06 octubre 2009

Maria

Ella, que “conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su
corazón” (Lc 2, 19; cf. 2, 51), nos enseña el primado de la escucha
de la Palabra en la vida del discípulo y misionero. El Magnificat

está enteramente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura,
los hilos tomados de la Palabra de Dios. Así, se
revela que en Ella la Palabra de Dios se encuentra de
verdad en su casa, de donde sale y entra con naturalidad.
Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de
Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de
la Palabra de Dios. Además, así se revela que sus pensamientos
están en sintonía con los pensamientos de
Dios, que su querer es un querer junto con Dios. Estando
íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, Ella
puede llegar a ser madre de la Palabra encarnada.

Esta familiaridad con el misterio de Jesús es facilitada por el rezo
del Rosario, donde:

"El pueblo cristiano aprende de María a contemplar la
belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad
de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene
abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas
manos de la madre del Redentor."
( Documento de aparecida Nº 271 )
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