03 noviembre 2009



Conmemoración de todos los fieles difuntos
La solemnidad de Todos los Santos no podía por menos de provocar el recuerdo de los Fieles difuntos, presentes todos los días en la oración de la Iglesia. La fecha del 2 de noviembre se fijó a comienzos del siglo Xl.   La súplica por los difuntos pertenece a la más antigua tradición cristiana, lo mismo que la ofrenda del sacrificio eucarístico para que «brille sobre ellos la luz eterna».
En todas las misas, la Iglesia pide, por supuesto, por «cuantos descansan en Cristo», pero también extiende su súplica en favor de «todos los muertos cuya fe sólo el Señor conoce» y por «cuantos murieron en su amistad»   Al orar por todos los que han abandonado este mundo, pedimos también a Dios «que, al confesar la resurrección de Jesucristo, su Hijo, se afiance también nuestra esperanza de que todos sus hijos resucitarán» Si creemos que «todos volverán a la vida es porque Jesús nos dijo: «Yo soy la resurrección y la vida, y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre»   Afirmamos, por fin, en nuestra oración, que Jesús es el lazo de unión con nuestros hermanos difuntos: «a Él nos unimos por la celebración del memorial de su amor» en especial en la celebración del «misterio pascual», con la comunión en su cuerpo y sangre.



Himno ( laudes)

¡Que misterio tan profundo

éste de mi propio ser:

he surgido del no-ser

y me exalto y me confundo,

mientras cantando me hundo

en mi nada, y sombra, y lodo!




Soy cadáver a tu modo,

soy sueño, soy despertar,

soy vida, soy palpitar,

soy luz, soy llama, soy todo.




Muerte, que das a mi vida

trascendencia y plenitud,

muerte que ardes de inquietud

como rosa amanecida,

cuando llegues encendida y

silenciosa a mi puerto,

besaré tu boca yerta  y,

en el umbral  de mi adiós,

al beso inmenso de Dios

me dispondrás, muerte muerta. Amén




Escucha, Señor, nuestras súplicas y haz que, al proclamar nuestra fe en la resurrección de tu Hijo, se avive también nuestra esperanza en la resurrección de nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.





Himno  (vísperas)

Si morir no es despertar,
si es simplemente morir,
¿para qué, muerte, vivir?
¿para que, muerte, empezar
esta angustia, este llorar?


Mas, si eres umbral y puerta
del misterio, si honda y cierta
aseguras mi esperanza,
¡que cima de luz se alcanza
viviendo una vida muerta!. Amén


Nota:  La Iglesia ofrece el Sacrificio eucarístico y su intercesión por los difuntos, no sólo en sus exequias y en su aniversario, sino también en la Conmemoración que cada año hace de todos sus hijos que duermen en el Señor, y procura con esmero ayudarlos con eficaces sufragios para que puedan llegar a la comunidad de los ciudadanos del cielo. De esta manera, mediante la comunión entre todos los miembros de Cristo, mientras implora para los difuntos el auxilio espiritual, brinda a los vivos el consuelo de la esperanza. Hay que esmerarse en fomentar la esperanza de la vida eterna, de tal manera que no se menosprecie la manera de pensar y obrar propia de las gentes en relación con los difuntos. Acéptese todo lo bueno que se encuentre en las tradiciones familiares, y en las costumbres locales. Pero aquello que parezca contradecir el espíritu cristiano, esfuércese en transformarlo de tal manera que el culto que se da a los difuntos manifieste la fe pascual y haga ver el espíritu evangélico. (Ceremonial de Obispos, núm. 395-396).
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