Queridos amigos:
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Al celebrar ahora la santidad del Padre, no podemos olvidar que es ésa la santidad a la que somos llamados todos sus hijos e hijas. Es el gran regalo que él nos dejó para vivir y compartir: la santidad salesiana. Don Bosco se hizo santo entregando toda su vida a los jóvenes, viviendo entre ellos y para ellos. El da mihi animas fue su mística; el cetera tolle, su ascética. Como dijo de él su sucesor, el beato Miguel Rúa: “no dio un paso, no pronunció palabra, no puso la mano en empresa alguna que no tuviera como fin la salvación de la juventud”. Vivió plenamente lo que san Francisco de Sales llamó el éxtasis de la acción, es decir, el trabajo y la templanza como desbordamiento del amor de Dios.
Si hay un reto que nos llega de la celebración de este aniversario es cabalmente el reto de la santidad. El 75 aniversario de la canonización de Don Bosco es, para toda la Familia Salesiana, un reclamo de la santidad. Él supo proponerla pedagógicamente a los jóvenes, y él nos la deja como herencia y legado precioso. Una santidad sencilla, realista y humana, una santidad de la vida cotidiana, centrada y enraizada en el amor de Cristo. En la vida ordinaria es donde Dios nos espera; y en la fidelidad y en la constancia, se fragua el verdadero amor. Y el amor, la caridad apostólica, es el centro de la espiritualidad y de la santidad salesiana.
Eugenio Alburquerque
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