apóstol: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).
La necesaria preparación consiste en “abajar los montes y colinas”, es decir, quitar todo obstáculo del camino que conduce a la santidad, despojarnos de todo lo que retarda o impide la llegada del Señor a nuestros corazones. Por otro lado, consiste asimismo en “rellenar los valles y abismos”, es decir, en revestirnos de las virtudes que apresuran la llegada del Señor a nuestra casa.
¿De qué debemos despojarnos y de qué debemos revestirnos? Debo despojarme de la impaciencia con que suelo tratar a algunas personas y revestirme de paciencia y de un trato más afable; debo despojarme del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirme de actitudes de generosidad y desprendimiento; debo despojarme de la búsqueda desordenada de mi propia satisfacción sensual para revestirme de actitudes que custodien la pureza y castidad; debo despojarme de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revestirme de la solidaridad concreta; debo despojarme de los chismes, de la difamación, de palabras desedificantes o groseras para revestirme de un silencio reverente y de palabras que busquen siempre la edificación del prójimo; debo despojarme de resentimientos y rencores para revestirme de sentimientos de perdón y misericordia con quien me ha ofendido.
Si de verdad quieres que el Señor venga a ti y permanezca en tu casa, limpia tu corazón de todo aquello que es obstáculo para que Él venga y permanezca en ti, revístete de Cristo mismo cada día, de su justicia, de su caridad, de su paciencia, de todas las virtudes que ves brillar en Él.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Gregorio Magno: «Todo el que predica la verdadera fe y las buenas obras, ¿qué otra cosa hace más que preparar los corazones de los que le oyen para el Señor que viene? Endereza los caminos del Señor, formando en el ánimo pensamientos puros con la palabra de la buena predicación».
San Cirilo: «Pero alguno podría responder y decir: ¿Cómo habremos de preparar el camino al Señor? ¿Cómo haremos derechas sus sendas, siendo así que hay tantos impedimentos que estorban a los que quieren hacer una vida buena? La palabra del profeta responde a esto. Hay ciertos caminos y sendas, que a propósito no son para marchar, porque suben hasta las colinas o los montes, o bajan hasta los despeñaderos. Obstáculos que remueve diciendo: “Los derrumbaderos se rellenarán, y todo monte y colina se allanarán”. Hay algunos caminos que están trazados con desigualdad, porque tan pronto suben como bajan, haciendo difícil la marcha por ellos. De éstos dice: “Los tortuosos serán enderezados, y los caminos fragosos allanados”. Se comprende que todo esto ha sido hecho por el poder de nuestro Salvador; porque era difícil el camino de la vida y del conocimiento del Evangelio, a causa de que las pasiones humanas embargaban las almas. Pero cuando Dios, hecho hombre, destruyó el pecado en su carne, todo fue allanado, y se hizo fácil el camino, no habiendo ya collado ni valle que sea obstáculo para los que quieran caminar».
San Agustín: «Como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Le preguntaron: ¿Qué dices de tu persona? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: “Preparad el camino del Señor”. La voz del que clama en el desierto, la voz del que rompe el silencio. Preparad el camino del Señor, como si dijera: “Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre”.
»¿Qué significa: Preparad el camino, sino: “Rogad insistentemente”? ¿Qué significa: Preparad el camino, sino: “Sed humildes en vuestros pensamientos”? Imitad el ejemplo de humildad del Bautista. Lo toman por Cristo, pero él dice que no es lo que ellos piensan ni se adjudica el honor que erróneamente le atribuyen».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Los preparativos para la venida del Señor

522: La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la «Primera Alianza» (Heb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.
523: S. Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo» (Lc 1,76), sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio, desde el seno de su madre saluda la Venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» (Jn 3,29) a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17), da testimonio de Él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.
524: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (ver Ap 22,17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3, 30).

El Precursor

717: «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan» (Jn 1,6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1,15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» (Lc 1,68).
718: Juan es «Elías que debe venir» (Mt 17,10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como «precursor»] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,17).
719: Juan es «más que un profeta» (Lc 7,26). En él, el Espíritu Santo consuma el «hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1,23). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1,7). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y el ansia de los ángeles: «Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo... Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios... He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1,33-36).
Publicar un comentario