21 abril 2009

Lo que te enseña una sonrisa

Una sonrisa es, símbolo de alegría. Y la alegría es capaz de transformarlo todo

Todos hemos experimentado alguna vez el enigmático poder de una sonrisa. Verla tatuada en un rostro es símbolo de aliento y esperanza. Sin duda hay muchas maneras de hacer las cosas: a la fuerza, a regañadientes, por responsabilidad, por exhibicionismo o caridad… pero, cuando observamos que se hacen con una sonrisa, encontramos un latente secreto que trasciende el espacio físico entre las comisuras de los labios. Y digo latente porque una sonrisa es como un secreto a voces, como un corazón sano que bombea serenidad y solaz a borbotones. Se trata de algo muy sencillo, pero que trasluce una fuerza interior capaz de cambiar la existencia.

Una sonrisa es, sí, símbolo de alegría. Y la alegría es capaz de transformarlo todo. Es como un tesoro inacabable que, mientras más da, más se llena. Quien muestra una sonrisa transpira alegría, atrae y nunca deja las cosas igual. Todos queremos, es más, buscamos, estar con quien nos anima y estimula. Puede ser que la vida nos trate mal, pero el estar con personas alegres es siempre un rellano en la montaña de la vida. Y cuando esas personas se apartan, dejan un hueco profundo en el alma y se van de la historia dejando en herencia un mundo mejor.


Y es que no se trata de una alegría hueca, como un globo que apenas toca la punta de un alfiler y explota. Me refiero a esa alegría llena, profunda, cuyas fuentes son más hondas que las distracciones o el placer. Estos a lo mucho tienen como fruto una carcajada, cuando no se quedan en una risa de apariencia y falsedad.


La alegría no es tampoco mero optimismo, es decir, espera insegura de que las cosas irán mejor. La alegría se teje con otra tela: la de la fidelidad a uno mismo. Es alegre quien se conoce, se acepta y busca mejorar en todo. La doblez, el querer al mismo tiempo ser y no ser lo que se es causa la amargura y la tristeza. La persona alegre no niega sus limitaciones ni se tapa los ojos ante las dificultades de la vida; las acepta, las afronta, las sufre, pero jamás, nunca, se traiciona a sí misma: tiene esperanza.

Y esta esperanza no le viene sólo de ella misma o de sus ganas de progresar. Es alegría que se transforma en “entusiasmo”: fruto de haberse endiosado, embebido, permeado de Dios. Por eso es tan profunda, porque sólo Él sabe su causa verdadera, que muchas veces se confunde entre el dolor, el sacrificio y la negación a uno mismo, tratando de ser generosa con un designio más maravilloso y duradero. Por eso Ernest Hello (Escritor y filósofo católico, 1828) llegó a decir:

“ Señor, la tristeza es el recuerdo que conservo de mí mismo; la alegría, el
recuerdo que conservo de Ti ”


Y de aquí que la alegría sea una virtud tan cristiana, porque, si es verdadera, no puede tener otra fuente que Dios, y la fuerza y el poder de aquella simple sonrisa se encuentran fundados en Él. El cristiano, si es sincero, no puede ni debe ser un hombre triste: es como una contradicción. Sabemos que Cristo estuvo triste en Getsemaní, pero fue precisamente cuando sentía que su Padre estaba lejos. En cambio, pasó su vida pública transmitiendo alegría los cojos, a los ciegos, a los endemoniados y a las pecadoras. Los únicos que no la recibieron fueron quienes no la aceptaron.


Quizá usted, leyendo este artículo ha tomado también una decisión: la de pertenecer a ese grupo oculto de personas que mantienen la esperanza en el mundo; la de formar parte de aquellos que con un simple gesto transmiten su felicidad y a Dios. Su sonrisa vale mucho más que mil libros, mil discursos o programas televisivos, porque es capaz de abrir una puerta a la eternidad en medio de los avatares del tiempo. Su sonrisa será capaz de decir a los hombres con un simple gesto, aquello que Dostoievski escribía hace muchos años en los Hermanos Karamazov:

“Amigos, no pidáis a Dios el dinero, el triunfo o el poder. Pedidle lo único importante: la alegría”.

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