13 noviembre 2009

San Diego



Este joven español nació en el año 1.400 en el seno de una familia pobre. Desde pequeño le gustaba mucho leer la vida de los santos.

Entusiasmado con la de san Francisco de Asís, pensó que su existencia discurriría feliz en la vida franciscana.

Lo mandaron a las islas Canarias para predicar a los isleños la Palabra de Dios. Un caso raro en la historia de las comunidades religiosas: le hicieron superior aunque era hermano lego.

En el 1.449 fue a Roma a la canonización de san Bernardino de Siena. Al caer enfermo el superior al que acompañaba, tuvo que quedarse tres meses en Roma como director del hospital.

A partir de este hecho, pasó toda su vida de portería en portería en los conventos a los que era destinado.

La oración fue para él la clave de su santidad. Era una oración sencilla y llena de amor a la Virgen.

Gracias a esto, pudo hacer muchas curaciones entre gente de toda categoría social, aunque sus preferidos eran los pobres. Su fama creció con motivo de la epidemia que hubo en el tiempo que pasó en la ciudad eterna.

No paraba de trabajar en el huerto, en el jardín o en la cocina. No le importaba el lugar, sino hacer la voluntad de Dios en todo cuando le ordenasen por obediencia.

Estos trabajos los hizo en Canarias, en Sevilla y en Alcalá. El 12 de noviembre de 1463 sintió que llegaba su fin. Pidió un crucifijo y decía esta oración:<<¡Dulce leño, dulces clavos que soportaron tan dulce peso!>>

Felipe II le rezó con fervor y obtuvo la curación de su hijo. El propio monarca le pidió al Papa que lo declarara santo a los 25 años de su muerte, en el 1588.


 
Oremos  

Tú, Señor, que concediste a San Diego, el don de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por intercesión de este santo, la gracia de que, viviendo fielmente nuestra vocación, tendamos hacia la perfección que nos propones en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo.
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