16 octubre 2009

LA ESPIRITUALIDAD DE CEFERINO

Podemos preguntarnos: ¿qué es lo que hace grande a Ceferino? ¿Por qué la Iglesia ha reconocido la heroicidad de sus virtudes? ¿Cuál es su aporte a la espiritualidad cristiana?


1. “Sin mí, nada pueden hacer”, dice Jesús. En esta realidad, estuvo fuertemente anclada el alma de Ceferino, dotado de una sensibilidad religiosa típicamente mapuche, transfigurada por el Evangelio. Jesús es una presencia, podríamos decir “tangible” en su experiencia cotidiana. Porque aparece muy claro que, desde que Ceferino comienza a entender el sentido del misterio cristiano, vive, diariamente, “en la presencia de Dios”. Pero, sobre todo, vive muy intensamente la amistad con Jesucristo. Su espíritu de oración es continuo, atento, afectuoso. “Siente” la cercanía de Jesús. Vibra en el encuentro eucarístico, en la misa de todos los días, en la adoración, en las visitas frecuentes. Lo encuentra, también, como el Mediador que lo lleva al encuentro del rostro misericordioso del Padre, al abrazo del perdón en el sacramento de la Reconciliación. Tenía, además, el proverbial sentido del silencio que posee el indígena, y esa capacidad de escucha que es propia de los creyentes que han entendido por dónde pasa la obediencia de la fe.


2. Vivió pensando en los demás. Otra nota saliente que lo acompañó a lo largo de toda su vida. Desde la primera infancia, en la que se levantaba muy silenciosamente y muy temprano, para aliviar a su madre del trabajo de recoger la leña para los primeros mates, hasta su preocupación por el enfermo que compartía su habitación, en los días finales de su vida. Pero esta actitud fue permanente. Lo llevó a dejar su tribu para estudiar y poder ayudar mejor a los suyos. Estuvo como telón de fondo de su inquietud vocacional. Fue la que lo llevó a tolerar con mansedumbre tantas incomprensiones o rechazos que debió soportar. En fin, se multiplicó en miles de detalles a lo largo de toda su vida.


3. La Cruz de Cristo. La asumió siempre con sencillez y mansedumbre. No se le ahorraron dolores, pero los asumió con entereza y coraje cristiano. Sin quejas y sin reproches. Sin resentimientos ni rencores. Como el servidor sufriente a quien se refiere el Profeta Isaías. Más que de resignación podemos hablar de ofrenda y de consciente aceptación de la Voluntad del Padre. Entendió desde muy pronto, que para poder vivir a fondo el Evangelio de Jesús, había que seguirlo hasta el Calvario.


4. Misionero de su pueblo. Muy pronto también advirtió que, si realmente Jesús es el único que da sentido a la vida de los hombres, bien valía la pena entregarse sin reservas a la causa del Reino. Por eso, su afán apostólico y el deseo de que todos pudieran conocer y vivir la alegría de la fe. Por eso también el deseo de ser sacerdote para poder comunicar a los demás, especialmente a su gente, las riquezas del Evangelio.


5. En las cosas chiquitas de cada día. Ceferino no hizo efectivamente nada extraordinario. No realizó prodigios, no tuvo durante su vida gestos superheroicos. Vivió con sencillez la vida de muchos otros chicos, como uno más en su tribu. O como cualquier otro alumno de los Colegios salesianos por donde pasó. Pero precisamente supo llenar de sentido cristiano, de vigor “espiritual” los pequeños hechos de la jornada. Esto es muy importante como testimonio de que la santidad sencilla es posible. Que no necesitamos apartarnos de nuestra vida cotidiana para vivir nuestra vocación bautismal. Que allí donde estamos y en las cosas concretas que vivimos estamos invitados a la santidad.


6. La presencia de María en la vida de Ceferino. Podemos decir sin temor a equivocarnos que, desde el momento en que Ceferino conoció a la Madre de Jesús, ella se quedó para siempre en su corazón. Son incontables las oportunidades en el que habla de ella a sus compañeros, en que la menciona en sus cartas y se encomienda a su protección. En una ocasión escribió: “yo a los pies de María estaría todo el día”. En particular, su oración estaba totalmente permeada por la presencia de María. Y durante su estadía en Turín, pasa largas horas en el Santuario orando y pidiendo por sus hermanos mapuches de la Patagonia querida. Mandó varias postales del Santuario a salesianos, familias y amigos, recomendando la devoción a María Auxiliadora. Y la inicial de María lo acompaña siempre en su caligráfica firma. Pero pensamos que también María estuvo presente a la hora de vivir los valores evangélicos que ella vivió. Podríamos releer toda la vida de Ceferino precisamente a la luz del Cántico de María (Lc 1, 46-55). Realmente, el Dios que derriba de sus tronos a los poderosos y eleva a los humildes, que colma de bienes a los hambrientos y hace maravillas en los pequeños, pudo realizar en Ceferino, como en María, su designio de Salvación. Esta Palabra se cumplió plenamente en su vida.
P. Ricardo Noceti.
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