06 mayo 2009

La corrección fraterna



Desde el Antiguo Testamento, nos muestra la Sagrada Escritura cómo Dios se vale frecuentemente de hombres llenos de fortaleza y caridad para advertir a otros de su alejamiento del camino que conduce al Señor (1 Samuel, 12, 1-17).

Uno de los mayores bienes que podemos prestar a quienes más queremos, y a todos, es la ayuda, en ocasiones heroica, de la corrección fraterna.

En la convivencia diaria podemos observar que los que nos rodean, -como nosotros mismos- pueden llegar a formar hábitos que desdicen de un buen cristiano y que les separan de Dios.
Es fácil comprender que una corrección fraterna a tiempo, oportuna, llena de caridad y de comprensión, a solas con el interesado, puede evitar muchos males, o sencillamente puede ser un estímulo para que alguno se acerque más a Dios.

Se sufre al recibirla, porque cuesta humillarse, por lo menos al principio. Pero hacerla, cuesta siempre. Bien lo sabemos todos.

La corrección fraterna tiene entraña evangélica; los primeros cristianos la llevaban a cabo frecuentemente, tal como había establecido el Señor: “Ve y corrígele a solas” (Mateo 18, 15), y ocupaba en su vida un lugar muy importante; sabían bien de su eficacia.

Entre las excusas que podemos darnos para no hacer o para retrasar la corrección fraterna está el miedo a entristecer o enojar a quien hemos de hacer esa advertencia. Siempre recordemos lo que nos dice la Sagrada Escritura: “el hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada” (Proverbios 18, 19).

Nada ni nadie puede vencer contra la caridad bien vivida. Con esta muestra de amor cristiano no sólo mejoran las personas, sino también la misma sociedad. A la vez, se evitan críticas y murmuraciones que quitan la paz del alma y enturbian las relaciones entre los hombres.
La amistad se hace más profunda y auténtica con la corrección fraterna. Asimismo la amistad con Cristo crece también cuando ayudamos a un amigo con la corrección fraterna, amable, clara y valiente.

Al hacer la corrección fraterna se han de vivir varias virtudes, sin las cuales no sería una verdadera manifestación de caridad:

La humildad nos enseña a encontrar las palabras justas y el modo que no ofende; la prudencia nos lleva a hacer la advertencia con prontitud y en el momento más oportuno; y hemos de ayudar con la oración y la mortificación.


Por nuestra parte, hemos de recibir la corrección del hermano con humildad, silencio y gratitud.
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